Toma de decisiones: una cuestión de perspectiva

"Las cosas no cambian. Cambiamos nosotros". Esta frase de Henry David Thoreau ilustra bien la idea que subyace en los siguientes párrafos: muchas veces el problema de nuestra vida no está en la realidad en sí, sino en los ojos con los que la miramos, en la forma de interpretarla, en las decisiones que se acaban tomando en función de lo que se ve. 

Si echamos la vista atrás, encontramos incontables ejemplos de ilegalidades, escándalos y corrupciones que han provocado un profundo impacto en la sociedad. Podemos verlos como casos aislados, aunque muy numerosos... O ponernos la gorra de Sherlock Holmes y buscar un patrón que los una. 

La corrupción ha existido siempre; desde que el hombre es hombre. Incluso las iniciativas más nobles se han visto en ocasiones manchadas por el deseo de poder de unos pocos, o por la avaricia de tantos otros. No es algo propio de estos tiempos, a pesar de que hayamos experimentado un auge mayor que en el pasado. Es decir, si queremos realmente ir al fondo de la cuestión, no podemos contentarnos con culpar a determinados personajes, determinados organismos, determinados partidos... Sería como buscar las causas en el inmenso saco de las consecuencias.

Decía Marco Aurelio, el emperador filósofo, que "el arte de vivir se parece más a la lucha libre que al baile". Así es: analizamos nuestro día, y en muchos momentos nos vemos en estados de tensión, luchando contra nosotros mismos para tomar una decisión u otra: desde levantarnos con la melodía del despertador hasta sonreír a nuestros hijos al llegar a casa, pasando por ser productivos en nuestro trabajo. O ese "combate" se plantea bien, o el agotamiento puede crecer hasta anegar nuestras fuerzas y hundirnos.

Una primera distinción que nos puede ayudar es la que plantea la primera gráfica adjunta. Se trata de "mapear" las decisiones o retos que tenemos diariamente ante nosotros. Es un ejercicio, ante todo, de honestidad con nosotros mismos, en el que nos podemos parar a pensar con calma en uno de los aspectos más cruciales de nuestra vida: si la primacía de nuestros actos se la llevan el cortoplacismo, la funcionalidad…, o si, por el contrario, somos capaces de pasar por encima de la satisfacción inmediata y pensar en el impacto de las decisiones en el largo plazo y en la estructura motivacional del decisor.

Antes hemos remarcado la necesidad de ser honestos con este ejercicio: no es una tarea fácil (quizá no tanto por el juicio que se ha de hacer como por las consecuencias del mismo). Conviene ahora hacer un alto y volver a un plano más global. Si pensamos en el panorama actual, podemos extraer un patrón plausible para la corrupción. Este patrón no es otro que el cortoplacismo y el sentirse “dioses”; personas que se conciben por encima del bien y del mal y cuyo patrón de conducta es el que ellos mismos establecen, como si no respondieran ante nadie (familia, sociedad, valores, etc.). No obstante, siendo realmente exactos podemos decir que la madre de todas las consecuencias (corrupción, engaños) es la preponderancia de la gratificación a corto plazo, de un utilitarismo mal entendido. Ese aceptar sobornos mientras aún se está en el cargo para aumentar mi tren de vida ahora. Ese no tomar decisiones impopulares cuando tocaría porque nos atenaza el miedo a quedar mal, o a no salir reelegido. Ese exprimir a los clientes o a los empleados, a riesgo de perderles más adelante, porque lo que importa es el bonus del próximo trimestre. Y así un largo etcétera. Es muy recomendable ver documentales como Inside Job, o películas como El Fraude, donde se ilustra a la perfección esta mentalidad.

Pero, volviendo al gráfico, podemos dar un paso más: ¿es el cortoplacismo la respuesta? ¿Satisface tanto como promete? Repasando algunos de los más conocidos casos de corrupción, es fácil ver que, a día de hoy, su sufrimiento difícilmente se compensa con el recuerdo de sus fortunas pretéritas, mientras sufren el escarnio de la opinión pública en sus carnes... y en sus familias. Pero se podría objetar fácilmente: ¿qué hay de los que se han librado de la justicia? Aquéllos que no han tenido que responder de sus abusos, ¿son felices por ello?

Aquí es donde más importante resulta ser honesto. Ante nosotros, en multitud de ocasiones, se nos plantean opciones de no comportarnos "bien", de no ser leales a nuestra naturaleza humana. No tiene por qué tratarse de ilegalidades: puede ser algo tan sencillo como pasar una mañana de trabajo sin hacer mucho más que actualizar el timeline de Facebook; o contabilizar una visita comercial que en realidad no hemos hecho. O apretar injustamente a un empleado por una tarea que nos corresponde... Aquí cada uno podría poner infinidad de ejemplos de situaciones en las que podemos "luchar" o dejarnos vencer por la satisfacción inmediata: tumbarse en el sofá o ir al gimnasio; dos horas de tele contra dos horas de lectura; etc. Si somos honestos con nuestra experiencia, en muchas ocasiones podríamos sacar la siguiente derivada del primer gráfico:

 

Al final las decisiones tienen cuatro perfiles, si se les añade la dimensión del tiempo contra los dos equívocos perfiles que se distinguen cuando decidimos desde el cortoplacismo. La capacidad de reflexión, junto con una conciencia del impacto de las decisiones en uno mismo y en los demás, obran el milagro de ver la perversión de las decisiones tipo II y del potencial de ganancias de las decisiones tipo III. La capacidad de identificar las decisiones tipo II y III son las que marcan la vida. Las decisiones tipo II nos meten en una lenta dinámica de ir a menos, de corrupción personal; las decisiones tipo III nos abren a un mejor futuro. 

Se trata, evidentemente, de una simplificación. Pero es muy importante darse cuenta de lo siguiente: ante un reto en el que juega nuestra voluntad, o nos apalancamos en que es un bien para nosotros o el esfuerzo nos ahogará. Es la paradoja que muchas veces vemos a nuestro alrededor y en nosotros mismos: nos escandalizamos de los casos de corrupción, pero si nos diesen la opción de cometer el mismo fraude sin que la Justicia nos atrapase... Nos lo pensaríamos muy mucho. Por ejemplo, una experiencia que muchos habremos tenido es que un porcentaje elevado de taxistas (¿un tercio?) intenta “engañarte” con los suplementos cuando te llevan o te traen de aeropuertos o estaciones de trenes. 

Resumiendo: el cortoplacismo se basa en la búsqueda de una satisfacción inmediata, en una funcionalidad muy parcial. Cegados por ella, acabamos haciendo lo que no nos conviene y que, en último término, se vuelve contra nosotros. Tarde o temprano el grado de satisfacción va decayendo en el tiempo. Quien se convierte en esclavo de su sofá un día tras otro, tarde o temprano se mira al espejo y quizá no le gusta lo que ve. Y se plantea que ir un día a la semana al gimnasio le habría reportado una mayor satisfacción a día de hoy. O aquél que comenzó aceptando regalos y al cabo de un año está anegado en una espiral de corrupción que le impide mirar a sus hijos a la cara. Y eso que no le persigue la justicia, y que se ha podido comprar el yate de sus sueños.

Los ejemplos pueden resultar un poco extremos y simplistas. Aunque la realidad tantas veces supera a la ficción. Da mucha pena, por poner otro ejemplo, las consecuencias de las patologías adictivas (dinero, juego, internet, sexo, bebida, trabajo, poder, imagen, etc), que tanto abundan en los líderes sociales. Pero de lo que se trata es de establecer un marco claro que a cada uno nos permita pensar en los retos de fuerza de voluntad que definan nuestra satisfacción futura. Y aquí viene una puntualización sobre el segundo gráfico: en muchas ocasiones, el retorno de satisfacción de las cosas que no nos apetecen pero nos convienen es prácticamente inmediato... Como inmediata es, en muchas ocasiones, la decepción que sigue a ceder a aquello que nos apetece... pero no nos conviene.

Autores: Luis Huete, Javier García Arevalillo.