La magia de las relaciones hombre-mujer

Luis Huete y Javier Gª Arevalillo

En 1997 la pareja formada por Jack Nicholson y Helen Hunt impidió que Titanic supersase el récord de Oscars que ostentaba Ben-Hur: once. La razón: sus magistrales interpretaciones en ‘Mejor imposible’. Una de las comedias románticas más atípicas que se han escrito en Hollywood: él es un escritor de prestigio con un claro trastorno obsesivo. Ella es una camarera y madre soltera. Inexplicablemente, él se enamora de ella… Y ella empieza a prestarle atención.

¿Qué ve en él? Al principio, obviamente, nada que merezca la pena. Pero él comienza a sorprenderla de las formas más insospechadas. Hasta que en una cena, él le espeta que desde que la conoce está volviendo a tomar unas pastillas que en su momento le recetaron para su trastorno. La mirada de la chica es un poema, dubitativa sobre si sentirse halagada o insultada. Hasta que él traduce: “Tú haces que quiera ser mejor persona”.

Nos hemos acostumbrado a cierta visión de las relaciones como un fin en sí mismas: encontrar a mi pareja ideal; enamorarnos; casarnos, y/o tener relaciones sexuales. Fin de la historia. “Entonces seré feliz”, pensamos. Y perdemos de vista que la aventura no es el otro: la aventura es la vida… Y queremos compartirla. La relación no es un fin en sí misma; el fin es la voluntad de dos personas que deciden mirar juntos a un horizonte común y compartir las penas y alegrías del camino.

A los hombres nos gusta, por norma general, cualquier cosa que huela a aventura y desafío. Nos encantan las películas de corte épico: guerras, batallas, búsqueda… Aventuras en las que el protagonista es puesto a prueba y prevalece. Es difícil encontrar a un hombre que no haya vibrado con el discurso de Enrique V en ‘Agincourt’, o con la cabalgata de los Rohirrim en ‘El señor de los anillos’. 

Ese gusto por lo épico no puede tratarse de una coincidencia (aunque también se dé en el sexo opuesto, parece claro que para los hombres es abrumadoramente mayoritario). Y no es algo que se limite al ámbito cinematográfico. Podemos ver en la inmensa mayoría de los hombres un deseo grande de librar una batalla. De ser protagonista de una gesta épica, que le lleve al límite, que le obligue a sondear las profundidades de su corazón y de su mente, y vencer, salir triunfador de la tribulación. 

Pero no hemos nacido en tiempos de Enrique V. Observamos nuestro día a día y tal vez nos invada el desaliento: lo cotidiano parece matar todo impulso épico. El trabajo diario puede llevarnos a veces a la extenuación, pero no siempre y no de forma muy “saludable”, podríamos decir. ¿Dónde está la épica?

Volviendo a la película, sigue en el aire la pregunta clave: ¿qué ve la chica en un maniático cincuentón que no puede pisar los bordes de las baldosas, ni usar la misma pastilla de jabón dos veces seguidas? Ve a alguien que afronta una batalla titánica contra sus miedos e inseguridades por ella. A alguien que, desde que la conoce, mira la realidad de otra manera. Que desea, por primera vez en mucho tiempo, ser mejor persona, y es precisamente por ella.

Ella no es el objetivo, pero sí la presencia que le ayuda en el camino; la que le “obliga” a mirar más allá de sí mismo y de sus limitaciones presentes. Aquella en cuya compañía es capaz de mirar la realidad más intensamente, con ojos nuevos. Y a ella le fascina embarcarse en esa aventura. Percibe el carácter épico de la lucha de ese hombre contra sus trastornos, y sabe que ella es la razón por la que empezó la batalla. No es tan guapa como Helena de Troya, pero ha desencadenado una batalla interior comparable en carga épica a la más famosa guerra de la Antigüedad. 

Decíamos al principio que esta comedia es atípica. Quizá porque nos hemos acostumbrado al perfil “chico perfecto se lleva a la reina del baile”. O porque oímos que las mujeres, en un hombre, buscan ante todo seguridad y algún tipo de protección de sus deseos futuros. Pero… ¿qué seguridad ofrece el personaje de Jack Nicholson? La respuesta es tumbativa: nuestro personaje vive en la certeza de que esa camarera le ayuda a vivir de otra manera, de una manera mejor. Y esa certeza es tan inquebrantable, tan innegable, que se puede palpar. 

Lo que más fascina al personaje de Helen Hunt es ser la fuente de inspiración de un hombre para acometer un cambio radical, épico, en su vida. El mensaje implícito es claro: por ella merece la pena hacer todo ese esfuerzo. Por ella todo se hace más fácil, y la última escena lo describe bien: los dos cogidos de la mano, caminando por una calle de baldosas- las mismas que, en el inicio de la película, él no puede pisar por su trastorno obsesivo. 

Como decíamos la semana pasada, no existe ninguna receta mágica para hacer que las relaciones de pareja sean mejores. Muchas de las cosas que hace el personaje de Jack Nicholson en la película podrían figurar en un listado de lo que no hay que hacer en una relación. Pero finalmente hay algo que vence a todos esos errores, a la falta de destreza de ambos en la relación. Vence la certeza de él sobre quién es ella y qué significa en su vida. Vence la mirada de cariño de ella, que conforme va avanzando la película se torna en verdadero afecto, que pasa por encima de sus rarezas y antipatía; porque sabe que él lucha por ella y, por mucho que cometa errores, siempre lo hará. 

Quizá en los párrafos anteriores se esconde alguno de los secretos que hacen que la relación entre un hombre y una mujer pueda ser mágica porque se despierte el deseo de ambos de caminar juntos hacia un horizonte común: la aventura de la vida.

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