Las claves del autocontrol (II): evitando algunas trampas

En el anterior artículo sobre autocontrol concluimos que el autoconocimiento es la base en la que se sustenta nuestra capacidad de “controlarnos”. Avanzando en esta línea, en este artículo vamos a analizar algunas de las “trampas” que se pueden evitar en el proceso de desarrollar la fuerza de voluntad.

Como decíamos, no existe método más eficaz para afrontar estos retos que una observación incisiva, y tener mucho más presente el objetivo último, esa razón de peso que nos lleva a mover nuestra voluntad para alcanzarla. 

En el camino hacia ese objetivo encontramos muchas dificultades: la razón más estructural de esas dificultades es que los objetivos a conseguir son a largo plazo. Y este hecho suele provocar una gran sensación de “inferioridad” ante los chutes de dopamina provocados por “espejismos” de corto plazo. 

Un ejemplo claro para que entender de qué hablamos: no hay estudiante que no se haya propuesto, en alguna ocasión, mejorar sus notas. Este propósito suele formularse al empezar el curso, por ejemplo. Si nos encontramos en la universidad y las notas dependen mayormente del examen final, nuestro valiente estudiante se enfrentará a una dificultad importante: sus progresos son difíciles de medir y, en último término, el éxito o el fracaso de su empresa dependerá de un hecho muy puntual: el examen. Dos, tres, cuatro horas de un día para medir el resultado de su esfuerzo. Se entiende que en septiembre se formule el propósito y hasta un mes antes del examen se tenga la continua tentación de hacer cualquier otra cosa con la autojustificación conocida: queda tiempo. 

Este ejemplo, mirado con lupa, arroja algunos elementos muy útiles para considerar, a poco que atemos cabos con lo que comentábamos de la dopamina. La solución es clara: fijarse unos hábitos diarios que le permitan “ir al día” de las asignaturas. Y también conocemos la mayor dificultad: la dopamina se disparará ante cualquier distracción en el día a día (películas, nevera, cervezas…). Y parece claro que la respuesta “esta hora de estudio importa” muchas veces será insuficiente.

Aquí es donde podemos “darle la vuelta” al proceso de la dopamina y ponerlo a nuestro favor. Y es que hay pocos elementos más motivadores que el darse cuenta de que estamos progresando, que hemos avanzado sensiblemente. Es tan motivador, que tomar conciencia de ese progreso genera un gran aumento de la dopamina en el organismo. La cuestión estribará, por tanto, en delimitar una ruta con sus respectivas “metas volantes”, que nos permitirán disfrutar de éxitos parciales cada poco tiempo. Algo que dicta el puro sentido común, por otra parte, y que, sin embargo, casi nunca aplicamos.

 

La trampa del progreso aparente 

Ahora bien, esa sensación de progreso también puede llegar a ponerse en nuestra contra. Una experiencia muy común entre las personas que deciden ponerse en forma es dividir el reto en dos: hacer deporte y ponerse a dieta. Y aquí viene la trampa: a veces tener la percepción de que avanzamos en un aspecto nos da luz verde para transgredir en el otro. Como quien tras dos horas intensas de deporte se otorga un homenaje en forma de croissant. En el origen de esta paradoja hay un problema de autoconciencia: se ha perdido la perspectiva de por qué se hacen las cosas, por qué se abordan los retos de fuerza de voluntad.

Dicho de otra forma, se cae en el error de pensar que el autocontrol va contra uno mismo; se centra el reto en aquello que no “debo” hacer, con lo que se genera una tensión excesiva por cumplir unos objetivos que se acaban viendo como contrarios a uno mismo, a las propias apetencias.

Cuando, tras una adecuada reflexión, se ven claros los objetivos que queremos de corazón alcanzar, no estamos yendo contra nosotros, sino a favor de nosotros. En la medida en que se tome conciencia de esta realidad, será más fácil cumplir con los retos del día a día y decir no a lo que no nos conviene, aunque nos apetezca.

Mucha relación con este autoengaño común tiene la concepción moralista de la fuerza de voluntad. Tendemos a otorgar etiquetas de correcto o incorrecto a acciones relacionadas con los desafios de voluntad: comer ensalada es correcto para alguien con una dieta; comerse una pizza es incorrecto. Así, cuando una persona cumple, está siendo “buena”; y si no, siente que está siendo “mala”. 

Esta visión añade un grado enorme de tensión a la persona, que se juzga en base al cumplimiento de sus objetivos; si no cumple, se siente culpable. Si cumple, se siente “buena” de una manera que no siempre está relacionada con la bondad en sí. La tensión, lejos de ayudar, tiende a dificultar el uso de la voluntad: hace perder la perspectiva de por qué se hacen las cosas.

El juicio cambia totalmente cuando se pasa a hablar de lo que realmente se quiere: la persona que hace dieta come ensalada porque quiere sentirse sana, porque quiere verse bien a sí misma, porque quiere tener una vida fructifera en la que ver crecer a sus hijos y a los hijos de sus hijos; y la satisfacción efímera de un donut no compensa en comparación con el gran objetivo de la salud, por mucha dopamina que genere la grasa industrial del bollo.

 

Los límites del “No debo” 

Cualquiera que reciba la indicación de no pensar en algo, por la propia estructura del pensamiento, tenderá a traerlo constantemente a la memoria. Si se añade la atracción que suele tener una persona hacia lo prohibido, algo está claro: no es buena estrategia basar un reto de voluntad en el “no debo”. 

En materia de pensamientos, pero también en otros retos que impliquen dejar de hacer algo, la lucha en negativo debe ir acompañada de una clara visión de conjunto, de ser más conscientes de lo que realmente deseamos. Vivir en positivo es una estrategia mucho más efectiva y gratificante.

Abrir las ventanas interiores para que entre el aire es también una buena estrategia. Expresar sin tapujos los pensamientos, observar los procesos internos y las emociones generadas alrededor de un reto de voluntad son buenas tácticas para una gestión adecuada de esos desafios. Contemplar y airear las emociones ayuda a conocerse a sí mismo, y, por tanto, a mejorar en autocontrol. Y es que una buena conversación con una persona de confianza obra milagros.

 

Efecto “Qué demonios...” 

Finalmente, está el que seguramente es el principal escollo para un reto de fuerza de voluntad: el efecto “qué demonios...”; o, como dice la expresión, “de perdidos al río”. Es, simplemente, una reacción desproporcionada e irracional ante un fracaso: si no se ha superado una prueba, se abandona la lucha en el resto de retos.

Una vez más, esta trampa surge de una visión demasiado centrada en el corto plazo, y llega tras la pérdida de perspectiva sobre lo que se quiere conseguir realmente. Es fácil que llegue porque de todo el proceso asociado a un reto de voluntad, el momento en que mejor se siente uno es... en el de tomar la decisión de llevar a cabo el propósito. Se entiende que el resto del camino costará esfuerzo recorrerlo y no proporcionará tanta satisfacción. 

Por tanto, es comprensible el hastío si no se es consciente de esta realidad. Sin embargo, conociendo esta situación y entendiéndola, se está en una situación espléndida de tomar perspectiva, recordar lo que realmente vale la pena conseguir, y avanzar aunque sea a contrapelo.

 

BIBLIOGRAFÍA

MacGONIGAL, Kelly. “The willpower instinct”.

*Artículo escrito por Luis Huete y Javier García Arevalillo.