La infelicidad, ¿la epidemia del siglo XXI?

Luis Huete y Javier Gª Arevalillo

Hace sesenta años Europa luchaba por recuperarse de la guerra más destructiva de la historia, la Segunda Guerra Mundial, mientras se gestaba un conflicto que podía dejar en anécdota los millones de víctimas del anterior: la Guerra Fría. Estados Unidos y la URSS se alzaban como las dos superpotencias que, de entrar en conflicto como estuvieron a punto con la cuestión de Cuba, podían sumir al mundo en una catástrofe nuclear.

En ese contexto, podemos entender que hubiese muchas personas angustiadas, con miedo al futuro, a lo que pudiese pasar. Y que por tanto se disparase el número de enfermedades psíquicas asociadas a semejante contexto: ataques nerviosos, depresiones, neurosis, etc. Y, ciertamente, estos trastornos se dieron especialmente en los países bajo un régimen totalitario.

Lo que realmente llama la atención, sin embargo, es que sesenta años después el panorama no parece ir en abolsuto en la dirección esperada. El nivel de vida de los países que entonces estaban en plena reconstrucción ha alcanzado los niveles más altos jamás conocidos en cualquier sociedad. Estados Unidos, Europa y Japón, tres de las regiones más implicadas en la Segunda Guerra Mundial, disfrutaban a principios del del siglo XXI de una riqueza nunca vista. La crisis ha hecho mella, pero los niveles de vida siguen siendo envidiables para la mayor parte de los habitantes del planeta tierra.

Decíamos que el panorama tiene poco sentido, porque con la Guerra Fría arrinconada en los libros de historia y una bonanza sin precedentes, los índices de enfermedades psicológicas se han multiplicado por diez en los países desarrollados. Los mismos trastornos que más directamente se encontraban bajo la amenaza de la Guerra Fría. Las cifras son espeluznantes: más de 400 millones de personas en el mundo sufren de algún trastorno psíquico, según la OMS. Hace años que la principal causa de muerte entre las personas jóvenes de los países desarrollados es el suicidio, junto a ello, por poner otro ejemplo, las adicciones van en aumento… ¿Qué hemos hecho mal?

En una tira cómica de Stuart McMillen, el artista compara agudamente el mundo que Orwell pintaba en 1984 frente al que planteaba Aldous Huxley en Un mundo feliz. De hecho, el paralelismo es claro: el mundo del primero es el de un régimen totalitario, y el del segundo, el del que venció la Guerra Fría; el Occidental, apoyado en el liberalismo como ideología soft. Mientras uno temía que la información y la cultura fuesen cercenadas y censuradas, el otro se imaginaba un mundo sobrecomunicado, donde no se necesitase la censura… porque ya nadie estaría interesado en la verdad. Uno se imaginaba métodos de opresión por dolor, el otro métodos de control… a través del placer. Y así sigue comparando la interesante tira.

Volvemos a la pregunta: ¿Qué no se ha hecho bien?

Quizá la respuesta sea que hemos apostado todo por el placer, la comodidad, un nuevo hedonismo que reduce la realidad a estímulos confortables o dolorosos; unos hay que buscarlos, otros evitarlos. Volviendo a la teoría de Seligman, quizá hemos puesto demasiado énfasis en las emociones positivas, en los momentos positivos, como fuente de felicidad.

Por fortuna el dinero no lo compra todo, y menos la felicidad. Con todos los recuros del mundo, si la persona tiene una grieta importante en su carácter, por ejemplo, es muy probable que su vida esté llena de momentos de infelicidad. Hay momentos positivos que se pueden “comprar”, pero nunca estos compensarán la infelicidad que genera esa falta de carácter. Basta remitirse a las cifras.

La felicidad es una cuestión más compleja que la simple suma de momentos placenteros. Su sustento es un carácter que permita simultanear cuestiones tan dispares como el logro en los objetivos, la entrega a la tarea, el sentido de propósito y la creación de relaciones con valor añadido.

Pero la cuestión no es simplemente que buscamos la felicidad solamente en una de sus fuentes: si vamos al fondo, podemos ver un posible error de concepto. Las emociones positivas son fuente de felicidad… Pero muchas veces son más bien indicadores, efectos de una causa mayor. O viceversa: una tristeza continua y persistente puede ser un indicador claro de que una persona no es feliz, aunque a priori tenga a su disposición muchos “medios” para ser feliz: éxito profesional, recursos económicos, familia, amigos…

Veíamos en el artículo interior que, si bien la felicidad no es algo exclusivamente individual (nadie puede ser feliz “aisladamente”), la responsabilidad última la tiene cada uno. A todos nos vienen a la cabeza personas que han sido libres estando enjauladas, felices en medio de un entorno de escasez, serviciales no siendo correspondidas…

¿Qué impide, pues, a una sociedad tan “avanzada” como la nuestra, dar un paso decidido en pos de lo que verdaderamente satisface? Tal vez esa confusión de causa-efecto. La felicidad no puede reducirse a una suma lo más larga posible de momentos positivos: si así fuese, el alcohol sería una respuesta. Tiene más sentido que proceda de unas causas mayores… que traigan, como uno de sus efectos más deseados, una abundancia de emociones positivas que perduran con el tiempo.

DESCARGAR EN PDF.