El perfil rojo o dominante

Tras explicar el modelo de los cuatro cuadrantes de la personalidad en el post de la semana pasada, desglosaremos en las siguientes publicaciones cada perfil, así como las posibles distorsiones cognitivas que cada comportamiento puede provocar si no se está atento. 

La combinación de racional y extrovertido configura una manera de mirar el mundo denominada roja o mentalidad anglosajona. Desde esta confluencia de variables se desarrolla un talento que puede llegar a ser sobresaliente en el mando, la organización, el foco en los resultados (con sesgo al corto plazo), la acción, el manejo de palancas duras de poder, la visión de oportunidades en el mercado, la información sobre competidores, la confrontación, la gestión de su carrera profesional, etc.

Quienes tengan mucho rojo en su talento, y poco de los otros colores, es muy probable que acaben siendo personas con ambiciones de poder, gran ego, muy motivadas por el dinero, volcadas en su carrera y poca vida personal, individualistas, dominantes, insensibles, conflictivas y duras. 

La psicología roja tiene especial habilidad para las cuestiones de corto plazo y aquellas relativas a la efectividad de las decisiones. También se caracteriza por entender bien los “qué” y los “cuando” de las decisiones. 

Los rojos se mueven principalmente por el deseo de singularidad, de destacar, de ser especiales. Ese deseo condiciona de manera inconsciente, pero de una forma que puede ser muy intensa, su mirada hacia lo que les rodea. ¿En qué parte de la realidad van a poner especial atención? La respuesta por obvia no es menos interesante: en todo aquello que les permita conseguir sus deseos de singularidad. Si el sesgo en la mirada acaba siendo excesivo se entra en el fascinante mundo de las distorsiones cognitivas, en el que ocurren cosas extrañas como el que una persona, aunque sea inteligente (analíticamente), no vea cosas que son obvias para personas menos inteligentes pero sin ese sesgo en la mirada. 

Sobre la base de una distorsión cognitiva es posible que se generen lo que se llaman trastornos de conducta, que no son otra cosa que patologías o enfermedades en la manera de pensar/sentir/actuar.  

Al deseo de singularidad le suelen “corresponder” dos trastornos de conducta:

-       La conducta asocial, en la que el fin justifica los medios y por la que se actúa con la creencia de que los escrúpulos son cosa de débiles. Esa conducta asocial, si no se le pone freno, puede degenerar en una psicopatía o sociopatía. Un psicópata, como es bien conocido, es un peligro público ya que su mente se caracteriza por maquinar “partidas” en las que se ha de ganar sí o sí (¡la distorsión cognitiva de la singularidad!), y si es a través de la desestabilización o sufrimiento de la otra parte, pues que así sea. Por desgracia, en el mundo de los líderes sociales no es infrecuente este perfil. 

-       La conducta esquizoide. Es propio de este trastorno “ver” u “oír” cosas singulares, que nadie más ve… Como es conocido, en este trastorno se inventa una parte de la realidad y se actúa en función de la misma. Un directivo con este trastorno es muy aficionado a producir “visiones”, que en la mayor parte de los casos acaban siendo alucinaciones.

Si detectamos en nosotros un alto porcentaje de rojo en la conducta, se nos despertarán preguntas que cada uno deberemos responder: ¿Un deseo desmesurado de singularidad me lleva irremediablemente a una patología de la conducta? ¿Cómo se compensa ese deseo de sobresalir para que no nos aísle de nuestros semejantes? ¿Es posible compensar una tendencia muy marcada al perfil rojo con la construcción de relaciones sólidas y sinceras?