Una última reflexión sobre el talento

Luis Huete y Javier Gª Arevalillo

A lo largo de este recorrido sobre el talento hemos abordado muchos puntos clave: qué entendemos por talento; su papel en las empresas en el contexto de la gestión del cambio (integración/desintegración interna y externa); la dualidad conocimientos/actitud y la preponderancia del “intérprete” en la configuración de hábitos cognitivos sanos; y, finalmente, el motor que mueve “montañas”: el sentido de propósito.

Una de las historias que empleábamos para explicar la incidencia de los hábitos cognitivos en nuestra conducta era la de Pedro Algorta. La tomábamos prestada de Claudio Fernández-Aráoz, que fue quien contrató a Algorta, superviviente del accidente de avión en los Andes que tantos vimos en la película “¡Viven!”. Años después de seleccionar con éxito (poco previsible, por otra parte) a Algorta, Fernández-Aráoz reflexiona así sobre el motivo principal por el que cree que acertó en su elección:

“El principal indicador de un alto potencial es un tipo de motivación que impulsa una firme determinación por alcanzar grandes objetivos no-egoístas. Las personas con alto potencial tienen una ambición grande y quieren dejar huella, pero, a la vez, aspiran a cosas grandes, colectivas, muestran una profunda humildad e “invierten” en mejorar en todo aquello que hacen. La motivación es lo primero que miramos porque suele ser una cualidad estable, aunque sea habitualmente inconsciente.”

Las grandes empresas, Zara entre ella, las han fundado individuos que han querido cambiar el mundo, no hacer dinero rápido. La relación motivación-propósito es estrecha: hablamos de casi lo mismo. Encontrar personas que se muevan por algo más grande que ellos mismos es una tarea que deberían emprender todas las empresas.

Fernández-Aráoz sostiene, basándose en su experiencia con Algorta y muchos otros, que hay otras cuatro cualidades que las empresas deberían buscar en sus candidatos:

-        Curiosidad: una mentalidad despierta, con una clara propensión a vivir nuevas experiencias, afrontar nuevos retos y aprender siempre (muy especialmente del feedback honesto que se reciba).

-        Percepción: la habilidad de dar sentido a la información que le rodea, encontrando vías y soluciones que se le escaparían a la mayoría.

-        Empatía: la cualidad de saber conectar, a nivel profundo, con aquellos que le rodean.

-        Determinación: otros también lo llamarían resiliencia o asertividad; en cualquier caso, es la predisposición firme de luchar por aquello que cree justo, por aquello que merece la pena.

Nosotros nos atreveríamos a añadir una idea que englobaría algunas de estas cualidades: necesitamos líderes con un ideal de ejemplaridad personal que les lleve a buscar cotas altas de grandeza, de crecimiento personal, de sabiduría… para servir más y mejor. Un ideal que inspire a otros a trabajar por algo más que por sus intereses personales de corto plazo.

Hablamos de personas que, pese a sus limitaciones y errores, se muevan siempre por algo más que por interés personal. No son las personas perfectas las que inspiran, sino aquellas que se mueven, con sus carencias, por un deseo noble que conmueve. Y es que si fuéramos capaces de ofrecer a las personas cercanas una forma más inteligente y noble de trabajar y de vivir, seguro que no les dejaríamos indiferentes.

Abríamos esta serie de artículos con la historia de uno de los mayores duelos en la historia del ajedrez: la “batalla” entre Alekhine y Capablanca. Ambos genios, el primero sorprendió al segundo porque le jugó de tú a tú con su estilo, y explotó al máximo la falta de costumbre de Capablanca a la hora de afrontar partidas largas y de desgaste (hasta entonces, siempre había ganado fácil y rápidamente).

La historia no acabó en ese torneo, ni mucho menos. Por aquel entonces, el campeón del mundo tenía el privilegio de escoger cuándo y contra quién se jugaba el título. Toda la prensa internacional, desde el mismo día en que Alekhine se alzaba con el trono, especulaba sobre cuándo concedería a Capablanca la revancha. De hecho, el genio cubano se recuperó rápidamente del golpe y tomó la firme decisión de entrenar y preparar mejor los torneos: ya no volverían a cogerle desprevenido.

Todo amante del ajedrez se relamía ante la perspectiva de otra tanda de enfrentamientos entre ambos. Eran dos estilos geniales, pero muy diferentes, y había una expectación en el aire como nunca se había dado en el mundo del ajedrez.

Pero el tiempo pasaba, y Alekhine no anunciaba la revancha. Al cabo de dos años, cuando la presión empezaba a ser insoportable, decidió poner en juego su corona… frente a un contendiente inferior; bueno, pero para nada el segundo mejor del mundo. La prensa explotó: era evidente que Alekhine estaba aprovechándose de sus privilegios como convocante para retener el título.

La decisión de Alekhine indignó a medio mundo… y hundió a Capablanca. Al comprobar que probablemente nunca volvería a optar al título, perdió las ganas de competir y fue abandonando el mundo del ajedrez. Alekhine, por otro lado, retuvo hasta su muerte el título… y la tirria de la mayoría de aficionados, que lo tacharon para siempre de cobarde. A todos parecía evidente que no creía poder volver a ganar a Capablanca, y prefería morir con el título. Poco tiempo después de ganar a Capablanca comenzó a darse a la bebida, y, eventualmente, comenzó a presentarse a algunos torneos borracho. Hasta el punto de perder el título contra un contrincante teóricamente inferior… que tuvo la caballerosidad de concederle la revancha al poco tiempo. Alekhine volvió a ganar el título, y ya no lo volvió a dejar escapar.

Visto con perspectiva, la historia de Alekhine y Capablanca provoca una mezcla de admiración y pena. Admiración por el talento natural de uno y la capacidad de superación del otro, que alcanzó algo que se antojaba imposible. Y pena, porque tras ese impulso no había un propósito noble, como demostró Alekhine después. Al negarse a enfrentarse de nuevo a Capablanca, nos dejó sin muchos duelos que sin duda habrían pasado a la historia del ajedrez. De hecho, Alekhine nos dio algunas de las partidas más creativas y espectaculares de la historia… pero nos negó los duelos contra el otro gran genio de la época. Qué lástima que el mundo se perdiera ese espectáculo.

Necesitamos líderes que quieran ser parte de la solución a los problemas de sus conciudadanos. La competencia profesional, si va unida a un deseo de fondo de servir, de construir algo grande, que trascienda el propio interés, es la mezcla que necesita este mundo para salir del atolladero en el que lo hemos metido.

Un deseo de servicio al bien común, en definitiva, es algo por lo que merece de verdad la pena desarrollar el propio talento con todos los sacrificios que ello conlleve. El secreto de vivir es servir. O, como nos gusta decir: el mejor proyecto profesional es crecer para dar y dar para crecer.