El talento de gestionar relaciones

“El hombre es un animal social”. Se atribuye a Aristóteles la constatación de esta realidad. Salvo llamativas excepciones, el ser humano ha funcionado siempre con una necesidad imperativa de pertenencia: a la familia, a la tribu, al clan, a la empresa, a la sociedad… Por tanto, desde que el hombre es hombre, ha experimentado siempre la necesidad de relacionarse, de establecer vínculos que le unan a otros seres humanos.

Así, las personas vivimos siempre en relación. Y esta realidad no es neutra: las relaciones pueden ser mejores o peores. Hay mucho que ganar cuando las relaciones son buenas, y mucho que perder (el mundo se convierte en un infierno) cuando éstas son malas. Como veíamos al hablar de los miedos, uno de los más presentes en nuestro sistema de motivaciones es precisamente aquél a quedarse solo. No puede resultarnos extraña, por ejemplo, la experiencia de sentirse solo a pesar de estar rodeado de gente. Suele ser una consecuencia de no disponer de una sana red de relaciones alrededor.

Se puede decir entonces que las relaciones multiplican en positivo o en negativo la realidad que se acaba viviendo. Apostar por las relaciones es apostar por una vida más intensa e interesante, activando dos de las claves del “Well-being”: obviamente, la pata de las relaciones; pero también la referente al significado de nuestra existencia.

Este significado que damos a nuestra vida, y que buscamos desde que tenemos uso de razón, no lo encontraremos simplemente a través de una introspección en nuestras motivaciones: es algo que nos trasciende, que está fuera de nosotros. Las relaciones que construyamos a nuestro alrededor serán elementos claves para encontrarlo.

El propósito de hablar sobre elementos clave en las relaciones es lograr que, dentro del talento personal, destaque la habilidad de mantener conversaciones y de construir relaciones que disminuyan los costes de transacción entre las personas y que disparen sus posibilidades vitales.

Todos nacemos con un gran potencial de crear relaciones y conversaciones que sean no sólo interesantes, sino sobre todo valiosas, que añadan valor para las partes y que se puedan considerar positivas.

Desplegar ese potencial es crítico no sólo para sentirse personalmente bien, sino también para lograr las metas que hacen que la vida sea formidable.

 

Buenas conversaciones, buenas relaciones

Los humanos tenemos una gran herramienta para modificar, a mejor o a peor, las relaciones: la calidad de las conversaciones.

Una conversación incluye lo que se dice a través de la palabra y, cómo no, lo que se dice a través de los gestos. Una buena conversación es muy probable que mejore una relación. Y lo mismo se podría decir en sentido contrario.

Podemos decir por tanto que el talento triunfa o fracasa de relación en relación, y de conversación en conversación. Una conversación que sale bien es un paso en una buena dirección. Una conversación que sale mal es un potencial traspiés para hacer que el talento triunfe. 

¿Qué significa que una conversación “sale mal”? Que no se es sincero. Que no se ha estado presente, al 100%, en la conversación. Que el miedo impide que surjan los temas que realmente preocupan. Una experiencia muy común, por otra parte. No en vano, en la gestión de conflictos (tema muy relacionado con las conversaciones), existen tres posturas disfuncionales y sólo una funcional: la discrepancia. Ésta requiere que se den dos variables: respeto y afecto por la persona con la que discrepamos (conversamos); y libertad a la hora de hablar de los problemas que nos ocupan.

Haciendo la analogía, podemos ver muchas conversaciones como los elementos clave en la resolución de conflictos. Y, para que la conversación vaya bien, para que el conflicto se gestione adecuadamente, se requieren también esas dos variables: afecto y respeto hacia el otro; y una libertad grande de expresar lo que pensamos.

En este punto, recordamos otra idea que surgía al hablar de los miedos: el principal efecto nocivo que tienen es precisamente esclavizarnos. Un miedo, cuando nos domina, tiende a cercenar nuestra libertad, que necesita de la ausencia de miedo para crecer. Si el miedo domina la forma de acercarnos a alguien, esa relación está sesgada hacia la rigidez y la falta de autenticidad.

Las conversaciones que construyen relaciones son aquéllas cuyo contenido es real y relevante para las partes. Cuando esto no se da (por ejemplo, por la falta de libertad que veíamos), la mayor parte de las veces tendremos conversaciones superficiales donde hay un exceso de autoprotección de la imagen que queremos dar. Es la reacción natural ante un miedo: protegernos. Cerrarnos. Evitar que se acceda a nuestra vulnerabilidad.

Una buena relación requiere de conversaciones sinceras y reales. En donde se hable de los temas que de verdad nos importan como pueden ser los objetivos, miedos o aprendizajes del pasado. Pocas cosas liberan más en una relación que poder expresar un miedo profundo y sabernos escuchados.

Por ello, para que una conversación funcione como un propulsor de relaciones necesita de dos ingredientes: hablar con sinceridad de lo que es importante para uno y saber escuchar con respeto, sin juzgar ni interpretar lo que nos cuentan.