¿Es la felicidad fruto del entorno?

Luis Huete y Javier Gª Arevalillo

Hay quien la considera el inicio del declive de M. Night Shyamalan, otrora exitoso director de El sexto sentido, pero su película El Bosque plantea una serie de dilemas interesantísimos sobre la naturaleza del bien y del mal: ¿es éste consecuencia directa del entorno? ¿Es la sociedad la principal responsable del comportamiento (bueno o malo) de sus ciudadanos?

Algo parecido se planteó Martin Seligman cuando, en 2002, entrevistó a una potencial alumna de su máster. En la carta de motivación, la alumna en cuestión afirmaba querer demostrar que el problema real de la educación no se resolvía únicamente mejorando la calidad del profesorado o del entorno de aprendizaje. Yendo contra lo políticamente correcto, afirmaba que el problema de fondo en los casos de fracaso escolar (o de bajo rendimiento en general) estaba en el carácter del alumno, y no tanto en su entorno o en la cuantía de recursos que se pudieran poner para financiarlo. 

Como afirma el propio Seligman, esta teoría era completamente contracultural, ya que estaba muy extendida la idea de que lo importante era el plan de estudios y la excelencia y motivación del profesorado. Si se daban estos, el alumno se involucraría sí o sí en su educación. Si no lo hacía, significaba que una de las premisas (o las dos) estaban fallando.

Es una visión que entronca con las ideas pedagógicas que Jean Jacques Rousseau planteaba en el siglo XVIII: el niño es bueno por naturaleza, es la sociedad la que “lo convierte en malo”. De ahí derivó la teoría del buen salvaje.

Afortunadamente, la realidad es testaruda, y el sentido común acaba prevaleciendo con el tiempo. En la película que nos ocupa, la trama gira alrededor de un pueblo aislado en medio de un bosque, cuyos habitantes no pueden abandonar por miedo a unos monstruos (“Aquéllos de los que no hablamos”) que habitan la espesura. Todo en ese pueblo está orientado a crear la sociedad utópica por excelencia: se vive de lo que se cultiva, no hay dinero, el régimen de vida es igualitario, el color rojo (el de la sangre) está prohibido porque atrae a los mosntruos del bosque… Y, sin embargo, ocurre: se produce un crimen, motivado por los celos; y ese crimen lo comete la persona más inocente a priori: el retrasado del pueblo.

Estupor. Porque, como se va viendo a lo largo de la película, todo está pensado para desterrar el mal de ese lugar… Y, de la forma más inesperada, éste hace acto de presencia. Es la valentía de una chica ciega, que lo arriesga todo para ir a la ciudad a por medicinas, la que de alguna forma sobrepasa la capacidad del mal; eso, y la gratuidad de la primera persona que se encuentra al abandonar el bosque. Ambos sucesos inesperados.

La película entronca con la duda de la alumna de Seligman: podemos crear el sistema más perfecto, el entorno más propicio para vivir, para aprender, para estudiar… La responsabilidad final recae sobre el individuo. Porque el bien o el mal los escoge, en último término, cada individuo. Y la libertad humana no se conforma con que le den todo hecho, y menos en este campo.

Entonces, ¿podemos decir que la felicidad, en último término, depende de cada uno? No exclusivamente: como vimos en el anterior artículo, los demás juegan un papel fundamental: cuanto más feliz es alguien, más desea comunicar su estado a quienes le rodean, y más desea hacerles partícipes. Y cuando más hundido está alguien, más necesita de una compañía que le ayude a salir de ese estado. Pero, en último término, la libertad personal juega un papel protagonista en la búsqueda y en la adhesión a su felicidad.

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