Un propósito que valga la pena

Luis Huete y Javier Gª Arevalillo

En el artículo de la semana pasada analizábamos el caso de Pixar y de uno de sus creadores: Ed Catmull. Veíamos cómo ciertas creencias embebidas en la mentalidad de su gente estuvieron a punto de desmembrar Pixar justo después de su primer gran éxito: Toy Story. Sin embargo, hay un punto por el que pasamos un poco de puntillas y en el que ahora nos detendremos más.

Los días posteriores al despegue de Toy Story fueron muy distintos de lo esperado para Catmull. Tras lograr el gran objetivo que le había motivado a lo largo de los últimos diez años, la única sensación que le invadía era una de vacío. “Y ahora, ¿qué?”, se preguntaba. Diez años dominado por el deseo de crear la primera película animada por ordenador, y ahora que lo había conseguido… ¿qué más? Le sabía a muy poco trabajar sólo por mantener Pixar a flote porque sí, sólo porque había un innegable potencial de beneficios ingentes en la industria que acababan de inaugurar.

Hemos visto cómo en ese momento descubrió los conflictos que se habían mantenido “bajo el radar”, y de improviso entendió que delante de él se abría un reto aún mayor que aquel que había perseguido durante una década: construir una empresa con un propósito superior; una empresa que custodiase en su ADN una cultura de innovación y colaboración sin igual y que, a través de ello, pudiese inspirar con sus películas a medio mundo.

Es significativo el cambio que se opera en Catmull, y que le permite abordar con ilusión una situación que a muchos de nosotros nos hubiese resultado casi imposible: romper costumbres tan arraigadas en una industria como Hollywood; conseguir que personas que se miran con desprecio se conviertan en una familia. Pero el resultado es hoy en día visible para todos.

Recientemente Adam Grant, profesor en Wharton, ha publicado un libro que profundiza en el cambio cultural que, en opinión de una creciente mayoría de directivos, debe darse en el mundo de la empresa: un giro hacia la colaboración, hacia la concepción de la empresa como un proveedor de valor (a sus clientes, a sus empleados, a la sociedad) más que como un mero agente generador de beneficios. El libro, titulado Give and Take: Why helping others drives our success, plantea una tesis provocadora: el futuro del trabajo no va a estar en el “¿Qué hay de lo mío?”. Grant percibe una creciente demanda de perfiles generosos y colaboradores por parte de las empresas y, a la vez, una tendencia a descartar a los de planteamientos más egoístas.

Es fácil ver que en un entorno cada vez más transparente, complejo y cambiante, una empresa en la que prima el interés general por encima del individual está en mejor situación para afrontar las batallas diarias de los mercados a los que se debe. Ahora bien, para muchas empresas el camino por delante es largo y no sencillo. ¿Existen formas de enfocar el camino bien, que nos permitan avanzar hacia una cultura de empresa más rica, más inteligente, más integradora?

La clave está en el propósito, como veíamos en el caso de Catmull. Pocas cosas tienen tanta fuerza como un propósito inspirador que a la vez se pueda tocar. Todos hemos experimentado en nuestras vidas la potencia que tiene un motivo generoso, una razón de peso, para sacar lo mejor de nosotros mismos. Por ejemplo, quien con su trabajo saca adelante a otros que dependen de él: la inmediatez de su necesidad y la bondad del motivo son acicates potentes.

Vemos por desgracia empresas que afrontan el problema del propósito como algo que “debe hacerse” por imagen, o porque todas las empresas lo están haciendo. Y, claro, con un planteamiento reactivo el resultado suele ser palabras bonitas pero huecas, porque no son vida de la empresa ni tampoco están siquiera de verdad en la intención de sus dueños. Esa contradicción provoca un auge del cinismo en las empresas que lo padecen.

Sin embargo, pocos puntos pueden transformar una empresa tanto como éste… si se consigue abordar bien. Porque, a pesar de que lo que conocemos de muchas empresas son los casos de egoísmo galopante, abusos de poder, etc., una inmensa mayoría de personas busca algo más en sus trabajos. El deseo de servir, de construir algo juntos que merezca la pena, está latente en todos, aunque unos cuantos decidan silenciarlo.

Lo que hemos vivido en los últimos años ha impactado considerablemente en nuestro sistema de creencias. Se ha extendido por doquier una desconfianza hacia las empresas, hacia los políticos y hacia tantas instituciones, y en la mayoría de casos con razón. Hay mucho por reconstruir, y en el caso de las empresas comienza precisamente por la construcción de un sentido de propósito que ponga el talento al servicio de la sociedad, de forma que ésta pueda volver a creer que se pueden confiar en las empresas que hacen las cosas bien.

Un propósito concreto y elevado a la vez, que tenga en cuenta los objetivos estratégicos de la empresa a la vez que destierre situaciones tan trágicas como que departamentos enteros desconozcan la verdadera finalidad de su trabajo. Ed Catmull tuvo la suerte de “encontrárselo” de frente, y al ofrecerlo a su gente pudo superar por elevación las rencillas presentes hasta entonces. Lo que sirvió para Pixar sirve para todos: merece la pena encontrar un sentido de propósito que valga la pena y que nos concite a sentir orgullo por pertenecer a ese proyecto empresarial. Lo demás (creencias positivas, intérprete sano, decisiones inteligentes) llegará más fácilmente de la mano.

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