El éxito profesional, ¿fuente de felicidad?

Luis Huete y Javier Gª Arevalillo

Uno de los puntos más novedosos de la teoría de Martin Seligman es la referencia al éxito profesional como fuente de crecimiento y de florecimiento personal. Basta mirar a nuestro alrededor: mucha gente trata el plano profesional como uno de los más importantes, como fuente principal de felicidad (a juzgar por el tiempo y esfuerzo que invierten en la propia carrera). 

Conforme avanzamos en este modelo, las sutilezas en los conceptos adquieren una mayor importancia: ¿qué significa éxito profesional? ¿Alcanzar cierto estatus económico/de prestigio? ¿Ser el mejor en nuestra tarea? ¿Ejercer una profesión que nos apasione y nos permita desarrollar todo nuestro potencial? ¿Subir en la jerarquía para tener más poder?

Tal vez un poco de todo esto sumado. Pero pasaríamos por alto un aspecto fundamental: son puntos con un alto grado de dependencia externa. Si debemos esperar al trabajo perfecto para crecer y madurar (florecer) en el aspecto profesional, es fácil prever que tardaremos muchos años en lograrlo; muchos ni siquiera llegarán a encontrar el trabajo que mejor se adecúa a sus cualidades. O sí lo encontrarán, pero no podrán llegar a ejercerlo por una excesiva competencia. Y, muy probablemente, tampoco serán los mejores, por mucho que se esfuercen.

¿Cómo se asimila que la felicidad dependa en última instancia de uno mismo con el hecho de que un aspecto esencial (el profesional) no siempre podamos controlarlo? Muy sencillo: no podemos reducir ese “éxito profesional” a lo que la sociedad, la sociología, suele entender como éxito. Tendemos por un lado a la autosuficiencia, al no depender de nadie como entorno ideal para cumplir nuestros objetivos (cuanto menos dependamos de otros factores, pensamos, más dependerá de mí conseguir mis objetivos). Pero, por otro lado, anhelamos proyectar a todos los que nos rodean una imagen de éxito, de triunfo, de cumplimiento. Buscamos la independencia y, a la vez, no dejamos de compararnos con los demás…  De ahí viene el desgarro.

Nadie debería, ni podría, ser feliz solo. Las cosas que nos gustan suelen venir de fuera; las personas que amamos están fuera de nosotros. Lo que está dentro de nosotros, lo que reclama el uso de nuestra libertad, es la respuesta –la interpretación- que damos a la realidad, a lo que tenemos frente a nosotros. Y que pocas veces se adecuará exactamente a lo que habíamos planeado. Afortunadamente, la realidad es más rica y compleja que cualquier esquema previo que hayamos podido diseñar.

El 21 de mayo de 2005 se graduaba un nutrido grupo de estudiantes del Kenyon College, en Ohio. Solicitaron que el discurso de graduación lo pronunciase David Foster Wallace, escritor de referencia en EE.UU. Y Wallace no decepcionó: empezó exponiendo una metáfora sobre dos peces jóvenes que se cruzan con otro de más edad, y éste les pregunta qué tal está el agua; cuando pasa de largo, uno de los peces le pregunta al otro: “¿Qué demonios es el agua?”

Con esta metáfora quería transmitir la extrañeza que a veces nos produce lo más obvio, que damos por supuesto, y eso nos impide comprender la realidad hasta el fondo. El discurso de Wallace continúa “desmitificando” la vida que les espera a los nuevos graduados: aquí es donde cobra especial relevancia para la problemática que nos ocupa. Citando al propio Wallace:

“El hecho es que vosotros, estudiantes de último año a punto de graduaros, no tenéis ni idea de lo que verdaderamente significa “día a día”. Resulta que hay un importante trozo de la vida adulta americana sobre la que nadie habla en los discursos de graduación. Un trozo que implica aburrimiento, rutina y pequeñas frustraciones.”

A continuación relata de forma simpática el típico día de una persona trabajadora media, con su rutina, sus frustraciones, su monotonía. Y automáticamente surge la cuestión: ¿dónde está la felicidad en esta experiencia? Por muy apasionantes y magníficos que sean nuestros retos profesionales, probablemente vayamos a tener que afrontar frustraciones y rutinas que parecerán incompatibles con nuestros deseos, con aquello que nos apasiona. 

En última instancia, se cae en la cuenta de que hacer depender la propia felicidad de grandes objetivos (que llegarán a cumplirse o no, antes o después) no resulta inteligente: lo que realmente interesa a cualquiera es cómo se puede vivir la monotonía, los fracasos, etc. Hoy y ahora no sirve sólo la promesa de una felicidad futura, a no ser que se aprenda a vivir feliz el camino que lleva a ella. Siguiendo su discurso, Wallace da un giro y describe lo que para él es el agua en estas situaciones, y por qué nos cuesta verla:

“(…) Lo importante es que justo en una pequeña y frustrante realidad como esta es donde aparece la oportunidad de elegir. Porque los atascos de tráfico y los pasillos atestados y las largas colas en las cajas me dan tiempo para pensar, y si no tomo una decisión consciente sobre cómo pensar y a qué prestar atención, voy a sentirme molesto y miserable todas las veces que tenga que ir de compras. Porque en mi configuración natural, por defecto, está la certeza de que situaciones así son exclusivamente mías. Mi apetito y mi cansancio y mi deseo de llegar a casa ya, y va a parecerle a todo el mundo como si todos los demás se interpusieran en mi camino.”

“(… ) Si estáis automáticamente seguros de que sabéis cuál es la realidad, y estáis funcionando con vuestra configuración por defecto, entonces vosotros, como yo, probablemente no consideraréis otras posibilidades que no sean las molestas y miserables. Pero, si realmente aprendéis a prestar atención, entonces sabréis que hay otras opciones.”

He aquí el nudo gordiano, porque en función de cómo pensemos tenderemos a dos formas de vivir muy distintas: la opción por defecto nos lleva a cerrarnos; la apertura a la realidad, la atención a todo lo que sucede, introduce la posibilidad de disfrutar hasta en las situaciones más cotidianas y aparentemente frustrantes.

Pero…  ¿Qué tiene que ver esta apertura a la realidad con el florecimiento profesional? Todo. Por muy ambiciosos que sean los objetivos que uno se marque, lo más probable es que abunden las circunstancias negativas que veíamos antes: monotonía, frustraciones, etc. Si la persona que las afronta tiende a cerrarse, no sólo no disfrutará del camino hacia su éxito, sino que tendrá mucho más difícil el llegar a él. Mientras tanto, la persona abierta aprenderá a vivir hoy y ahora, y sabrá crecer y sacar provecho de cada circunstancia, incluso de aquellas que no le acercan (aparentemente) a su objetivo. Y he aquí lo importante: todo esto sí depende de nuestra libertad, es elección de cada uno mirar así su realidad cotidiana, como bien dice Wallace, dejando abierta la problemática para el siguiente artículo:

“Hay un tipo de libertad que implica atención y consciencia y disciplina, y ser capaz de preocuparse verdaderamente por otras personas y sacrificarse por ellas una y otra vez en una miríada de maneras pequeñas y nada atractivas todos los días.

Esa es la libertad real. Eso es ser educado, y haber entendido cómo pensar. La alternativa es la inconsciencia, la configuración por defecto, el ir como ratas a la carrera por la vida, la corrosiva sensación de haber tenido, y perdido, alguna cosa infinita.”

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