Los hábitos de la cabeza... Y del corazón.

Recientemente, el periodista de la BBC David Coles publicaba una lista con los 50 mejores jugadores de fútbol de todos los tiempos. Entre ilustres y conocidas estrellas como Pelé, Maradona o Cruyff, se colaba un tal Robin Friday. 

Si uno acude a Youtube y busca algún rastro de este extraordinario jugador, no encontrará ningún vídeo, ninguna recopilación de sus mejores jugadas, de sus mejores goles. Eso se debe a dos sencillos motivos: Friday jugó profesionalmente al fútbol entre los años 1967 y 1977, y nunca superó la Segunda División.

¿Qué hace un jugador que no llegó a jugar la Premier League o la Copa de Europa, ni llegó a ser internacional, en la lista de los 50 mejores jugadores de la historia? David Coles decidió primar, por encima de todo, la calidad. Y de eso Robin Friday tenía a raudales. Ascendió él solito (como quien dice) al Reading a Tercera, y fichó por el Cardiff, equipo mediocre de la Segunda División, y lo hizo bueno… Abandonando el fútbol a los 25 años. 

Mucho se podría contar de la vida de este personaje. Como que apenas entrenaba, o que llegaba alarmantemente ebrio a muchos de los partidos. Eso sí, en cuanto sonaba el pitido inicial se convertía en la figura indiscutible del partido, y su fortaleza a la hora de soportar las acometidas rivales era admirable (los defensas iban a cazarle de forma casi violenta). Nadie puede decir con certeza dónde habría llegado este prodigio si su vida fuera del terreno de juego hubiese sido algo menos… turbulenta.

Adicto a las pastillas desde los 15, Robin Friday se daba a todo tipo de “placeres” sin ningún control. Como tantos que por desgracia se pierden en el mundo de la satisfacción inmediata sin sopesar las posibles consecuencias; en el caso de Robin Friday se daba, sin embargo, un hecho aún más doloroso: su talento era evidente, y coincidía con su pasión… Es más, se podía decir que tenía un cierto grado de disciplina en el campo. Pero parece que no fue suficiente para tomar buenas decisiones en otros ámbitos de su vida.

No es el propósito de este artículo dar los motivos del derrumbe de esta joven promesa. Pero es una historia (como tantas otras que, en cierta medida, son parecidas) que ayuda a enmarcar la discusión principal: el autocontrol, la disciplina, no son hábitos o capacidades simples; requieren una aproximación pausada, profunda, que huya de las explicaciones tipo “le faltó fuerza de voluntad”.

“Donde no hay distinción, hay confusión”, decía Tomás de Aquino hace ocho siglos. Y es una máxima siempre aplicable: el diálogo y el aprendizaje se hacen imposibles cuando no hay claridad respecto a las palabras y las ideas que se ponen sobre la mesa. Así, es una buena práctica abordar un tema tan dado a equívocos aportando claridad acerca del autocontrol.

Los retos de fuerza de voluntad son una constante en nuestra vida, no importa en qué fase nos encontremos. Surgen de la misma condición humana: constantemente tomamos decisiones… o decidimos que otros (personas, circunstancias, impulsos) decidan por nosotros. La voluntad es constitutiva del ser humano, y configura uno de los rasgos que más nos distinguen: somos libres.

Es importante entender que el uso de la voluntad, de forma análoga al de la inteligencia, se configura a lo largo de nuestra vida. Las decisiones que tomamos nos van conformando las conexiones neuronales de nuestro cerebro. Aunque no nos determinen completamente, podemos comprobar cómo a una persona que se abandona físicamente, cada vez le cuesta mucho más hacer ejercicio que a otra que adquiere como hábito salir a correr con cierta frecuencia. Por poner un ejemplo banal.

Hemos introducido una palabra clave para entender el proceso de toma de decisiones en nuestro cerebro: hábito. El hábito es un patrón de comportamiento que adquiere un carácter automático al haberse repetido muchas veces. Aunque todos tenemos una idea de lo que es un hábito, quizá no somos conscientes de toda la fuerza que tiene.

Cualquiera puede testimoniar lo potente que puede llegar a ser un hábito: quien lleva años cepillándose los dientes antes de acostarse conocerá esa sensación de incomodidad el día que, viajando, se olvida del cepillo y debe esperar al día siguiente para comprarse otro. Seguramente se acostará intranquilo, como si le faltara algo… y a la mañana siguiente irá a comprar enseguida otro cepillo.

Otra distinción importante es la diferencia entre vicio y virtud: ambos son hábitos, pero uno nos “empeora”, nos predispone a decisiones disfuncionales, mientras que el otro contribuye a nuestro crecimiento personal, a tomar decisones más inteligentes. Siguiendo con la terminología del artículo anterior, uno nos conviene (virtud) y el otro no (vicio). Aquí la escala de grises es amplia, y corresponde a cada uno profundizar en los hábitos que hayamos adquirido y detectar aquellos que ayudan y aquellos que no lo hacen tanto. 

Como siempre, la clave está en ampliar los criterios de toma de decisión. Las decisiones que sólo ponderan el corto plazo y el interés personal suelen ser más disfuncionales que aquellas que ponderán también el largo plazo y los intereses de las personas cercanas.

Seguramente todos podemos traer a la memoria lo mucho que puede llegar a costar desarrollar un hábito, pero quizá no tantos sabemos hasta qué punto necesitamos desarrollarlos. Para entenderlo, nos puede ayudar el siguiente experimento realizado en el MIT en la década de los años 90: a un ratón se le implantaban una serie de sensores para medir su actividad cerebral, y a continuación se le introducía en recinto oscuro en forma de T. El ratón empezaba al inicio del extremo largo, y en uno de los extremos del palo corto de la T se colocaba una tableta de chocolate. En las primeras pruebas, el ratón se dedicaba un buen rato a explorar el circuito, aparentemente sin rumbo, y registraba una actividad cerebral alta y continua. Todo era nuevo, y no siempre iba directo al extremo del chocolate. Eso sí, cuando llevaba unas cuantas veces repitiendo el mismo ejercicio, el escenario era muy distinto: en cuanto se le introducía en el recinto, iba directo a por el chocolate, sin demorarse o explorar nada. Había desarrollado un hábito, y asociaba entrar en el circuito con encontrar chocolate en un extremo concreto del mismo. 

Ahora bien, lo interesante era observar la gráfica de actividad cerebral: cuando ya había desarollado el hábito, el cerebro del ratón sólo registraba picos de actividad al inicio (los científicos entendieron que era el momento en que el cerebro buscaba el posible patrón repetido de la situación) y el momento en que comía el chocolate (actividad asociada al placer). En el ínterin, el cerebro del ratón apenas experimentaba actividad.

¿Qué sacamos de esto? El cerebro es un órgano, y de los que más energía consume. Así que va buscando formas de entrar en “modo ahorro”. Aquí entran los hábitos. Lo que enseña el experimento es que cuando operamos un hábito, nuestro cerebro “descansa”, porque pone el piloto automático. Por explicarlo con un ejemplo más cotidiano: al sacar nuestro coche del parking cada mañana, hacemos muchas cosas a la vez y de forma casi inconsciente: encender, embragar, poner la marcha atrás, mirar por el retrovisor mientras aceleremos levemente y soltamos un poco el embrague… Son muchas actividades simultáneas bastante complejas, y que nos traían de cabeza al examinarnos del carnet de conducir, pero que ahora realizamos de forma casi inconsciente, dejando el cerebro “desocupado” para poder gestionar los imprevistos de la carretera. Esta es la potencia de un hábito, y la explicación de por qué cuesta tanto generar otros nuevos y “desaprender” los que ya no nos resultan útiles (o que desde el principio fueron vicios, de los que ahora queremos librarnos).

Los hábitos se construyen con la confluencia de tres variables. La primera es el deseo, el corazón, el sentimiento. La segunda es el conocimiento, la reflexión sobre lo que es conveniente, la metodología. La tercera es la repetición, y es ahí donde entra el autocontrol y la voluntad. Sin la tercera variable la configuración de “modo de ahorro” para lo que es conveniente no es posible…

Volviendo a la historia con la que abríamos el artículo, podemos ponernos en la piel de Robin Friday, y entender un poco mejor por qué no bastó con su pasión por el fútbol para apartarle del mundo de las drogas. En él se daba el primer ingrediente, pero faltaban los otros dos: un conocimiento sobre sí mismo, sobre sus miedos y deseos más profundos, y por ende un desconocimiento sobre cómo superarlos, al faltarle un asidero consistente; y cuando éste elemento falla, el tercero no puede darse. Los actos que repetía iban en la dirección opuesta a la que le hubiese llevado a una carrera futbolística, a una vida con un sentido más allá de la satisfacción inmediata. De aquí que el primer paso, insoslayable, para el autocontrol, es profundizar en el conocimiento propio.

Es decir, para la construcción/deconstrucción de hábitos arraigados, necesitamos entender mejor cómo funcionan estos, y reconocer hasta qué punto podemos ser “dominados” por ellos. Para lo bueno y para lo malo. No somos lo que hacemos; pero nuestras decisiones muestran lo que queremos llegar a ser. De lo que se trata, en muchas ocasiones, es de tomar conciencia de por qué decisiones estamos optando hoy y ahora, y hacia qué hábitos nos orientan. Y decidir si ese es el rumbo que realmente queremos seguir y si nos van a convertir en la persona que realmente queremos ser.

*Luis Huete y Javier García-Arevalillo.