Wall Street y la teoría de juegos

Luis Huete y Javier Gª Arevalillo

Acabábamos el artículo de la semana pasada con una pregunta en el aire: ¿la avaricia de unos pocos fue causa de lo que ha sucedido en el mundo financiero… o fue efecto de algo más? ¿Qué convicciones de fondo guiaron a los responsables de Lehman Brothers? ¿También fueron casos aislados, como el de Belfort…  o fueron la punta de un iceberg?

Y, más importante aún, el dilema planteado por Scorsese en el final de la película: ¿quién es vencedor: el policía honesto o el millonario convicto? Los mismos espectadores que asisten a la conferencia de Belfort ¿estarían interesados en el testimonio del policía? Porque, seamos honestos, no van a escuchar la historia de conversión de un psicópata de Wall Street: van a aprender, a embeberse de las técnicas del bróker más exitoso de los 90, que prometía a cualquiera que siguiese su método pingües beneficios.

Profundizando en las dudas que nos genera la pregunta sobre quién es el vencedor podemos encontrar la clave del problema de fondo. De hecho, si la película no fuese tan explícita y tan descarnada, seguramente sentiríamos mucha más simpatía hacia el protagonista, y, como espectadores, desearíamos que se saliese con la suya… ¿Por qué? Porque en el fondo nos encantaría, en cierto sentido, ser como él. Conseguir lo mismo que él. Eso sí, de forma un poco más ética.

Pero el problema va más allá. En la superficie es un tema de avaricia, de falta de ética, de excesos. Pero, en última instancia, late la pregunta clave: ¿se puede ser plenamente humano en ese mundo? A principios de 2013, Frank Schirrmacher, coeditor del Frankfurter Allgemeine Zeitung y uno de los pensadores más influyentes del panorama europeo, publicaba su último libro “Ego”. Schirrmacher traza un paralelismo entre las salas de radar del ejército estadounidense durante la Guerra Fría y los febriles parqués bursátiles como Wall Street.

El núcleo de la comparativa es la Teoría de Juegos. Situémonos: EEUU y la URSS mantenían un duelo en la distancia, un inestable equilibrio en el que ambos esperaban que el otro atacara en cualquier momento. Pero indecisos para dar el primer golpe, la tensión se trasladaba a las salas de radar, donde cada variación en las pantallas podía indicar la inminencia de un holocausto nuclear. Hasta que irrumpió la Teoría de Juegos, en la que se establece una premisa esencial: cada parte buscará aquello que más le beneficie. Es más: buscará por defecto la que más le beneficie, aun a costa de engañar al otro (a fin de cuentas, en esta teoría el conocimiento es poder).

Schirrmacher describe así la síntesis de la teoría: “Se trataba de una empatía muy particular: había que meterse en la piel egoísta del otro para sacar más provecho del egoísmo propio. En el sobrio lenguaje de la teoría, esto se dice así: ejecutar el mejor movimiento estratégico teniendo en cuenta la mejor jugada del otro, y establecer de este modo una especie de equilibrio.”

Es el famoso “equilibrio de Nash”. Se llama así en honor de quien lo desarrolló: John Nash, que ganó el premio Nobel gracias precisamente a la confección de este modelo. Nash trabajaba para RAND Corporation, think tank enfocado fundamentalmente a temas militares y de gobierno mundial. Como se ve sucintamente en la película biográfica de Nash, Una mente maravillosa, el temor a la Guerra Nuclear impulsaba a los mejores científicos en sus investigaciones. RAND, con Nash a la cabeza, fue una herramienta análoga al Proyecto Manhattan, pero para la Guerra Fría. Y dio sus resultados.

La Teoría de Juegos aplicó bien al estado de conflicto entre las dos súper potencias, que eventualmente entraron en una carrera armamentística para mantener su peso en la mesa de negociación. Hasta que esa carrera desfondó a uno de los rivales, dejando al otro el trono mundial. Y aquí viene el nexo: el éxito en la Guerra Fría hizo pensar a muchos que el método empleado, la teoría que había sido clave en la victoria, podía tener aplicación en el mundo económico y financiero.

En las últimas décadas, en el mundo del pensamiento y la ciencia social se observa una tendencia clara: la búsqueda de modelos que expliquen el comportamiento humano. La necesidad de medirlo todo, para poder controlar el futuro. Sirven de ejemplo las herramientas de diagnóstico que llegan a evaluar el porcentaje de importancia que le da una persona a determinados valores. Sin ser esto algo malo a priori, sí denota un impulso preocupante: el de reducir el hombre a modelos.

Es lo que sucedió cuando se fusionaron la Teoría de Juegos y la noción de homo economicus, que distingue entre el hombre “privado” y el hombre que interactúa con otros en la arena laboral, económica, política, etc. En esos terrenos se hace la siguiente suposición: que cada hombre, aisladamente, buscará por encima de todo la maximización de su propio beneficio económico. Es fácil ver la atracción que sintieron en Wall Street hacia los físicos en paro tras la Guerra Fría: su modelo daba las herramientas necesarias para prever el comportamiento de cualquier agente financiero, partiendo de la misma base que Nash: que todos nos movemos buscando maximizar nuestro propio beneficio. Ahora, además del modelo, se tenían las fórmulas para predecir el comportamiento de ese homo economicus.

Es fácil ver las implicaciones de todo esto. Y nos permite comprender que quizá el gran problema de fondo no sea la avaricia de unos pocos. Sino que esa avaricia se vea como la más razonable de las hipótesis. Que el egoísmo es la conducta razonable en el plano financiero…  y, por extensión, en el laboral y en todo aquél en el que confluyan intereses económicos.

Volviendo a la pregunta de antes: ¿es posible, entonces, ser humano en el trabajo? ¿O estamos ante una escisión definitiva entre el yo “privado”, familiar, con valores, etc. y el yo “trabajador”, a quien sólo le interesa ganar más? ¿Deberemos ponernos un abrigo de egoísmo siempre que entremos en la oficina? ¿O hay cabida para una concepción diferente del trabajo, para la búsqueda en común de algo que trascienda los intereses personales?

Vemos las barrabasadas cometidas por los Belforts de Wall Street y pensamos: así es el hombre cuando se le deja suelto y sin control: un animal. La cuestión es que es justo al contrario: el hombre sólo tiende a ser así cuando se convierte, precisamente, en un homo economicus. Entonces lo más natural es que, sin control, llegue a ser un monstruo. Porque cuando esperamos lo peor del otro, sacamos lo peor de nosotros mismos.

Una muestra de que el hombre sólo es así cuando se deshumaniza la dan los resultados de un experimento de Nash en RAND, y que explica Schirrmacher (citando al investigador y columnista Douglas Rushkoff) en su libro:

“Los científicos de RAND ensayaban uno de sus juegos principales, el “dilema del prisionero”, con las secretarias que trabajaban en RAND, ideando toda clase de situaciones en las que las mujeres podían bien cooperar o bien engañarse mutuamente. Sin embargo, en cada uno de los experimentos las secretarias no se decantaron por la vía egoísta, sino por la cooperación. Esto no disuadió a Nash de…  seguir desarrollando guiones de juego para el gobierno basados en el miedo y el egoísmo… Nash culpó del fracaso de los experimentos a las secretarias, que para él eran sujetos débiles, incapaces de ajustarse a la simple norma fundamental de que sus estrategias deben ser egoístas.”

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