Tomás Moro, un hombre para la eternidad

Moro es hombre de la inteligencia de un ángel y de un conocimiento singular. No conozco a su par. Porque ¿dónde está el hombre de esa dulzura, humildad y afabilidad? Y, como lo requieren los tiempos, hombre de maravillosa alegría y aficiones, y a veces de una triste gravedad. Un hombre para todas las épocas.” Robert Whittington, hablando de Tomás Moro en 1520.

El 6 de julio de 1535, un hombre avanzaba hacia el patíbulo, el alma lista para afrontar su destino. Su delito: negarse a firmar la preponderancia del rey de Inglaterra sobre el Papa de Roma. Ese día, el verdugo cortaría una de las cabezas más privilegiadas de Europa, amigo de Erasmo de Rotterdam y, junto con él, el mayor exponente del humanismo en el continente.

En el momento de subir al cadalso, Tomás Moro se dirigía al verdugo con una sencilla súplica a su verdugo: “Le ruego, le ruego, señor teniente, que me ayude a subir, porque para bajar, ya sabré valérmelas por mí mismo.” Y aún le diría, antes de inclinar la cabeza: “Fíjese que mi barba ha crecido en la cárcel; es decir, ella no ha sido desobediente al rey, por lo tanto no hay por qué cortarla. Permítame que la aparte.” Sentido del humor hasta el final. Que no frivolidad, porque acto seguido recuperaría su tono grave para pronunciar su última frase:

Muero siendo el buen siervo del rey, pero primero de Dios.”

El sentido del humor y el de lealtad a su conciencia, los dos rasgos de la personalidad de Tomás Moro que afloraron hasta sus últimos instantes. Dos principios a los que nunca renunciaría, y que le costarían la vida.

Porque si algo hizo Tomás Moro fue no tomarse demasiado en serio nunca. La mejor receta para no caer en la egolatría ni en la pura vanidad, tan frecuente en hombres inteligentes como él. Podríamos decir que, junto con el dolor, el sentido del humor es el puente que une la inteligencia con la sabiduría. Puente que recorrió Moro a lo largo de toda su vida.

Sabiduría que no es candidez. Porque nunca estuvo falto de otra cualidad esencial: la sagacidad. Para defender a quienes le contrataban de abogado en sus inicios profesionales; para defender a la sociedad inglesa de los peligros que veía cernirse sobre ella en forma de fanatismo religioso; para intentar defender al rey de sí mismo, de creerse Dios. Y, finalmente, para intentar salvarse.

El proceso contra Tomás Moro empezó pocos años después de asumir la Cancillería de Inglaterra, primer laico en hacerlo en varios siglos. El deseo del rey Enrique VIII de tener hijos varones chocaba con la dura realidad: su mujer, Catalina de Aragón, le había dado varios; pero nunca superaban los meses de vida.

El Papa no cedió, rechazando su petición de nulidad matrimonial. Y comenzó el conflicto del monarca con la Iglesia de Roma, que culminaría en la escisión de la Iglesia de Inglaterra y la proclamación de Enrique VIII como su cabeza.

Tomás Moro sabía dónde residía su lealtad, por encima de todo. Cumplió con sus tareas hasta que fue destituido por el rey. En ese momento comenzó su Pasión. Porque, si se hubiera tratado de un funcionario o político cualquiera, la destitución habría bastado. Pero era Tomás Moro, una de las figuras públicas más influyentes del continente. Y su no pronunciamiento sobre los movimientos del rey para casarse de nuevo era elocuente.

Es entonces cuando su sagacidad entró en liza. Como abogado, sabía bien que la ley no podía obligarle a pronunciarse públicamente sobre leyes promulgadas tras haber sido cesado de sus cargos públicos. Jugaría esa baza hasta el juicio, indicando que su silencio, si quería interpretarse bajo ley, indicaría lo contrario a aquello de lo que le acusaban: quien calla otorga.

Pero Tomás Moro, mientras fue canciller y hombre de confianza del rey, había intentado convencerle de que desistiese de la nulidad. Que no podía forzar la naturaleza de las cosas, y que ese camino llevaba a la ruptura social de Inglaterra (como así sucedió). El rey tenía en altísima estima a Moro, y quizá por eso buscó hasta el final su beneplácito, su espaldarazo a la escisión de la Iglesia de Inglaterra y a sus segundas nupcias. Entendemos bien al rey porque nadie que aún conserve algo de juicio puede afrontar una decisión como la que tomó sin buscar un mínimo de apoyo moral. El de los aduladores siempre lo tuvo, pero buscaba el de quien había sido su referente, y su amigo, por encima de todos.

Por todo esto, a Enrique VIII no le bastaba el silencio de Tomás Moro: necesitaba su sí o su no explícito. Para sentirse respaldado o para cortar definitivamente con sus referentes pasados; que es lo que finalmente sucedió.

A lo largo de su cautiverio y juicio, el ex canciller mantuvo silencio. Hasta que, como muestra la excelente película “Un hombre para la eternidad” (1966), se presentó un testigo. Un antiguo conocido de Moro que testificó falsamente, afirmando que, visitando a Moro en la cárcel, éste le había confiado su verdadera opinión sobre las acciones del rey. Moro supo en ese instante que era hombre muerto, y ya no calló más: declaró exactamente lo que pensaba de la locura del rey, dando testimonio de lo que él creía como verdad. 

Pero antes de declarar, se dirigiría al testigo, un abogado pobre y ambicioso cuando Moro le conoció, que había acudido al juicio con lujosas vestimentas.

Alrededor del cuello lleva usted una cadena de oficial. ¿Me deja ver?

Cromwell, el fiscal, explica a Moro: “Sir Richard ha sido nombrado Fiscal General de Gales.” 

Con tristeza por el perjurio que ha cometido aquél a quien él mismo había aconsejado no ambicionar puestos de gobierno y convertirse en profesor, Moro sentencia:

Sir Richard, ¿de qué le vale a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? Pero si es por Gales…”. Es la batalla que todos libramos entre el algo y el todo, entre el por ahora y el para siempre, entre el yo (el ego) y el Tú.

Y así, Tomás Moro era condenado a la pena capital, dando testimonio de una verdad que trascendía a su propia vida, que valía más que su vida. Esa certeza le permitió en sus años de gobierno ser un mandatario íntegro y honrado, el único a ojos del propio rey, admirado y respetado pero sin un ápice de vanidad o egolatría. No porque fuese mejor que los demás; sino porque le movía algo más elevado que la ambición humana. Algo, una verdadera relación filial con Dios, a lo que no quiso renunciar nunca, a costa de su propia vida. Y que le permitiría mantenerse sereno y en paz frente a jueces y verdugos. ¿De qué le habría valido seguir viviendo, seguir siendo el hombre de confianza del rey, si traicionaba aquello que le sostenía, que daba sentido a toda su existencia?

Por Luis Huete y Javier García