Waterloo o el precio de fracasar en la coordinación

El pasado 18 de junio celebramos el 200 aniversario de la batalla de Waterloo, la que sellaría el destino de Napoleón, así como el futuro de Francia y de toda Europa. Son muchos los artículos en prensa que nos han recordado la efeméride, y fue leyendo el que escribió el historiador Juan José Calvo Poyato para El Mundo[1] cuando pensé que este famoso capítulo de la Historia tiene unas cuantas lecciones que los directivos podemos recordar.

Pongámonos en situación: Napoleón ha regresado de su exilio en la isla de Elba y, gracias a su prestigio entre los franceses, ha conseguido que a su llegada a París el país entero se entregue por completo a él, el rey Luis XVIII haya salido huyendo y un ejército de 124.000 efectivos le espere en pie de guerra. También ha conseguido ser recibido hostilmente en el resto de Europa: su propuesta de paz ha sido respondida por la formación de una segunda coalición entre Inglaterra, Prusia, Austria y Rusia.

El rápido avance de Napoleón fue un ejemplo de la importancia de tomar la iniciativa en una situación de inferioridad: en pocas jornadas desplazó a sus tropas hasta Bélgica, cuando los ejércitos de Rusia y Austria aún estaban a varias semanas de distancia. Frente a él, sin embargo, tenía a más de 200.000 efectivos británicos y prusianos, en clara superioridad. En esa situación nadie esperaba que Napoleón atacase.

Y eso fue exactamente lo que hizo: consciente de que no podría derrotar a ambos ejércitos unidos, atacó a ambos por separado: mientras el mariscal Ney, uno de sus mejores comandantes, enfrentaba a las tropas de Arthur Wellesley, el comandante británico, el propio Napoleón atacaba al ejército de Blücher, comandante prusiano. El objetivo principal de la ofensiva era evitar que se uniesen las tropas prusianas y británicas. Napoleón infligió una gran derrota a Blücher, pero no consiguió aplastarlo: en el momento crucial de la batallas, Napoleón ordenó a la caballería cargar contra las tropas prusianas en desbandada. Carga que no llegó a producirse.

¿Por qué? Ney, a cargo del ataque a los británicos, y a cargo de la caballería en los primeros compases de la batalla, ordenó que ésta cargase contra las filas de Wellesley cuando ya no era necesario. Y por culpa de esta contraorden la caballería no estuvo disponible para Napoleón cuando la necesitaba. Si no se hubiese dado esa contraorden, falta evidente de coordinación entre los dos mandos de la batalla, el ejército prusiano habría quedado fuera de combate.

Así, una victoria incontestable no llegó a ser todo lo rotunda que debería haber sido. Pero el objetivo principal se cumplió, y Napoleón celebró confiado la victoria esa noche. Tanto se confió que dejó pasar un día entero antes de reiniciar las hostilidades. Factor que permitió a sus contrincantes fortificar sus posiciones, con el agravante para el Emperador francés de que durante ese día cayó una lluvia torrencial que embarró el campo de batalla, dificultando el avance de las piezas de artillería.

Las contraórdenes volvieron a darse en la batalla decisiva que se libró al sur del pueblo de Waterloo el 18 de junio. Las tropas de Wellesley, cómodamente atrincheradas en una loma del terreno, rechazaron las cuatro ofensivas que Napoleón ordenó al día siguiente. El problema principal de la más importante de ellas fue una falta de organización impensable en el ejército francés: las divisiones atacaron en formaciones de muchas filas, reduciendo muchísimo su capacidad de tiro. Sólo podían disparar las dos primeras filas de las 24 que conformaban cada pelotón, convirtiéndolas además en blanco fácil para la artillería británica.

Muchos historiadores culpan de esta desorganización a la ausencia de Napoleón de la primera fila de combate. Posición que ocupaba en todas las batallas, insuflando ánimos a sus soldados y obteniendo a la vez información directa y en tiempo real de todo lo que pasaba. En esta ocasión se encontraba indispuesto, en una taberna lejos del campo de batalla, y dependía de la información de los correos que iban y venían del frente.

Pero ahí no acabaron las desgracias para los franceses: el cuerpo de ejército que tenía como misión frenar la llegada de los prusianos fracasó estrepitosamente, en parte debido a otros errores de coordinación entre generales. Y mediada la batalla las primeras tropas de Blücher tomaron posiciones de la retaguardia francesa. El resto de la batalla es historia: la Vieja Guardia, tropa de élite de Napoleón, protagonizó la última ofensiva que se estrelló contra las bien atrincheradas tropas británicas, y dispersada ante la llegada de los prusianos. Fue el fin de los famosos 100 días de Napoleón en su segundo y último mandato como Emperador. No hizo falta la intervención de los ejércitos austríaco y ruso.

Y como en todo gran acontecimiento histórico, son muchas las ideas que podemos entresacar para dirigir mejor las empresas a nuestro cargo; al final el elemento que une la historia con las empresas es el factor humano, la psicología de los dirigentes y de los dirigidos.

Las lecciones que me parecen más relevantes son las siguientes:

  1. No subestimar al contrincante (tras la primera escaramuza Napoleón ya fantaseaba con tomar el té en Bruselas al día siguiente, desoyendo los consejos de los generales que se habían enfrentado a Wellesley en España). La arrogancia es un peligro grave.
  2. La importancia de tomar la iniciativa… y de no cederla tras las primeras victorias.
  3. Las consecuencias letales de la falta de coordinación interna.
  4. El peligro de crear una dependencia excesiva del líder que haga que la ausencia del mismo reduzca la capacidad de reaccionar a las circunstancias cambiantes.
  5. La importancia de mantener la cabeza fría para entender mejor el contexto.

[1] CALVO POYATO, J. J. “En las tripas de Mont Saint Jean”. Diario El Mundo, 18 de junio de 2015

Por Luis Huete y Javier García