¿Medir o gestionar la felicidad?

Luis Huete y Javier Gª Arevalillo

En julio de 2009 los profesores Felicia Hupert y Timothy So, de la Universidad de Cambridge, presentaron un estudio para el que habían recabado información de más de cuarenta y dos mil ciudadanos europeos mayores de dieciseis años. ¿El objeto de estudio? El grado de “florecimiento” (Flourishing) de los europeos según su país de procedencia.

En realidad, los conductores del trabajo apuntaban más alto: establecer una metodología para medir la eficacia de los respectivos gobiernos a la hora de “proporcionar” felicidad a sus ciudadanos. Es una corriente que ha ido creciendo en la última década: el objetivo de un gobierno no es mejorar la riqueza del país, sino la felicidad de todos los habitantes que viven bajo su tutela. Como si esa felicidad dependiese en buena medida de sus acciones. Pero este no es el objeto de discusión del presente artículo.

¿Puede medirse la felicidad? ¿Existe una variable que nos pueda ofrecer una correlación? El primer obstáculo que encontramos, de hecho, es la propia definición de felicidad. ¿Es simple satisfacción? ¿Buen humor? ¿Ausencia de problemas? ¿Encontrase bien con uno mismo? ¿Algo más profundo no tan ligado al estado de ánimo?

Un paso muy inteligente de los autores del estudio, que después reproduciría Martin Seligman (líder de la llamada Psicología Positiva) con su libro Flourish, es apartarse un poco de la idea de felicidad y poner sobre la mesa un concepto alternativo, más fácil de definir y estudiar (por estar mucho menos trillado): el de Florecimiento o, si existiese la palabra, “bien-ser”. Podemos entenderlo intuitivamente como el estado en que una persona es más ella misma, crece, se desarrolla, mejora vitalmente. Y aquí es donde la teoría de Seligman juega su papel: determinando las variables que, sumadas, conducen al florecimiento o al estado de “bien-ser”. 

Como hemos dicho, si queremos “medir” si una persona está creciendo a nivel personal, si está floreciendo, podemos fijarnos (según Seligman) en cinco variables independientes que vendrían a ser “fuentes de felicidad”, metas que muchas personas buscan “por sí mismas”; es decir, metas finales. Uno no cultiva sus músculos porque sí, sino por la sensación saludable que conlleva hacerlo. Esa sensación sería la meta final. Seligman identifica cinco tipologías:

-        Momentos que conllevan emociones positivas. Es el elemento menos estructural, el más comprable con dinero, ya que consiste en hacer esas cosas que nos gusta hacer.

-        Logro, éxito. La capacidad de conseguir metas difíciles y de ser exitoso en lo que se hace.

-        Maestría, entrega. Es también pasión por lo que se hace.

-        Significado, propósito, sentido.

-        Relaciones que funcionen.

En los siguientes artículos iremos desgranando cada uno de esos elementos. Pero, antes de acabar esta breve introducción, es conveniente añadir una serie de distinciones. Los cuatro últimos son los que tienen un carácter más estructural, más estable, menos comprables con dinero, más fruto del esfuerzo personal. Su número, cuatro, nos vuelve a poner por delante la necesidad de buscar equilibrios en la vida. No hay florecimiento con sólo dos de los cuatro, la partida hay que jugarla a cuatro bandas, con el desafío que eso supone. 

En segundo lugar, que mucha gente busque estas cinco metas por sí mismas no significa que realmente lo sean: Seligman busca un criterio lo más científico y cualificable para medir ese nuevo concepto que ha acuñado, y se limita a describir los cinco elementos que él ve que se pueden usar como variables. Así, no estamos ante una receta (“consigue avances en los cinco frentes y serás feliz”), sino ante un intento de evaluar el crecimiento de alguien.

No defendemos aquí la necesidad de “medir” nuestra vida según parámetros cuantificables. Las cosas importantes, sean medibles o no, hay que gestionarlas. Más bien trataremos de dar un marco sugerente para profundizar en una serie de preguntas que todos debemos poner sobre la mesa: ¿Es mi vida plena? ¿Cumple con lo que mi cabeza y corazón realmente anhelan? ¿Voy a más o a menos?

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