El miedo, una batalla por ganar

A los miedos y su influencia en la configuración de la personalidad hemos dedicado los últimos 4 artículos. A la razón de un miedo específico por artículo. El modelo en el que nos hemos apoyado se llama Eneagrama, que habla de otros 5 miedos (a la desconexión, al dolor, a la corrupción…) y establece una serie de relaciones entre los 9.

Como dijimos en el primer artículo, no es nuestra intención divulgar el modelo. Simplemente, pretendíamos alertar sobre cómo un determinado miedo, implantado muchas veces en la infancia, puede llegar a condicionar mucho nuestra interpretación cognitiva y el tipo de conducta con la que respondemos a la realidad, a lo que nos sucede.

El efecto inmediato de un miedo profundo es un sistema de creencias concreto, del que a veces no somos ni conscientes: el mundo es hostil, valgo lo que valen mis éxitos, soy querido porque me hago necesario a los demás… Y, desde ese sistema de creencias, construimos una mejor o peor interacción con el mundo.

El problema viene cuando esa respuesta es disfuncional, y tratamos de cambiarla… sin entender por qué llegamos a ella. Es decir, podemos mirar nuestra vida y decir “algo falla”, luchar por cambiar algún aspecto de nuestro comportamiento, y desesperarnos al ver que no es tan fácil. ¿La razón? Porque estamos incidiendo en un efecto sin tratar la causa raíz. Estamos tratándonos una infección con aspirinas.

Por ejemplo: una persona puede entender que necesita cambiar su forma de comportarse en el trabajo. Más de un compañero le ha señalado su necesidad continua de “ser la sal de todos los platos”, y eso incomoda al resto porque se sienten desplazados. Será muy distinto que el interesado se proponga no acaparar tanto protagonismo, que si decide ir al fondo de esa “necesidad” de estar en todo. Porque aquí el problema no es un ego descontrolado: eso es un efecto más que una causa. El problema es por qué depende psicológicamente tanto de lo mucho o poco que brille en el trabajo. Y eso requiere una profundización mayor, una identificación de la causa raíz.

La buena noticia es que, si nos enfrentamos honestamente a la causa del miedo, superar sus efectos disfuncionales es mucho más sencillo. Como veíamos al hablar de autocontrol, la clave no está tanto en el esfuerzo de disciplina (necesario, eso sí, pero no suficiente) como en el grado de autoconocimiento. Con los miedos pasa algo parecido: para cambiar una conducta no nos basta con proponérnoslo: necesitamos algo más. Necesitamos llegar al fondo del sistema de creencias que hemos construido alrededor del miedo y de su pareja inseparable: el deseo contrario.

Una vez que comprobamos que algunas de esas creencias no se sostienen, o que son lisa y llanamente falsas, el cambio es sencillo, natural. Aunque la tendencia seguirá estando, se es más consciente de por qué reaccionamos como lo hacemos… y, en última instancia, decidir si queremos actuar así. Porque, al final, se trata de eso: decidir, y saber qué decidimos y por qué. Somos más libres en la medida en que entendemos mejor nuestra realidad, y las decisiones que tomamos.

El principal condicionamiento que provoca el miedo es que, a modo de reacción, buscamos –deseamos- lo opuesto a toda costa. Así, quien huye de lo inesperado buscará por encima de todo un entorno controlable, sin cambios. Quien huye del rechazo o de la marginación buscará desesperadamente el éxito… Y el corazón humano no se contenta con lo que acaban siendo sucedáneos de los deseos más profundos del hombre: crecer y superarse, contribuir a la sociedad… El miedo nos marca una trayectoria, una dirección (de huida). Conocerlo y afrontarlo es el primer paso para cambiar esa ruta y hacerla más convergente con esos deseos profundos de las personas.

Otro aspecto que ha salido reflejado en los artículos es la importancia de los miedos a la hora de afrontar las relaciones. Y ya no sólo las del trabajo. Veíamos en el artículo anterior cómo el afán de éxito de toda una generación llevó a confundir la educación de los niños con inculcarles una mal llamada autoestima, para que creciesen con la idea de que podían lograrlo todo, porque valían mucho y serían capaces de conseguir lo que se propusieran. Detrás de esto había, en muchos casos, padres que, aunque inconscientemente, llegaban a percibir a su hijo como parte de su proyección social. Tras el deseo de verle triunfar (en los deportes, en el estudio, en las relaciones) podría esconderse algo más egoísta como pueden ser su propio reconocimiento social, la salida a las frustraciones de lo que a ellos les hubiera gustado ser y no fueron capaces de ser.

Lo explica muy bien (y de forma muy honesta) el autor de uno de los libros más vendidos de la historia: Stephen Covey. En el primer capítulo de “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva” nos explica con total transparencia los errores que cometieron en un principio al educar a uno de sus hijos. Este “salió” más inquieto, menos centrado en los estudios, completamente descoordinado en el béisbol, torpe en las relaciones… Y los padres, preocupados, comenzaron a aplicar algunas de las ideas que el propio Covey enseñaba e investigaba. Técnicas que recuerdan a aquéllas que veíamos en el artículo anterior: potenciación de la autoestima, repetición sistemática del “tú puedes”, actitud mental positiva, insistencia en la importancia de ser popular…

Nada de esto funcionaba, para desespero de sus padres. Hasta que el propio Covey empieza a estudiar la diferencia entre el concepto de éxito de los siglos anteriores (ligado, en el fondo, a la idea de vida lograda, de la construcción de una forma de ser centrada) y el que se desarrolló tras la II Guerra Mundial, más centrado en la proyección de una imagen a la sociedad, y envuelto en técnicas transitorias de influencia, estrategias de poder, etc. A lo primero lo llamó ética del carácter; a lo segundo, la ética de la personalidad.

Covey y su esposa entendieron que el problema no era su hijo, sino la forma de mirarle. Esa proyección inconsciente que hacían de sí mismos en el niño pesaba como una losa sobre los hombros de éste, que percibía esta exigencia de estar a la altura de las expectativas de sus padres y su “desacople” con ello. El desenlace de la historia es mejor dejárselo al propio Covey, como ejemplo de superación de un miedo personal y su influencia en la relación disfuncional con su hijo:

“Gracias a esta profundización en nuestros pensamientos y al ejercicio de la fe y la plegaria, empezamos a ver a nuestro hijo en los términos de su propia singularidad. Vimos dentro de él capas y más capas de potencial que iban a dar sus frutos con su propio ritmo y velocidad. Decidimos relajarnos y apartarnos de su camino, permitir que emergiera su propia personalidad. Vimos que nuestro rol natural consistía en afirmarlo, disfrutarlo y valorarlo. También elaboramos conscientemente nuestros motivos y cultivamos las fuentes interiores de seguridad con el fin de que nuestros sentimientos acerca del propio mérito no dependieran de la conducta «aceptable» de nuestros hijos.

Cuando nos deshicimos de nuestra antigua percepción del niño y desarrollamos motivos basados en valores, empezaron a surgir nuevos sentimientos. Nos encontramos disfrutando de él, en lugar de comparándolo o juzgándolo. Dejamos de tratar de hacer con él un duplicado de nuestra propia imagen o de medirlo en comparación con ciertas expectativas sociales. Dejamos de manipularlo amable y positivamente para que se adecuara a un molde social aceptable. Como lo considerábamos fundamentalmente apto y capaz de afrontar con éxito la vida, dejamos de protegerlo cuando sus hermanos y otros pretendían ridiculizarlo.” (Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, Página 13. Steven Covey)

Los resultados no se hicieron esperar, como cuenta el propio Covey, lleno de un sano orgullo por cómo su hijo fue madurando y descubriendo su propia singularidad. Dejando claro que no hay decisión más importante que la referente a cómo miramos la realidad.

¿Qué podemos aprender, después de todo, de los miedos?

Al final hay que entender el juego entre cuatro variables: miedos, deseos, creencias con las que se mira la realidad y conductas.

Para cambiar una conducta disfuncional en una funcional que le dé alas al vivir la receta es aparentemente sencilla: sigue la pista a tu mayor deseo(s) para identificar tu mayor miedo(s). Una vez localizado el miedo(s), entiende el entramado de creencias que has ido construyendo para huir de tu miedo y dar cauce a tu deseo. Hay que enfrentarse a esas creencias: sustituir las creencias “falsas” por otras que respondan mejor a la realidad y que nos permitan elegir conductas más inteligentes.  

*Artículo escrito por Luis Huete y Javier García Arevalillo.