La fuerza de una buena conversación

Veíamos en el anterior artículo cómo una buena conversación es la mejor estrategia para sanar una relación y para crear cambios en las relaciones. Probablemente todos tengamos experiencia sobrada de ello. Es muy conocido el chiste del conductor que pincha en medio de la autopista y no tiene gato. Mientras va caminando piensa en los múltiples escenarios que pueden darse cuando llegue a la gasolinera más cercana. Se imagina la hipotética conversación con el dependiente, y las posibles reacciones a su petición. El caso es que, de tanto pensar, se va calentando y cuando finalmente llega a la gasolinera le espeta al dependiente: “¿Sabe qué le digo? ¡Que se puede usted quedar el maldito gato!” (En realidad se suele usar una expresión más castiza para acabar la historieta).

Más allá de que es un chiste, la verdad es que refleja muy bien nuestra actitud ante muchas de las conversaciones que queremos o debemos afrontar: en lugar de enfrentarlas “a pecho descubierto”, las sobrepreparamos en nuestra imaginación. El problema es que, en lugar de ayudarnos, lo que a veces conlleva es justo lo contrario: crece aún más el miedo que le podamos tener a la situación, y se nos hace aún más cuesta arriba tener la conversación.

Esto refuerza una idea clave en el campo de las conversaciones: la principal que debemos afrontar es la que mantenemos con nosotros mismos. Algunos autores, de hecho, consideran que es la única que tenemos… y a la que eventualmente invitamos a los demás. Siendo esto una exageración, no deja de tener un punto de cierto: lo que nos decimos influye decisivamente en cómo afrontamos las relaciones con los demás (especialmente las conversaciones). La conversación interior es el cincel con el que labramos a diario nuestro cerebro.

Por tanto, la primera honestidad, y el sentido de la elegancia, debe ser con nosotros mismos. Y en esto, paradójicamente, lo que nos ayuda muchas veces es… la calidad de nuestra compañía, de nuestras amistades, de aquéllos que hemos elegido para que nos acompañen en la vida. Vendría a ser un círculo virtuoso: las amistades ayudan a ir al fondo de las cosas que nos pasan, a ser más honestos con la realidad y con nosotros mismos… y esto nos ayuda decisivamente a mejorar las relaciones con quienes nos rodean. Y vuelta a empezar: círculo virtuoso… o círculo vicioso si el sentido es el opuesto.

Por tanto, sin que haya recetas mágicas, podemos decir que quien se rodea de buenos amigos, y de buenos libros, tiene mucho ganado en la batalla de ser honesto y elegante consigo mismo. Y viceversa.

 

Lo verdaderamente importante

Una de las características principales de una conversación, como hemos ido viendo de forma solapada, es su carácter impredecible. Nos la preparamos lo mejor posible, estudiamos qué giros puede tomar, las posibles reacciones del otro…, y, aun así, nos sorprende. Pasan cosas que escapan a nuestro cálculo.

De hecho, uno de los mayores miedos que podemos tener es precisamente que en algún momento no sepamos qué decir: por la reacción del otro, por un dato nuevo que desmonta lo que pensábamos… Nos ha sucedido a todos con mucha frecuencia, y puede desalentar un poco: nos gustaría tener la situación bajo control. Quizá aquí incidimos en la razón principal tras tantas conversaciones demoradas o acalladas, tras tantas conversaciones a medias o superficiales: nos preocupa perder el control, que pase algo inesperado que no sepamos gestionar, que ocurra algo que nos haga sufrir o sobrereaccionar.

Ya hemos hablado (en anteriores capítulos) de cómo esos miedos, si no tomamos conciencia de ellos, deciden por nosotros. En este caso, no tener una conversación, por ejemplo. La pregunta es clara: ¿existe una “receta”, una herramienta que permita afrontar cualquier conversación, por complicada que sea?

La respuesta es equívoca: si lo que pretendemos es controlar una conversación, conseguir sacar siempre lo que buscamos, podemos recurrir a técnicas de negociación, persuasión y derivadas. Pero no es de lo que estamos hablando: en las conversaciones verdaderamente importantes, convencer al otro de algo está completamente supeditado a otros elementos; por ejemplo, a que ambas partes sean completamente honestas y colaborativas. Estamos hablando de relaciones y de las conversaciones que las construyen.

Pero lo cierto es que sí existe una “receta” que permite exprimir al máximo cualquier conversación: estar presentes, aquí y ahora, con la atención focalizada completamente en la conversación. Puede parecer de perogrullo, pero muchas conversaciones fracasan… porque realmente no han tenido lugar: se han intercambiado palabras, pero la atención y el resto de los sentidos de uno o de los dos estaba muy lejos de ahí.

Tendemos a pensar que lo que provoca el deterioro en una relación son las discusiones. De hecho, al leer la semana pasada los resultados de la investigación de Losada, seguramente pensamos en una discusión como un elemento negativo que había que compensar con… ¿tres/cuatro piropos? Y no acaba de ir por ahí el asunto: si echamos la vista atrás, seguramente recordaremos discusiones (algunas acaloradas) que ayudaron decisivamente a la consolidación o a la salvación de una relación. No son las discusiones en sí, sino la forma y el momento de tenerlas. De la misma forma que un piropo puede significar un serio retroceso… dependiendo de cómo se haga.

¿La clave? Lo presentes que estemos. Lo atentos que nos mantengamos a quien tenemos delante. Aunque rebatamos lo que dice. Aunque lo que respondamos sea duro. Si estamos presentes, el mensaje es claro: independientemente de lo que nos digamos, existe un aprecio objetivo y un respeto grande hacia el otro. Una persona que está presente completamente en una conversación parece entonar todo él un claro “me importas” a quien tiene delante.

La comunicación no se limita a las palabras: hablamos por la boca, por los ojos, por el cuerpo. Incluso fijándonos solo en el canal oral, las mismas palabras entonadas de forma distinta pueden significar cosas opuestas… Este es otro aspecto que escapa en parte a nuestro control: muchas veces, nuestro interlocutor no sabrá expresar lo que piensa de forma clara para nosotros; o nosotros no sabremos entenderle bien. Aquí es donde se vuelve a ver la importancia de ese estar presentes: no basta escuchar las palabras. Si queremos escuchar el mensaje real, completo, seguramente no basten las palabras. Quizá la persona que tenemos delante está diciendo A, pero todo lo demás en él nos comunica B. Sin estar presentes, por mucho que oigamos las palabras podemos no estar oyendo el mensaje.

Por tanto, la “receta” es sencilla y complicada a la vez: tomarnos al otro en serio; poner todos los sentidos en la conversación. Como si no hubiese nada más importante. Es un comentario que se escucha mucho de los buenos líderes: cuando atienden a alguien, parecen no tener nada más importante que hacer.

*Artículo escrito por Luis Huete y Javier García Arevalillo.