El miedo, escultor de la personalidad

En los artículos sobre autocontrol contamos la historia de Robin Friday, un jugador de fútbol superdotado para la práctica de este deporte que acabó arruinando su carrera (y más adelante su vida) por una evidente falta de autocontrol, de mesura: todo lo vivía al límite, yéndose al extremo siempre, con un afán de intensidad abrumador.

Al analizar (superficialmente) su caso comentamos que merecería la pena bucear en los miedos y deseos profundos que le llevaron a comportarse así, a tomar decisiones que resultaron ser tan disfuncionales para sus propios intereses profesionales y personales. Veíamos que el autoconocimiento es la base del autocontrol, y pocas cosas nos ayudan tanto a profundizar en por qué somos como somos que el ir al fondo de nuestros miedos, de las razones últimas que nos llevan a actuar de una forma u otra. Y ello requiere reflexión, introspección y la voluntad de indagar en lo que se “cuece” en nuestra cabeza.

En el caso que nos ocupa, llama la atención una conversación que mantiene con el entrenador del Reading FC, cuando Robin ha decidido colgar las botas a los prematuros 25 años. Tras su último partido con el Cardiff (su último equipo), se produce un movimiento social en Reading (ciudad con cuyo equipo saltó a la fama) para traerle de vuelta. Maurice Evans, a la sazón entrenador de ese equipo, trata de convencer a Robin de que vuelva a jugar con ellos. Y citamos literalmente el momento clave de la conversación:

- Robin, si te asentaras un poco durante tres o cuatro años, podrías llegar a jugar con Inglaterra.

- ¿Cuántos años tienes?


- 41,- contesta Maurice- ¿por qué?


- Yo tengo la mitad y, sin embargo, he vivido el doble que tú.

- Eso bien puede ser cierto.

Maurice le ofrece una vía de escape, de éxito incluso: sólo tiene que “asentarse” un poco. Talento tiene de sobra, sólo requiere un poco de estabilidad y llegará a la selección absoluta. Pero hace tiempo que Robin ha optado por una vida de excesos, intensa, sin nada que se parezca a la estabilidad, a la monotonía.

Cuando estudiamos el comportamiento de personajes históricos, y queremos profundizar en el porqué de su personalidad, necesitamos casi siempre entender su mundo de éstimulos durante su infancia: cómo eran sus padres, el contexto económico o cultural en el que se crió, de quién recibió afecto y en qué medida, la clase de dificultades que tuvo que superar, posibles traumas… Y es que en gran medida todos somos hijos de los éstimulos que recibimos especialmente en las épocas en las que nuestro cerebro es más plástico. Algunos de estos eventos dejan una huella imborrable en el cerebro.

En el último siglo se percibe un gran avance en el conocimiento de la personalidad, de los distintos patrones de comportamientos. Se han formulado muchos modelos orientativos que explican (de forma más o menos profunda) cómo nos comportamos y por qué. En esta nueva serie de artículos no pretendemos elaborar otra teoría más. Más bien, intentaremos profundizar en la idea de que pocas cosas tienen más peso en nuestra personalidad, y en la puesta en valor de nuestro talento, que la manera en la que gestionamos los miedos profundos que la vida trae a nuestra puerta.

Uno de los modelos que está más en boga parte precisamente de esa idea, y establece una lista de nueve miedos. De ahí su nombre: eneagrama. La literatura al respecto es extensa, y crece exponencialmente en la última década, así como lo hacen las formas de interpretar dicho sistema: hay quien lo concibe como algo casi místico, y quien lo ve como una herramienta más (interesante, eso sí, y profunda) para ayudar a entender el comportamiento. Nosotros, sin ninguna dudad, nos ubicamos en esta segunda corriente.

En estos próximos artículos nos centraremos en los miedos más comunes que nos encontramos en el mundo de los directivos de empresa (y, en general, en la sociedad actual), fijándonos particularmente en la relación que hay entre los miedos y las creencias que generan, que acaban determinando muchas de nuestras conductas “instintivas”.

Volviendo a la historia de Robin Friday, muchos trazos de su biografía responden a un miedo a ser herido, a sentirse impotente, a no estar al mando de su vida. Una infancia dura, marcada por la necesidad de salir adelante solo a edad muy temprana, seguramente le llevó a ser una persona que por encima de todo no quería ser doblegado por nada ni por nadie. La fuerte personalidad de Robin, su ingobernabilidad, y su fortaleza en el terreno de juego (le cosían a patadas) hablan claramente de ello.

Cuando una persona huye de un miedo y no es consciente de ello, está condenada a correr en pos del deseo y la necesidad opuestos. En el caso de nuestro futbolista, el miedo a ser impotente, a no llevar las riendas, a ser derrotado, lleva a un deseo de ser el jefe, el que manda; de ser, hasta cierto punto, un espíritu libre, independiente, anárquico, a quien nadie diga lo que tiene que hacer.

De la mano de este ticket miedo/deseo suele venir un gusto por la intensidad, por lo auténtico, por el exceso. Probablemente, Robin Friday asociaba esa independencia, esa libertad, a una vida intensa, excesiva, sin control. Son dos aspectos que van de la mano habitualmente en este tipo de personalidad. Tal vez porque desde la infancia se ha percibido que la vida es tremendamente frágil, porque se ha sufrido mucho, y se desea sentirse vivo, ahora.

Como vemos, es muy probable que el problema de autocontrol de Robin Friday no fuese más que la punta del iceberg. Una mera consecuencia de algo mucho más profundo. Pero aquí viene la otra cara de la moneda: en Robin vemos los efectos devastadores de un miedo muy marcado y que acaba dominando su comportamiento. Afortunadamente, no todos los que se identifican más con este temor son adictos a los excesos o indisciplinados. 

Y aquí viene la distinción fundamental en este campo: sentir un determinado miedo no implica estar completamente determinado por el mismo. Uno puede sentir aversión a ser sometido, pero superar ese miedo y emplear las características buenas asociadas a esa personalidad (carácter fuerte, fortaleza, decisión) para proteger a los demás, para ayudarlos. Es lo que se observa en personas con esta personalidad que han aprendido a gestionar ese miedo de manera funcional: desarrollan un perfil de persona justa, protectora, con una gran capacidad de liderazgo.

Así que al final, como pasaba con el autoncontrol, la clave está en la conciencia que tengamos sobre nuestros miedos, en el grado de conocimiento que tengamos sobre los mismos y, obviamente,  en lo que decidamos hacer con ellos. En este punto es esencial entender las creencias que hayamos desarrollado por influencia de nuestro miedo. En el caso de Robin veíamos cómo su deseo de sentirse vivo, independiente, le llevaba probablemente a asociar ese deseo con una vida de excesos.

Llegar a ese tipo de creencias (muchas veces irracionales, que se desmontan a la que las analizamos con ojo crítico) es la clave para poder superar los miedos. Eso, e ir al fondo de por qué hemos desarrollado ese miedo. No tanto para culpar a una persona o a una circunstancia. Más bien para, tomando conciencia del mismo, decidir si queremos seguir siendo condicionados por ello. Los miedos se pueden convertir en unos grandes aliados del talento si nos acostumbramos a hacer de la introspección una práctica habitual. 

*Artículo escrito por Luis Huete y Javier García-Arevalillo.