La avaricia, ¿causa o efecto?

Luis Huete y Javier GªArevalillo

Una de las películas que opta al Oscar en su próxima edición ha levantado cierta polémica. Se trata de “El lobo de Wall Street”, con la que su director Martin Scorsese planea retirarse (al menos de momento) de las escenas hollywoodienses. Desde luego, se trata de una película que no deja a nadie indiferente, por lo crudo y excesivo de todo lo que cuenta. Nos habla de la vorágine de sexo, drogas y avaricia insaciable en la que cayó el bróker Jordan Belfort, durante años apodado “El Lobo” en los pasillos de mármol de las principales firmas de inversión.

La historia está basada en el libro autobiográfico homónimo, y lo más sorprendente es que pertenece a la categoría de “Management”. ¿Por qué? Porque el autor, Jordan Belfort, afirma haber encontrado la fórmula mágica del comercial. La forma de vender cualquier cosa que uno se proponga. Vende su libro como la puerta a toda la riqueza que uno desee adquirir. Él lo consiguió… Aunque de una forma ciertamente recriminable. Y explica en el libro hasta qué infierno de excesos descendió… y cómo evitar caer allí. 

En una extensa entrevista, Belfort compara el dinero al oxígeno: no puede ser el objetivo en la vida, pero sin él no podemos vivir ni conseguir nada. Así que hay que hacerse rico, para poder ser generoso, por ejemplo, o dar trabajo a más gente. Nada que objetar… O tal vez sí. 

Hay dos escenas que marcan el rumbo del personaje en la película. La primera, cuando Jordan llega por primera vez a Wall Street y conoce a uno de los socios de la firma de inversiones para la que trabajará (interpretado por Matthew McConaughey). Este decide explicarle los rudimentos del “juego”: “La clave es conseguir que el dinero de tus clientes acabe en tu bolsillo”. A lo que Belfort replica que, bueno, si además el cliente se beneficia también… Para nada. El juego en la Bolsa es conseguir que el dinero que se encuentra flotando en forma de acciones nunca se retire. Que, si un cliente gana gracias a una inversión y quiere recuperar las ganancias, la labor del bróker pasa a ser la de convencer a ese cliente de que ganará más dinero invirtiendo los beneficios en otro sitio. Tras soltar todo esto, el bróker veterano informa al novel de que con tantos números cambiando constantemente, tantas variables, tanta presión…, la única forma de mantenerse cuerdo es a través de “ayuda” externa: mucha droga, mucho alcohol, mucho sexo. 

La segunda escena importante tiene lugar cuando Belfort regala a su primera mujer un collar de diamantes por el éxito de su segunda aventura bursátil. Ahora se dedica a vender acciones de “a centavo”, es decir, acciones basura que no llegan a los índices bursátiles. ¿Y a quién se las vende? A pensionistas, a pequeños propietarios que quieren llevarse un buen plus por sus ahorros y a los que Belfort promete beneficios espectaculares. Lo hace gracias a su técnica de venta comercial, que después sintetizará en un protocolo que enseñar a los nuevos comerciales que se unan a su firma, y que, ya salido de la cárcel, se dedicará a explicar en conferencias por todo el mundo. 

En esa escena, decíamos, su mujer mira el collar de diamantes y le pregunta: “¿No te sientes mal haciendo lo que haces? No construyes nada, no creas nada, sólo vendes acciones a cambio de los ahorros de personas pobres… ¿Realmente quieres enriquecerte así?”. Es importante remarcar que, hasta ese momento, nuestro protagonista no ha hecho nada ilegal. El caso es que a raíz de esta conversación, Belfort decide cambiar: monta su propia firma de inversiones y cambia el target de sus operaciones. A partir de ahora estafará a los ricos.

Puede objetarse que un caso como el de Belfort es extremo. Que sólo muestra hasta qué punto alguien puede corromperse. Es más, resulta que el propio Belfort habla ahora de la necesidad de enfocarse en el dar más que en el acaparar… Pero algo rechina en todo esto. Algo que se refleja en la última escena de la película: una sala llena de gente expectante por aprender a vender como Jordan Belfort. Un montón de personas que creen a pies puntillas que enriquecerse es solamente un medio, sí, pero necesario. Y que depende exclusivamente de ellos hacerlo. Para eso están allí: para aprender las técnicas del mejor. 

Según Belfort, el problema de su vida anterior se condensa en una palabra: avaricia. Y en parte es así. Pero… ¿Y si no fuese la razón última? ¿Podemos explicar todos los excesos cometidos estos años en las bolsas como fruto de la avaricia de unos pocos? ¿Es esa la causa…  o es más bien un efecto? 

Cuando hablábamos del ejercicio del poder concluíamos que la principal batalla se libra en la conciencia de los directivos. Que éstos pueden seguir todas las pautas que marcábamos y aun así convertirse en adictos al poder… Aquí es donde cobra especial relevancia dar una respuesta a la pregunta “El poder, ¿para qué?”. Y, antes de dar una respuesta, conviene ser conscientes de en qué terreno nos movemos. De qué entorno nos rodea, y hasta qué punto influye. 

Hay un momento especialmente descorazonador en la película: cuando el policía que ha detenido a Belfort está volviendo a su casa. Meses antes ha tenido una conversación con él en la que el bróker ha intentado sobornarle. El intento de soborno sale mal, y Belfort echa al policía, que sale más decidido que nunca a atraparle. A modo de despedida, el millonario le espeta al agente que se acuerde de él cuando esté volviendo a casa en un cochambroso vagón de metro atestado de gente sudorosa. Una de las últimas escenas es precisamente esa: Belfort ya está en la cárcel, jugando al tenis con otros presos millonarios, y el agente de policía afronta un día más la vuelta a casa en un desvencijado vagón de metro… ¿Quién es ganador y quién es perdedor? Es la pregunta que parece arrojar Scorsese. ¿Qué vida preferiríamos vivir? Es una pregunta provocadora, cuya respuesta no puede reducirse a un “la que no me llevase a la cárcel”. En los siguientes artículos profundizaremos en estas ideas, en el contexto actual y en las ideas y creencias de fondo que lo alimentan.

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