Gabriel Bristol: de sin techo a CEO

A los 17 años, Gabriel Bristol se fue de casa y comenzó a vivir en las calles de Lansing, Michigan. Así estuvo varios meses hasta que un amigo que conoció en esta condición le consiguió un trabajo en un Call Center. Allí descubrió que tenía un don: templar los ánimos de los clientes que llamaban. Tenía una facilidad para conectar con quien llamaba que parecía innata.

La carrera de Bristol despegó, ascendiendo en la empresa de Call Centers en la que trabajaba. Tras tres años de ejercicio profesional le ofrecieron trabajo en la competencia, doblándole el sueldo. Cuando iba a despedirse, la empresa decidió que no podía prescindir de él. Así que le ofrecieron el primer aumento de sueldo en tres años: doblaban su fijo y aumentaban el bonus en 10.000 dólares.  

Sin embargo, Bristol empezó a plantearse establecerse por su cuenta, montando un negocio a su medida, con sus normas, su gente y absoluta autonomía. Montó la empresa de Call Centers Intelicare. No tardó mucho tiempo en medrar, gracias sobretodo al buen hacer en la formación de los empleados por parte del propio Bristol.

Recientemente la revista Inc. publicó un reportaje sobre Bristol e Intelicare. Además de las lecciones de emprendimiento que ofrece la experiencia de Bristol, la revista se centró en conocer mejor su “don”. ¿Cómo lo había desarrollado? ¿O había nacido con él? La clase de preguntas que nos hacíamos en los artículos sobre talento de hace unos meses. La respuesta de Bristol es contundente: su don fue aprendido… en la dura escuela de los maltratos de su infancia. Cuando su padre le pegaba o sus compañeros de escuela le maltrataban.

En esos momentos difíciles Bristol aprendió (inconscientemente) a identificar el tono o el ánimo escondido tras cada palabra, tras cada expresión. Era muy alto el precio de responder mal y enfadar al otro. Años después, esa capacidad de conocer las emociones humanas, de identificarlas en los demás (lo que conocemos por empatía) le llevó a destacar en el negocio de los Call Centers.

Su caso es impactante porque muestra cómo de una experiencia muy traumática se puede sacar un bien aún mayor. Son muchos los que vaticinan que si los hijos pierden el respeto y la confianza hacia sus padres sus vidas tienden a complicarse… lo cual fue cierto en el caso de Bristol, pero sólo al principio. Sin dejar de ser fuente de un dolor grande, las experiencias duras de la vida pueden ser una escuela de dones mayores.

Así, talento y sufrimiento muchas veces van de la mano. Y no sólo por el esfuerzo que requiere muchas veces desarrollarlo a través de las oportunidades que van surgiendo a lo largo de la vida. El dolor, ese altavoz de Dios (usando la conocida metáfora de C.S. Lewis) que nos despierta de nuestro sopor, de la apatía o de la falta de sentido, de dirección, puede significar un punto de inflexión, de cambio, de aprendizaje… o puede hundirnos más en la desesperación o la apatía.

¿De qué dependerá? Fundamentalmente de la forma en que decidamos mirar, interpretar y sentir nuestra vida, lo que sucede, el dolor mismo. Ahí está nuestra gran elección y nuestra libertad más valiosa. Porque muchas veces no podremos elegir lo que sucede, como Gabriel Bristol no escogió los maltratos de su infancia; pero podremos decidir cómo interpretarlo. Podremos decidir mirar a los ojos a lo que nos sucede, y aprender de ello. Y quién sabe si, como le sucedió a Bristol, de lo que aprendamos surgirá nuestro mayor talento. Talento que si se activa a través de una oportunidad iniciará un trayecto vital que puede ser extraordinario.