¿Economía de mercado o sociedad de mercado?

Luis Huete y Javier Gª Arevalillo

La anécdota con la que acabábamos el artículo de la semana pasada arroja algo de luz a la condición humana. No es cierto que en condiciones normales tendamos al egoísmo. Más bien es al revés: nos atrae mucho más la cooperación, la posibilidad de alcanzar algo juntos, de ayudar a otros. Lo que realmente nos caracteriza en el ámbito laboral no es tanto la búsqueda del beneficio como el deseo de construir algo.

Pero la reducción a Homo Economicus ha calado en nuestra mentalidad. En nuestro día a día. Incluso, en nuestra vida familiar y social. Porque hay algo atractivo en los modelos: parecen explicar la complejidad. Nos proporcionan un punto de certeza que puede aliviar la inseguridad de no saber qué puede pasar. De ahí que triunfe, en tiempos de crisis, la literatura de autoayuda, la que promete resultados mediante X pasos. La que nos da las claves para educar a nuestros hijos, como si de un Vademécum se tratase.

Por eso entendemos la frustración de John Nash ante los resultados de su experimento con las secretarias: cuando la realidad es testaruda e insiste en mostrarnos un panorama más rico (e impredecible), cuesta tomárselo bien al principio. Algo que alegraría a cualquiera, a él le amarga porque parece erigirse en contraejemplo de su tesis egoísta acerca del hombre.

Dicho todo esto, conviene aclarar algo: la lógica de mercado tiene mucho que ver, obviamente, con la búsqueda del beneficio. Poca gente trabaja sólo “por amor al arte”, y aún menos pueden permitirse vivir de ello. La lógica del beneficio tiene una incidencia capital en las relaciones de mercado, y la seguirá teniendo. Lo que tratamos de ir exponiendo es que no es la única lógica que impera en esos ámbitos y que, en muchas ocasiones, no es ni siquiera la más razonable, la más inteligente.

Como miguitas de pan, vemos en la literatura reciente claves que nos ayudan a entender esto. Hemos hablado de Shirrmacher, de El Lobo de Wall Street. Pero son muchas las ideas que van alumbrando un camino, una forma diferente de entender este mundo. Hace unos pocos años Daniel Pink, reputado investigador del Management, publicaba su teoría (cimentada en importantes encuestas y “experimentos”) sobre la motivación en el trabajo. Pink descubría cómo la lógica imperante en las empresas era del estilo “Si quieres mejores rendimientos en los empleados, recompensa monetariamente a los que mejor lo hagan”. Es decir, la lógica de las primas. Esto funcionaba bien para tareas mecánicas, pero a la que el trabajo tenía una cierta complejidad, o requería de iniciativa, inventiva e ingenio, los mejores resultados los obtenían los encuestados que no recibían prima económica. Como si ésta ejerciese de tapón para la creatividad.

De hecho, ésa parece ser la explicación: cuando una persona se centra en una tarea con el foco puesto en el posible beneficio que obtendrá si sale bien, es probable que no vea la situación en toda su riqueza: aquello en lo que uno centra el foco determina también lo que no ve. Si una empresa necesita una actitud “proactiva” de un empleado, porque su tarea requiere inventiva e iniciativa, Pink afirma que la forma de fomentar esa actitud pasa por recurrir a recompensas intrínsecas, en contraposición a las extrínsecas (primas y recompensas monetarias derivadas). Y por intrínsecas entiende motivaciones como la aportación al bien común de la sociedad (o de sus propios compañeros) que su trabajo va a aportar; la satisfacción de construir algo que le trasciende; etc.

Este descubrimiento es más importante de lo que parecería a priori. Uno podría decirse que, efectivamente, es de sentido común, porque todos nos vemos reflejados en ese deseo de que nuestro trabajo sirva para algo más que para llenar nuestro bolsillo (por muy necesario que sea este aspecto). Sin embargo, en un alarde de ciclotimia social, parece que la lógica monetaria sea el “default mode” para cualquier asunto.

Incluso en la institución que más tradicionalmente se ha presentado como contrapeso a los mercados, el Estado, actúa imbuido de esa misma mentalidad. Vemos en multitud de países occidentales cómo los gobiernos parecen (malos) gestores económicos, y poco más. Y que a la hora de fomentar ciertas actitudes buenas en sus ciudadanos recurren a la lógica de la compensación monetaria. Desde las desgravaciones por donaciones a todo el sistema de subsidios y ayudas, que, aunque parten de una buena intención en un inicio, pueden llevar a un círculo vicioso. Porque parten de una premisa: el principal motivador para cualquiera es el dinero. Así, vemos cómo en España se plantea el drama del desempleo y algunas voces proponen modelos de subsidios que cubran las necesidades económicas de los parados; pero esas mismas voces parecen obviar que el mayor drama de un parado no es el económico. Para muchos, el principal mal es la inactividad misma, la imposibilidad de construir, de aportar a su familia, a la sociedad. De ser útil, en una palabra.

Desde hace unos años, el curso más popular de la Universidad de Harvard lo coordina el profesor Michael H. Sandel, catedrático de Filosofía Política. Incide directamente en estos temas, y su tesis principal va en la línea de argumentar que hemos pasado de funcionar en una economía de mercado a ser sociedades de mercado, en las que la lógica de mercado ha invadido aspectos que en principio no le corresponderían.

Por ejemplo: hace unos años surgió una iniciativa en colegios de EEUU para fomentar la lectura entre adolescentes. Se asignaría una recompensa (unos pocos dólares) por cada libro extra leído. El trato es sencillo: cuantos más libros leídos, mayor recompensa económica. El fin, a priori, parece bueno: incrementar el amor por la lectura. La primera objeción viene por los medios empleados, ante los que surge la pregunta de si la eficiencia puede ser criterio principal en estas cuestiones. Pero el problema de fondo, como bien apunta Sandel, es que los medios empleados afectan directamente al fin. Cuando fomentamos algo por la vía de la recompensa económica (las recompensas explícitas de Pink), uno de los efectos es que el fin pasa a tratarse como una mercancía. Es una de las consecuencias de esa lógica: todo aquello que se puede comprar adquiere el estatus de una mercancía, un bien por el que se paga.

Aquí es donde vemos por qué rechina el planteamiento de esos colegios: el amor a la lectura no debería tratarse como una mercancía. El fin de inculcar ese amor en los alumnos no puede pasar por encima de que es un bien que demanda otros medios, y que quizá la lógica de mercado no aplica. Continuaremos con Sandel en el próximo artículo, en el que acabaremos de exponer los problemas de base que podemos encontrarnos en la sociedad y en las empresas, y ahondaremos en qué actitudes y qué cambios pueden introducir las empresas en este entorno que mejoren la forma de hacer negocios y, por ende, de estar en sociedad.