Mejorando las relaciones entre hombres y mujeres

Hemos hablado hasta ahora de algunas claves para la construcción de relaciones sólidas; puntos de reflexión sobre cómo afrontar conversaciones importantes; sobre cómo mirar a aquél que tenemos delante. Si hay un tipo de relaciones que necesitan especialmente esas claves son, sin lugar a dudas, las que se dan entre mujeres y hombres. Basta con echar un vistazo a los índices de fracaso en matrimonios para darse cuenta de que algo falla en las relaciones de género, de que algo no se está afrontando bien.

Vivimos en una cultura que podríamos llamar “del atajo”, es decir, del camino fácil, de la ausencia de incomodidades. Buscamos métodos de adelgazar que no nos supongan esfuerzo; aplicaciones para ponernos en forma en una semana; programas de aprendizaje de idiomas que no tienen nada que envidiar a los métodos usados en Matrix. Lo fácil, es lógico, vende, también en las relaciones. Y quizá ahí esta parte del problema.

Una de las creencias típicas en este sentido es de la “pareja ideal”. Es decir, creer que ahí fuera existe una persona 100% compatible con uno, y con quien la relación sería prácticamente un camino de rosas. Con quien todo sería fácil. Y los problemas que nos puedan surgir con nuestra media naranja son rápidamente atribuidos a una incompatibilidad de caracteres, por ejemplo, a la que además se la da un carácter de permanente y estructural.

Esa creencia es esencialmente falsa: el éxito de una relación no viene tanto de la compatibilidad de las personas como del trabajo que estas estén dispuestas a hacer, del camino que quieran recorrer en su mejora personal. Porque es bien cierto que las personas cambiamos, y, aunque nuestro temperamento se mantenga más o menos estable, nuestro carácter cambia cuando añadimos nuevos hábitos.

Además todos pasamos por altibajos con cierta frecuencia. Altibajos que no siempre nos dejan igual que antes. Como tampoco lo hacen ciertas circunstancias o eventos que nos suceden. Ya sabemos que el cerebro es plástico y que las conversaciones interiores que suceden en esas circunstancias y en esos eventos más “intensos” acaban cincelando para bien, o para mal, nuestros circuitos neuronales. 

Esto no quiere decir que no se busque con cierta inteligencia a aquel con quien queramos compartir nuestra vida. Simplemente, en lugar de buscar unas determinadas características en el otro, quizá deberíamos buscar una cierta actitud, una predisposición de fondo, una forma de mirar y de pensar que sea sana y que abra posibilidades de futuro… Alguien con quien de verdad se quiera vivir la aventura, por escribir, de la vida. 

Así pues, una vez más, en este campo no hay una receta clara. No hay una lista de pasos que aseguren a ciencia cierta el éxito de una relación de pareja. 

Donde sí se pueden decir más cosas, tal vez, es en el tipo de problemas/aventuras que se suelen vivir en una relación entre un hombre y una mujer. Porque, más allá de que cada uno seamos hijos de nuestro padre y de nuestra madre, se pueden decir unas cuantas cosas acerca de cómo somos los integrantes de ambos sexos. Aunque, como comenta Mark Gungor al iniciar cualquiera de sus conferencias sobre el tema, puede que en alguna idea nos asustemos pensando que en nuestro caso se da al revés. Cuando se generaliza sobre un tema así es imposible acertar para todos los casos. 

Mark Gungor es un conferenciante que se ha “especializado” en este complejo campo. Popularizó hace unos años una cierta forma de explicar las diferencias entre el cerebro de un hombre y el de una mujer. Gungor se imagina el del hombre como un almacén lleno de cajas. Las cajas no se tocan entre sí, no se mezclan; y cuando se está hablando de algo, el cerebro selecciona la caja correspondiente, la abre, se discute solamente del contenido de la caja, se cierra y se vuelve a guardar. 

El de la mujer vendría a ser, por contraposición, una gran madeja de hilo, en la que todo está conectado. Es decir, lo opuesto al del hombre. Aunque sólo sea una alegoría, no deja de llamar la atención que ciertos estudios científicos vienen mostrando en la mujer un mayor número de puentes entre ambos hemisferios del cerebro. Se podría decir que para ellas “todo está conectado”.

Ambos “cerebros” tienen sus ventajas e inconvenientes, que, bien gestionados, pueden acabar resultando suponer casi todo ventajas. La clave está en hacer de esa diversidad natural una complementariedad llena de sinergias. Quizá para eso bastaría más respeto hacia esa diversidad, más espacio para que cada uno se exprese de forma natural y un proyecto de futuro en el que ambos cerebros se proyecten. 

Lógicamente, la alegoría es posiblemente una exageración, pero no deja de reflejar muchas de las dificultades que nos encontramos los hombres y las mujeres en la comunicación diaria. Explica muy bien por qué algunos hombres nos paramos a mitad de una discusión y pensamos “¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué estamos discutiendo sobre el seguro del coche cuando sólo quería proponer un plan para el fin de semana?” 

Entonces, ¿podemos dar algunas claves que ayuden a afrontar estos potenciales desencuentros? La respuesta es ambigua, como en el artículo de la semana pasada: sí hay claves que nos ayuden a entender qué pasa en nuestras relaciones; lo que no hay son recetas mágicas. Afortunadamente. En los siguientes artículos iremos dando algunas.

*Artículo escrito por Luis Huete y Javier García Arevalillo.