Teresa, la madre de los pobres

“Sé el cambio que quieres ver en el mundo.”

En el tren se respiraba un ambiente cargado, casi asfixiante. O tal vez era la mezcla de angustia e incertidumbre que le venía en oleadas. Había tomado la decisión, pero no iba a ser fácil…

Sin embargo, era tan clara la llamada… Más clara aún que la que percibió, años atrás, invitándola a la vida religiosa. Vida que ahora parecía llegar a una encrucijada: seguir en la comodidad del monasterio de Loreto, o responder a la necesidad imperiosa de toda una ciudad que clamaba por el abrazo de Cristo… Poco después dejaría constancia en su diario:

“Nuestro Señor quiere que sea una monja libre cubierta con la pobreza de la cruz. Hoy aprendí una buena lección. La pobreza de esta gente debe ser algo muy difícil para ellos. Mientras buscaba por un hogar caminé y caminé hasta que mis brazos y piernas me dolieron. Pensé entonces qué tanto debía dolerles a ellos en su cuerpo y alma, buscando por un hogar, por comida y por tener salud. Entonces la comodidad de Loreto me sedujo. 'Solo tienes que decir una palabra y todo será tuyo de nuevo', me insistía el tentador ... Por mi propia elección, mi Dios, y porque te amo, deseo permanecer y hacer lo que sea que tu Santa voluntad me pida. No dejé que una sola lágrima rodara por mi rostro.”

Un amor así se marchitaba en el colegio para la clase alta de Calcuta, donde ejercía de profesora. En ese viaje a Darjeeling había comprendido que esa no era su vida. Que sentía una “llamada dentro de la llamada” a dejarlo todo y abrazar a los pobres. Ser testigo para ellos de un abrazo más grande…

Así, empezó a pedir desde que se despidió de sus antiguas hermanas en el convento. Pedir para sus pobres, que en el fondo significa dar…

“Jamás he visto cerrárseme puerta alguna. Creo que eso ocurre porque ven que no voy a pedir, sino a dar. Hoy día está de moda hablar de los pobres. Por desgracia, no lo está hablarles a ellos.”

Muchos años después, en una cuneta de una perdida carretera bengalí, un inválido se disponía a morir. Ciego y sin movilidad en las piernas debido a la tuberculosis y a la drogadicción, ese pobre nepalí sólo esperaba a la muerte. Pero unas hermanas de la Caridad, la nueva orden de la Madre Teresa, llegarían primero. Sin preguntas, con amabilidad y cariño infinitos, lo llevarían a su casa, le darían el primer baño en años… Con su mugre, y con las atenciones médicas básicas, recuperaría en pocos meses la visión y la movilidad. Con atenciones médicas… y con un amor que ya había perdido la esperanza de encontrar jamás.

Ya recuperado, se convertiría en un testimonio más de la belleza que traían las hermanas a “la Cloaca del mundo”, la ciudad de Calcuta. Oasis de belleza en una ciudad hundida en la miseria.

A un autor de estas líneas le confesaría, más adelante, que “sólo por ese primer abrazo de las hermanas merecería la pena haber vivido. Si hubiese muerte justo después de que me recogiesen, me habría ido feliz, sabiendo que existe un amor de otro mundo en esta Tierra. Hoy sólo vivo para dar testimonio de ello y ofrecerlo a otros como yo.”

La oscuridad, las dudas, el dolor y la miseria nunca abandonarían a Teresa de Calcuta. Un peso que cargó con gracia y elegancia, centrada en una misión que sabía que no era suya, y que continuaría sin ella. Porque al final vence quien quiere más fuerte; y querer es lo que ella más había hecho en su vida. Querer… porque, en última instancia, se sabía querida y sostenida siempre. Su pequeñez es un símbolo de grandeza.