El miedo a quedarse solo

En 1979, un desconocido escritor subía al estrado del Kodak Theatre para recoger el Oscar al mejor guión original. Se imponía, entre otros, a un joven Woody Allen, nominado por Manhattan. Su nombre: Steve Tesich, inmigrante yugoslavo que buscaba en Hollywood cumplir su “sueño americano”. Nadie podía adivinar que sería estrella de una sola noche (prácticamente), y que a partir de entonces su nombre languidecería en el tiempo, a través de guiones poco reconocidos y prolongadas ausencias del panorama hollywoodiense.

 

Paradojas de la vida, la verdadera fama le llegaría una vez muerto cuando se publica su obra póstuma, que casi parece una parodia de su propia vida: Karoo. De este libro hemos extraído la siguiente cita, que conmueve por su humanidad:

 

“(… ) — La otra noche me llamó por teléfono mi hija Francesca — me cuenta Guido. Estira el brazo por encima de la mesa y pone todo el peso de su mano izquierda encima de la mía — . Ya era tarde cuando llamó. Yo estaba en la cama pero no dormía. ¿Y sabes qué me dijo?

— Pues no.

— Papá — me dijo— . Solamente llamo para ver cómo estás y para decirte que te quiero.

Le empieza a temblar el enorme mentón. Se le llenan los ojos borrachos de lágrimas. Se le escapa un sollozo.

— ¿Qué te parece, Saul? Menuda chica, ¿verdad? Mi ángel. Mi dulce ángel. Mi Franny. — me aprieta la mano, llorando.

Yo sé, porque conozco a Guido, que esa llamada no ha tenido lugar, pero el hecho de saberlo no impide que me conmueva su mentira. Su necesidad de inventarse esa llamada telefónica seguramente me conmueve mucho más que si hubiera sucedido realmente lo que me ha explicado. (…  )”

 

Es el drama de un hombre solo, abandonado, que anhela una compañía, una mano que coja la suya y la acaricie. Es la imagen de la peor pesadilla para mucha gente: sentirse y saberse solo, sin apoyo, sin compañía. Aunque muchas veces se identifica con el miedo a quedarse solo, puede generalizarse a no disponer de apoyo, a no tener quien le comprenda y le acepte. Y su opuesto es evidente: un deseo (en ocasiones desmedido) de seguridad y, posiblemente, de conexión. En forma de compañía, o de recursos, o de garantías.

 

El miedo que acabamos de describir puede generar una personalidad muy marcada por ese afán de seguridad, que puede llevar incluso a un carácter de natural miedoso, calculador, desconfiado. Se da en personas que, de forma análoga a la personalidad que describíamos en el artículo anterior, han sufrido un impacto muy fuerte en la infancia. Quizá no tan fuerte, pero lo suficiente como para que se les grabe la creencia de que viven en un mundo hostil, y de que hay que andar con ojo. En lugar de reaccionar buscando independencia, tienden a buscar instintivamente agarraderos (personas, creencias, instituciones, ideologías) en los que confiar y sentirse protegidos.

 

Todos tenemos una necesidad de seguridad. Buscamos (consciente o inconscientemente) asideros, personas en las que confiar, ideas o creencias de las que estar cierto. Pero en una persona con un miedo muy agudo de este tipo eso se da de forma superlativa. En su caso, la creencia que conviene abordar (y, en lo posible, desmontar) es que el mundo es naturalmente hostil, y que conviene estar siempre alerta, a la defensiva. Esta creencia conlleva una tensión difícil de sobrellevar, y fácilmente desemboca en un carácter generalmente amable, pero con explosiones de frustación o de ansiedad más o menos frecuentes y, en ocasiones, inesperadas.

 

A la vez, esa misma persona se puede sentir capaz de ir hasta el fin del mundo con la persona a la que quiere o en quien confía. O por la idea o creencia en la que está cierta. Como todo, admite matices, pero esta clase de paradojas se dan: las personas más desconfiadas pueden ser las más leales. Precisamente porque su confianza y lealtad no las entregan a la ligera.

 

En “Juego de Tronos”, una conocida obra de ficción cuya adaptación a serie está batiendo récords de audiencia, ha popularizado el lema de una de las familias protagonistas, los Stark: “Winter is coming”. El invierno se acerca. Sin embargo, otra frase de su personaje más carismático, Ned Stark, es especialmente preclara en el tema que nos ocupa: “Un hombre sólo puede ser valiente cuando tiene miedo”. Así es.

 

Una persona acostumbrada a “estar en guardia”, tenderá seguramente a ver todo lo que puede salir mal en una situación. Todos conocemos a alguien que parece haberse especializado en poner peros a cualquier nueva iniciativa, cualquier idea innovadora. Y quizá somos de los que miramos con cierta manía a esa persona por su carácter “aguafiestas”. A lo mejor nos convendría mirar más al fondo, y caer en la cuenta de que no pone pegas porque le encanta repartir jarros de agua fría a diestro y siniestro; de que su cabeza está acostumbrada a ir a 100% detectando posibles peligros. Quizá nunca nos hemos planteado que sus aportaciones pueden ser una verdadera ayuda, si sabemos verlas con otros ojos.

 

A base de profundizar en los miedos profundos que pueden mover nuestra conducta, muchas veces crecemos en empatía hacia personas que hasta ahora no entendíamos bien. Como nos puede pasar con una persona de natural simpático, pero que ante un pequeño cambio en la agenda o una pequeña broma sobre el partido al que vota (por poner ejemplos banales) estalla como un volcán. Quizá estemos ante alguien a quien, como estamos viendo, le cuesta creer en algo o en alguien, y necesita más que otros una estabilidad en sus tareas para sentirse seguro. Quizá no estamos ante una persona fanática, sino ante alguien que cree en pocas cosas… Y para quien tocar esas cosas es agitar su más profundo miedo.

 

Otro ejemplo en esta línea lo vemos en la maravillosa película “El discurso del rey”. Basta ver el tráiler para entender la evolución del personaje de Jorge V. En los escasos dos minutos que dura el tráiler, oímos al personaje de Geoffrey Hurt caracterizar al protagonista como uno “que teme a su propia sombra”; para momentos después alabarle como “el hombre más valiente que he conocido”. Y hablamos del mismo personaje.

 

Quien haya visto la película, entenderá perfectamente de qué estamos hablando: Jorge V, efectivamente, vive atenazado por el miedo. A su padre, a las responsabilidades de la corona, a los peligros exteriores… Miedos que se manifiestan en su tartamudez. Pero que esconden mucho más que una simple deficiencia en la expresión oral. Muy acertadamente, su carismático logopeda tratará de combinar técnicas de dicción con sesiones de “terapia”, que básicamente buscan llegar al origen de su miedo. Origen que se encuentra, como tantas veces, en la infancia.

 

El ejemplo de la película es fantástico, porque se observa la completa evolución de un hombre que “teme a su propia sombra” hasta convertirse en la inspiración de una Inglaterra al borde de la Segunda Guerra Mundial. Es la diferencia entre un hombre inconscientemente esclavizado por su miedo y un hombre liberado del mismo. Y nos muestra la vía por la que una persona puede superar ese miedo: una compañía que le ayude a verse a sí mismo con otros ojos; a entender que su falta de autoestima y confianza es una decisión suya, no algo lógico.

 

Decía otro genio, San Ignacio de Loyola, que el amor sólo puede florecer en ausencia de miedo. Mucha gente le pedía que les enseñara a amar. Y San Ignacio respondía que no podía; pero podía enseñarles a no tener miedo. Y entonces, podría florecer el amor. Retomaremos este punto en el siguiente artículo.

*Artículo escrito por Luis Huete y Javier García Arevalillo.