La ética del plano inclinado

“El camino más seguro al infierno es el gradual -la suave ladera, blanda bajo el pie, sin giros bruscos, sin hitos, sin señales.” C.S. Lewis.

Qué claras nos resuenan estas palabras, a la luz de tantas noticias de los últimos años. Repasamos algunas biografías y podemos comprender que pocos corruptos lo fueron desde un principio. Citando a otro personaje hablando de un escándalo:

“Bueno, ya sabes cómo funciona, empiezas sustrayendo una pequeña cantidad, quizá unos pocos dólares, luego unos pocos miles. Te vas sintiendo cada vez más cómodo, y antes de que te des cuenta, como una bola de nieve, se convierte en algo gigantesco”.

Ironías de la vida, esta frase la pronunció Bernard Maddoff, algún año antes de que se descubriera su engaño financiero.

Hemos llegado a funcionar con una creencia que denuncia (y demuestra errónea) la profesora de Harvard Francesca Gino: pensamos que la corrupción en una empresa procede de unas pocas manzanas podridas, cuando en realidad todos podemos vernos influenciados negativamente por sistemas de bonus y recompensas perversos, por culturas poco humanas… La corrupción no es monopolio de unos pocos.

En 2012 Clayton Christensen, también profesor en Harvard, recomendaba mantener este principio en la vida: nadie puede ser íntegro un 99% de su vida. Quien cede un poco en una ocasión, quien hace excepciones en temas de conciencia, es fácil que lo vuelva a hacer… y acabe racionalizando y justificando esa pequeña trampa, que no tardará en dejar de ser pequeña.

Parece que las investigaciones de la Profesora Gino dan la razón a estas intuiciones: en un experimento sencillo con estudiantes, definió dos grupos a los que facilitó una serie de preguntas que debían responder. Las preguntas venían en 3 rondas, cada una más difícil que la anterior. En el primer grupo ofreció un cuarto de dólar por cada respuesta acertada, y salió del aula. El número de personas que copiaron o hicieron trampas de alguna forma ascendió al 50%. En el segundo grupo no daba ningún premio por respuesta acertada, y no hubo apenas trampas.

Lo interesante vino en la última ronda, en la que pasó a ofrecer 2,50 dólares por respuesta acertada. En el primer grupo los “tramposos” se incrementaron hasta el 60%. En el segundo, solo hicieron trampas un 30% de los alumnos.

¿Qué nos indican estos resultados? Básicamente confirman la intuición que antes apuntábamos: la corrupción (aunque sea tan a pequeña escala) es más fácil que se dé en un plano inclinado, la suave ladera de la que hablaba Lewis. Así, el mismo perfil de alumno se acostumbra a hacer alguna trampa por muy poco, y acaba aceptando más fácilmente el escalón final… que le parece demasiado alto al que anteriormente no ha hecho ninguna trampa.

Eso sí, de la misma forma que las pequeñas trampas llevan a la corrupción, pequeños cambios en los sistemas de recompensas, en la cultura, en los códigos de conducta, tienen el efecto de los cambios ligeros de rumbo: imperceptiblemente al principio, marcan una importancia exponencial en los comportamientos a medio y largo plazo.