El miedo a no ser querido

Acabábamos el artículo de la semana pasada con las palabras de San Ignacio de Loyola. Como a tantos personajes que han servido de inspiración a muchos, las personas que se acercaban a él buscaban la respuesta a una de las preguntas más provocadoras: ¿cómo se puede amar?

Ya vimos la respuesta que dio San Ignacio, aparentemente evasiva: él no podía enseñar a nadie a amar; sólo a no tener miedo. Y en un corazón que vence el miedo, surge el amor.

Al hablar de miedos, San Ignacio no se refería (evidentemente) a fobias o manías. Habla de algo más profundo. Algo que, si no se vence, bloquea nuestra capacidad de querer.

Esto conecta con el miedo que queremos tocar hoy: el miedo a no ser amado. Uno puede leer el título y rápidamente sentirse identificado; es más, podemos intuir que todo el mundo adolece de este miedo. Por eso es importante entrar en matices: si algo caracteriza al género humano es su deseo de ser amado. Que no el miedo a no ser amados. Son dos puntos de partida opuestos, y generan dos personas completamente distintas.

Hemos hablado mucho sobre la dualidad miedo-deseo. Es una dupla donde importa el sentido, porque no es lo mismo desarrollar un deseo como reacción a un miedo… que partir del deseo mismo. Quien se guía por el miedo no es libre. Quien se mueve por un deseo (hablamos de deseos profundos, no de antojos) es más capaz de mirar cualquier miedo a la cara.

Quien busca el cariño de los demás porque tiene pánico de no ser querido, probablemente abordará mal cualquier relación, porque parte con una pretensión hacia el otro: que le muestre afecto, que responda a sus atenciones.

La serie “The Office”, una verdadera joya de la televisión británica, fue adaptada por la cadena NBC en Estados Unidos a lo largo de 9 temporadas. Escogieron para el papel protagonista a quien entonces era un casi desconocido actor de comedia: Steve Carrell. Interpreta a Michael Scott, para muchos un personaje de culto junto con otros “grandes” como Walter White, Don Draper o Tyrion Lannister. Y resulta que Michael Scott es un ejemplo clarividente del miedo a no ser querido y las consecuencias de estar dominados por ese temor.

Las intervenciones de Michael Scott en la serie son casi todas meteduras de pata. No porque le falte inteligencia, o porque sea un “Dr. House” de la oficina. Es porque anhela continuamente ser el que salva una situación, el que consuela a otro, el que hace el comentario más gracioso… Porque quiere ser el “World’s Best Boss”, y la forma que ha encontrado de serlo es haciéndose “necesario” para los demás.

Es muy común que una persona con un gran miedo a no ser querido despliegue una hiperactividad a su alrededor en forma de favores, detalles, regalos, etc. Y de entrada puede parecer algo bueno. El problema es que esa hiperactividad la mueve una pretensión sobre los demás: que le reconozcan esos favores apropiadamente, que las personas que reciben sus favores y atenciones se lo agradezcan “apropiadamente”. Y ahí está la trampa: han identificado las muestras de agradecimiento como la fuente de afecto que les confirma que son queridos. Y ahí se cuela la pretensión: una cosa es esperar agradecimiento, y otra distinta pretender que se exprese de la forma en que uno desearía.

Así, llevados por ese miedo, acaban perdiendo el sentido de la verdadera gratuidad. Porque se centran en el agradecimiento de los demás en lugar de disfrutar del gozo de regalar, o de la sorpresa ante las múltiples formas de agradecer que tienen los demás. Es la diferencia entre darse a los demás libremente, o darse por miedo a no ser querido si no lo hace. Es la diferencia entre ser libre o ser esclavo de ese miedo. Y un síntoma claro es cuando cuesta recibir un regalo (en forma de tiempo, de piropo, de favor)…, porque, inconscientemente, pensamos que ese don conlleva la obligación de devolver al otro algo: un regalo proporcional, un agradecimiento público, etc. Porque él, en el fondo, exige lo mismo cuando el obsequio lo ofrece él. Lo importante es entender que no lo hace por capricho o egoísmo puro: lo hace más dominado por el miedo a no ser querido, que le lleva a mendigar muestras de afecto…  desviviéndose por los demás.

Entendemos ahora mejor a qué se refería San Ignacio. Es muy difícil amar si uno no se sabe querido, porque tenderá a reducir el amor a algo que pueda generar él mismo. Quien se sabe incondicionalmente querido vence con facilidad el miedo a no serlo, y en esa ausencia de miedo uno es más libre a la hora de salir fuera de sí mismo y darse. Porque ya no lo hará con el foco puesto en la respuesta del otro, sino porque nada nos llena más que ese darnos libremente. La buena noticia es que no tenemos que hacer nada especial para ser queridos. Quizá hemos estado pensando demasiado en hacer cosas por agradar, cuando lo único que teníamos que hacer era ser nosotros mismos. Como le sucede a Michael Scott: tanto los espectadores como el resto de personajes acabamos queriéndole no por sus continuos esfuerzos por gustar, sino por el inmenso corazón que adivinamos detrás, y que se vislumbra en las ocasiones en que no se esfuerza por ser el “World’s Best Boss”. Entonces, hasta sus meteduras de pata nos hacen quererle más.

*Artículo escrito por Luis Huete y Javier García Arevalillo.