Los límites de una sociedad de mercado

Luis Huete y Javier García Arevalillo

Hablábamos la semana pasada de los efectos de la mercantilización de actividades que deberían trascender los criterios de mercado. Michael Sandel cita un ejemplo paradigmático: el de las empresas que ofrecen asientos en las sesiones abiertas del Congreso cuando se debaten temas sensibles. La idea es sencilla: son muchos los lobbies de opinión interesados en acudir a esas sesiones, pero resulta que el acceso se concede por estricto orden de llegada a la cola. Es gratuito y libre, con lo que cualquiera puede entrar si hace la respectiva cola. El problema viene de que muchos de esos activistas no disponen de tiempo libre para hacer cola. Ahí entran las empresas de “colas”. Piensan: ¿quién tiene tiempo de sobra? Las personas paradas o los mendigos. Perfecto: se ofrecen plazas sin necesidad de hacer cola por un módico precio. Todos ganan: el mendigo porque le pagan por hacer cola, el activista porque consigue acceder a la sesión con total seguridad y sin colas, y la empresa intermediaria por las comisiones.

¿Todo el mundo gana? ¿Qué consecuencias trae para una sociedad el que todo tenga un precio? ¿Existen bienes que deberían trascender los mecanismos de transacción? Nadie duda de que la actividad de las empresas de “queuing” en EEUU son eficientes y beneficiosas, pero… ¿no quedan tocadas las instituciones democráticas cuando el acceso a sus debates pasa a estar en venta (aunque sea de forma indirecta)? Sucede algo parecido al ejemplo de los incentivos para leer libros en los colegios: “mercantilizar” el fin lo rebaja. Es eficiente, sí, pero degrada el verdadero valor del fin que se busca.

Sandel acaba de explicar su tesis con más ejemplos, algunos de ellos ciertamente polémicos. Pero su preocupación de fondo sobre ese proceso de convertirse en una sociedad de mercado se condensa en dos aspectos:

1. Desigualdad. Es evidente que siempre existirán ciertos niveles de desigualdad, y esta no es esencialmente mala. Lo es cuando se convierte en crónica, cuando se entra en un bucle en el que los ricos cada vez tienen más y los pobres cada vez menos…  sin esperanzas de que la situación cambie. Ichaak Adizes consideraba recientemente en Davos esta tendencia como un elemento claro de desintegración en la sociedad americana, y afirmaba que la brecha está aumentando, eliminando uno de los valores esenciales de la convivencia en una sociedad: la confianza. De hecho, el investigador Richard Wilkinson ha mostrado en los últimos años algunas correlaciones interesantes entre variables sociales y desigualdad en los ingresos. Una de esas correlaciones muestra cómo el nivel de confianza entre los ciudadanos de un país desciende linealmente conforme crece la brecha de desigualdad en los ingresos.

2. Devaluación de los fines. Ya hemos comentado cómo usar mecanismos de mercado para conseguir fines superiores puede corromperlos. Nadie duda que la generosidad y la gratuidad son valores y actitudes buenos, que deberían ser fomentados en la sociedad. Pero introducir sistemas de primas que “faciliten” actos generosos puede ser contraproducente. Otro ejemplo sencillo: el niño que por poner la mesa recibe una recompensa, difícilmente hará más cosas de la casa gratuitamente. Así, pese a conseguir que ponga la mesa, no se llega a inculcar en ese niño la virtud de la gratuidad.

Al final, la cuestión de fondo no es el nivel de desigualdad “máximo” que una sociedad puede tolerar; ni siquiera los motivos por los que se llega a esa desigualdad. El problema esencial, que precede a todos estos, es el modelo de convivencia que queremos en nuestra sociedad. Como ejemplifica muy bien el propio Sandel, lo malo de una sociedad de “cultura VIP” (todo se puede comprar) es que deja de darse una convivencia real entre personas de distintos estratos sociales: viven en sitios distintos, compran en tiendas distintas, llevan a sus hijos a colegios distintos… La no convivencia, la no interacción entre personas de diferentes estratos sociales, finalmente, hace muy difícil que se pueda entender un concepto como bien común. Éste queda relegado a un ente abstracto cuando no se da una convivencia entre los diferentes miembros de la sociedad.

Visto lo visto, ¿qué se puede hacer? Ante problemas de fondo es difícil dar soluciones prácticas y de aplicación inmediata. Aspectos como la desigualdad o la cultura del egoísmo en nuestra sociedad no se solucionan con una serie de ajustes inmediatos. Pero sí hay corrientes de pensamiento y soluciones concretas que pueden ayudar (ya lo están haciendo, de hecho) a cambiar el rumbo de nuestra sociedad. Esencialmente destacamos tres, que desarrollaremos con más profundidad en el siguiente artículo: el apoyo social y político a los emprendedores, el fomento en las empresas de una mentalidad más “familiar” (largo-placismo, culturas de colaboración, etc.) y, finalmente, la asunción por parte de cada uno de una mirada diferente sobre la realidad del trabajo, de la interacción con quienes nos rodean y de los deseos que nos mueven a actuar en el día a día.