El talento de gestionar relaciones II

Pocos temas se han intentado estudiar más que la interacción entre dos seres humanos, desde el lenguaje no verbal hasta el contenido de nuestras conversaciones. Es normal: como hemos visto, el ser humano es eminentemente social, y en las relaciones se juega en buena medida el partido de nuestra felicidad.

De entre los muchos descubrimientos hechos en este campo, merece ser destacado el trabajo de Mario Losada, un investigador brasileño. Losada advirtió hace años que las relaciones se mantienen cuando se cumple un ratio de tres elementos positivos por cada negativo que se produzca en esa relación. Ni que decir tiene que una buena conversación suma muchos puntos, pero el mensaje es que hay que sumar más y restar menos en muchas otras vertientes del trato cotidiano para fortalecer las relaciones.

Todos evaluamos de forma distinta los hechos sujetos a ser puntuados de forma positiva o negativa en la construcción de relaciones, pero, por regla general, se puede decir que hay áreas más o menos indiscutibles: dedicar o no tiempo, ayudar o no, decir cosas positivas o negativas en las conversaciones, tener detalles o no tenerlos, y manejar bien las distancias. En estas áreas se juegan muchos de los puntos que construyen o destruyen relaciones.

El deterioro de una relación tiene cuatro síntomas claros: resistencias, rechazos, resentimientos y afán de venganza. Una relación deteriorada incrementa los costes de transacción y genera grandes rozaduras en los sistemas en los que operamos. No nos convienen, y parte del talento implica saber sanar las relaciones que se han deteriorado. Una manera estupenda de hacerlo es con una buena conversación y con un proceso interior de empequeñecer los sentimientos negativos que se tengan sobre la otra persona. 

Malas relaciones, mayores costes de transacción

Los grandes proyectos de la vida son casi imposibles de lograr sin el apoyo de otros, sin la construcción de una buena red de complicidades con otras personas. Tanto intelectualmente como anímicamente siempre vamos a estar necesitados, en un momento u otro, del apoyo de otros.

Una buena relación provoca un milagro: la reducción de los costes de transacción entre las personas. Podríamos decir que los costes de transacción son el roce y el desgaste que provoca la falta de confianza. Por eso las etnias en las que sí existe una gran confianza entre sus miembros (por ejemplo, la judía) han sido siempre capaces de crear negocios con base en esas relaciones.

La confianza, el conocimiento mutuo y la unidad de propósito disparan la eficiencia de las relaciones, ya que evitan que las personas nos pongamos a la defensiva. Todos hemos comprobado que, cuando en una relación lo que existe es lo contrario (lejanía, desconfianza, sospecha, o similar), tendemos a no hablar del todo claro, a retrasar la respuesta, a estar a la defensiva o a provocar malentendidos o reticencias.

Todas las ineficiencias de una relación generan costes de transacción. Cuando esos costes son bajos, las transacciones entre las personas se disparan. La suma de transacciones es lo que hace posible el progreso y también lo mejor de las realizaciones humanas.

Sanando relaciones deterioradas

Una conversación por sí sola no siempre consigue un cambio efectivo en una relación… Pero, sin esa conversación, seguro que el cambio no se produce. Cuando una relación se deteriora (cuando se da alguno de los síntomas descritos), es difícil que con el tiempo haga otra cosa que no sea empeorar. Una relación es algo vivo, cambiante, que no entiende habitualmente de conceptos como la estabilidad: una relación crece o se deteriora, raras veces se mantiene en un estado concreto. De hecho, el estancamiento en una relación es síntoma claro de deterioro. En eso estriba lo bonito de una relación: que es algo vivo, y, por tanto, cambiante. Si es a mejor o a peor, eso lo definirá la calidad de las conversaciones en buena medida.

Tras una relación deteriorada pueden esconderse muchos factores: alegrías no compartidas, secretos, miedos no expresados, antiguas rencillas que reflotan ante un incidente… La clave es entender bien por qué se ha producido el deterioro: ir al fondo de lo que sucede, de la forma en que miramos la situación. A veces es un comentario a destiempo que dispara nuestro mayor miedo. O una reacción desmedida que nos pone a la defensiva. O la simple perspectiva de pasar un mal rato.

Ante este escenario, el paso más costoso es ser honesto en la primera conversación importante: la que se mantiene con uno mismo. Entender bien los motivos profundos del deterioro es esencial: a veces pensamos que estamos enfadados por algo que nos han hecho, y acabamos descubriendo que el verdadero enfado es con nosotros mismos; lo único que ha hecho el otro es poner de relieve dicho enfado.

El segundo paso es también esencial: entender que lo importante no es dilucidar quién tiene razón en el conflicto, sino descubrir qué postura ayuda más a vivir, cuál se corresponde más con lo que se desea por encima de todo: la propia felicidad y la del otro. Esto nos dará fuerzas para afrontar la conversación con la otra parte, porque nos hará conectar con los deseos profundos y buenos que mueven nuestra conducta.

Finalmente, en la conversación con el otro, se necesita ese punto de madurez que permitirá afrontarla sin sentirse juzgado, sabiendo distinguir lo que es personal de lo que son ideas. Cada relación es un mundo, pero no podemos olvidar que es imposible ponerse completamente en la piel del otro. Reconocer ese límite facilita ir a las conversaciones con un punto mayor de apertura, conscientes de que nuestra postura puede no ser la más justa.

No existe una receta mágica para sanar una relación. Las relaciones son realidades tan ricas que no podemos reducirlas a algo acotado, perfectamente comprensible. Lo que sí podemos es ser más conscientes de qué buscamos en cada relación, o qué hemos descubierto en esa persona que nos ha llevado a querer tratarla con frecuencia. Esa conciencia es la que muchas veces salvará nuestras relaciones ante una crisis: porque, si la relación es verdadera, “pesará” más que los problemas. Es más: esos problemas pasarán a verse como oportunidades de crecimiento para la relación.