El miedo al fracaso

Recientemente, Josh Sanburn publicaba un artículo en Time que ha tenido una enorme repercusión. Y es que nadie escribe sobre la Generación Y sin que la Generación Y reaccione proporcionalmente en las redes. Basta un breve vistazo a algunas citas para engancharse al artículo. Especialmente si se pertenece a dicha generación. Así empieza su artículo: “Voy a hacer lo que la gente mayor ha hecho a lo largo de la historia. Voy a llamar a aquéllos más jóvenes que yo vagos, egoístas y superficiales. ¡Pero yo tengo estudios! Tengo estadísticas, tengo pruebas.”

Y las tiene. Por ejemplo: según el National Institute of Health de EEUU, el porcentaje de casos de trastornos narcisistas es tres veces superior entre los veinteañeros actualmente que entre los mayores de 65. Lo interesante de la tesis de Josh Sanburn viene entonces: en un leve quiebro, profundiza en la posible razón de ese narcisismo desbocado, que lleva a esta generación a creerse con derecho a más que sus mayores. Y se remonta a la década de los 70, cuando se popularizó la teoría de que para mejorar el éxito de los niños, se debía inculcar en ellos mucha autoestima.

Conocemos esa teoría. Es más, cuando vemos a alguien con potencial pero que no acaba de explotar, pensamos que le falta autoestima. Esta palabra ha alcanzado el estatus de mantra para explicar muchos problemas personales. Está tan extendido… que quizá no hemos aprendido bien cómo se inculca: “Las primeras evidencias indicaban que, efectivamente, los niños con la autoestima más alta alcanzaban mejores resultados en la escuela, y se metían menos en problemas. Es sólo que más adelante hemos aprendido que la autoestima es un resultado, no la causa.” Así habla Roy Baumeister, de la Florida State University, incidiendo en el punto clave.

Si pensamos en casos patológicos de narcisismo, una buena muestra nos la da la película American Psycho, protagonizada por Christian Bale. Es un retrato robot de esa patología: obsesión por el aspecto físico, enfocado al éxito, ego desbocado, falsedad, adaptabilidad, y un alto grado de desconexión emocional con quienes les rodean. Afortunadamente, casos como este son minoría…; una minoría que, por lo que indican las cifras del National Institute of Health, podría triplicarse en los próximos años.

¿Qué se esconde tras la fachada del narcisista? Pues quizá una persona que aprendió de pequeña que valía mucho. Quizá sus padres, siguiendo la moda de entonces, intentaron dispararle la autoestima. Pero como bien dice Sanburn, lo que verdaderamente se dispara es el narcisismo.

¿Por qué pasa eso? Cada caso es cada caso, obviamente. Pero tras una persona tan obsesionada con el éxito suele esconderse alguien cuyo valor radica en sus logros, en lo que consigue, en sus éxitos. Cuando se pone tanto esfuerzo en construir una fachada de éxitos, títulos, logros, a veces hay una triste convicción detrás: que siendo como es, no puede ser amado. Y aquí encontramos una posible explicación a la paradoja expresada por Sanburn: el niño al que sus padres tratan de inculcar una enorme autoestima, intentará estar a la altura de dicha autoestima. Es como la segunda parte, inevitable: vales mucho… Por tanto, debes estar a la altura.

Tras una obsesión por el éxito se esconde un miedo igualmente grande al fracaso, al rechazo, a no estar a la altura. Y es algo que palpita tras lo que etiquetamos como superficialidad en la nueva generación. Quizá no es un problema de que sólo les importa la apariencia física…, sino de que quieren tener un cuerpo acorde con lo mucho que valen.

La trampa de la autoestima así entendida es que lleva a ser dependiente del reconocimiento ajeno. Necesita continuamente la confirmación de que se está a la altura. En último término, se llega a una adaptabilidad enfermiza, a una personalidad con mil caras. Porque se mendiga la aprobación ajena, y la forma más “eficaz” de lograrlo es amoldándose a lo que le gusta al otro.

Dentro del panorama cinematográfico más actual, un ejemplo extraordinario de este tipo de personalidad lo vemos en Jamie Lannister, uno de los protagonistas de Juego de Tronos. Marcado por la enorme exigencia de su padre, por la necesidad de estar a la altura de su apellido, encuentra un campo en el que ser el mejor: se le considera el mejor espadachín del reino. Sin embargo, sus acciones pasadas han hecho que se gane un apodo que le lacera. En un diálogo memorable, su padre le echa en cara que suela actuar preocupándose continuamente por qué pensarán los demás; a lo que Jamie responde que le da completamente igual lo que digan de él. “Eso es exactamente lo que quieres que piensen”, le espeta su padre.

La evolución de este personaje daría para mucho, dado que en un momento determinado debe afrontar el mayor dolor que puede imaginar: no poder ser nunca más el mejor espadachín. Así, de repente, aquello por lo que se valoraba deja de estar… y surge el verdadero Jamie, liberado de su miedo a no estar a la altura.

El mayor peligro para quien se esfuerza denodadamente por construir una fachada perfecta es que se olvide de quién se esconde tras ella. Las personas movidas por este miedo corren el peligro de no saber quiénes son realmente. Porque han olvidado que la gente no ama fachadas, sino personas.

Volviendo a la problemática de los padres que quieren que sus hijos tengan mucha autoestima: esta es un efecto, no una causa. Tendrán una alta autoestima porque se saben amados tal y como son. Todo lo aprendemos; también, y sobretodo, la forma de mirarnos. Así, concluimos con el sentido común de la profesora Jean Twenge, de la Universidad de San Diego, sobre la conveniencia de decir a los niños que son especiales: “Decidles simplemente que les queréis. Es un mensaje mucho mejor”.

BIBLIOGRAFÍA

SANBURN, Josh; Artículo “Millenials” en Time.

 

*Artículo escrito por Luis Huete y Javier García Arevalillo.