Rockefeller vs Carnegie, la venganza que construyó América

“Si sigo preocupándome tanto por mis negocios y pasando la mayor parte del tiempo pensando única y exclusivamente en cómo encontrar la manera de hacer dinero, me degradaré más allá de perder toda esperanza en recuperarme para siempre. ¡Dejaré los negocios a los treinta y cinco años, pero durante los dos años siguientes deseo pasar las tardes recibiendo clases y leyendo concienzudamente!”. Andrew Carnegie.

Andrew Carnegie seguía de pie, escudriñando el valle como si aún esperase encontrar algún indicio de vida. Algún milagro que arrojase algo de luz a ese desastre. Pero las labores de salvamento de la Cruz Roja, las primeras en época de paz de la institución suiza, habían concluido hacía días. Los cuerpos sin vida seguirían apareciendo corriente abajo durante los siguientes meses, hasta alcanzar la terrible cifra de 2.209 muertos. Y el pueblo de Johnstown debería ser reconstruido prácticamente de cero.

La presa de South Fork, que permitía la formación de la isla artificial donde se reunía el sofisticado “South Fork Fishing and Hunting Club”, había cedido el último día de mayo de 1889 tras una noche de aguaceros. Durante meses los ingenieros habían advertido a Henry Frick, fundador del club y socio de Carnegie, que si no reforzaba la presa algún día podía ceder tras una lluvia intensa… Frick no escuchó. Como tampoco escucharía meses después las llamadas a la calma ante las protestas de los trabajadores de la Carnegie Steel Company. Frick, CEO de la empresa que lideraba el imperio del acero, forzó la máquina hasta que los trabajadores se amotinaron, reprimió la revuelta, fue objeto de un atentado anarquista… Un hombre sin escrúpulos, otro sociópata más, un verdadero perro de presa.

Carnegie empezaba a arrepentirse de haber recurrido a Frick para conseguir que su imperio del acero generase aún más beneficios. Pequeños aldabonazos que eventualmente calarían en el magnate, años después, cuando se decidió a vender su empresa a JP Morgan y alcanzar al fin el ansiado trofeo: ser el hombre más rico del mundo.

Volvió a su memoria, como tantas veces, el momento decisivo. El que lo había cambiado todo. Andrew Carnegie, en 1873, de pie ante la tumba de su amigo y mentor Tom Scott. Se lo debía todo, desde el momento en que el magnate de los ferrocarriles, principal competidor del mítico Cornellius “Comodoro” Vanderbilt, le cogió cariño a aquel niño telegrafista. Fue un movimiento gratuito de Scott, que sacaría a los Carnegie de la pobreza y daría inicio al carácter emprendedor de esa saga.

El mismo carácter que, años después, le llevaría a acometer el mayor puente de la Historia hasta la fecha, para unir las dos orillas del Mississipi en Saint Louis. Una octava maravilla del mundo, como escribió a sus inversores, que uniría el Este y el Oeste. Y que realizaría con acero, el material que Carnegie creía que construiría América.

Recordaba la mirada orgullosa de su mentor, Tom Scott, el día que inauguraron el puente. Nadie se atrevía a cruzar, era el primer puente de acero que jamás se hubiese construido… Hasta que Carnegie leyó en algún libro que en tiempos antiguos la forma de asegurar la estabilidad de un puente era hacer cruzar a un elefante: si el elefante se negaba a pasar, significaba que el puente no era estable. Así, como un moderno Aníbal atravesando los Alpes, Carnegie cruzó su puente en comitiva, con un elefante al frente…

Qué brillante parecía el futuro en ese momento para los dos, para mentor y protegido. Uno compitiendo de frente con Vanderbilt, el hombre más rico del planeta, por el control del ferrocarril; el otro, proveyéndole de acero para las locomotoras y para los puentes… Hasta que llegó él.

Ni Scott ni Vanderbilt entendieron a tiempo que su ambición había creado a la némesis que los desbancaría. Queriendo asegurar plena ocupación en sus trenes de carga, habían firmado un contrato de exclusividad con un desconocido refinador de petróleo de Ohio para transportar sus barriles de queroseno por todo EEUU, un material que estaba empezando a sustituir a las velas como el medio de iluminación de las casas en todo el país. El único capaz de cubrir en volumen la sobrecapacidad de las líneas de tren construidas…

Ese había sido el gran error de Scott y de Vanderbilt: ceder a la burbuja del ferrocarril, construir mucho más de lo que se necesitaba. Cuando quisieron subsanar el error, no encontraron mejor solución que asociarse con John D. Rockefeller, el futuro magnate del petróleo.

Rockefeller. Hombre hecho a sí mismo como él, pero con un añadido cuasi-mesiánico: la vida de Rockefeller cambió el día que, al borde de la quiebra, fue convocado por Vanderbilt para explorar un acuerdo de distribución de su queroseno, y perdió el tren que le tenía que llevar a Nueva York. Tren que descarriló, muriendo muchos de sus ocupantes. Rockefeller vio esos minutos de retraso como una señal de Dios de que tenía un papel que jugar en el mundo: construir América, a cualquier coste.

El hombre que negoció con Vanderbilt era otro, con una fiereza y determinación que le permitieron cerrar el acuerdo y poder más adelante ir a la competencia, Scott, y cerrar el mismo acuerdo… Cuando los dos magnates del ferrocarril se asociaron para subir las tarifas a Rockefeller, ya era tarde. El poder lo tenía quien menos dependía de la contraparte para sobrevivir. Y Rockefeller, paralelamente a los acuerdos, había desarrollado los primeros oleoductos que pocos años después cruzarían el país. 

Fue la ruina para los ferrocarriles, la mayoría de las empresas cerraron en una de las primeras crisis de la economía moderna, con millones de parados y quiebras por doquier. Entre otras, la de Tom Scott, quien moriría arruinado poco tiempo después. Carnegie, que no dudaría en ceder el poder a Frick para hacer el trabajo sucio con los sindicatos más adelante, que rebajaría sueldos y aumentaría jornadas laborales hasta límites inhumanos, no podía perdonar lo que había hecho Rockefeller.

Tras sostener una feroz competencia con él para ser el hombre más rico de América, empezaba a sospechar que en la búsqueda de mayor rentabilidad se había arrojado en brazos del hombre equivocado. Y empezó a nacer en él una inquietud sincera por restituir a la sociedad parte de su éxito, de su fortuna ganada con abusos. Dos años después de Johnstown, en 1891, el gran industrial del acero inauguraba el Carnegie Hall, desde entonces lugar de referencia para las artes en Nueva York. También en este campo competiría con Rockefeller. La historia del desarrollo industrial de EEUU sería al fin y al cabo la historia de la enemistad-competencia Rockefeller-Carnegie,  que se convertiría en triunvirato cuando J. Pierpont Morgan empezó a brillar con luz propia al financiar la introducción de la electricidad en todo el país.

Sólo cuando Carnegie vendió su empresa a Morgan para formar U.S. Steel pudo declararse el hombre más rico del mundo… Por un breve lapso de tiempo. No tardaría Rockefeller en crear una red de estaciones de servicio para sostener la nueva gran innovación en el transporte: el coche de Ford. Pero eso es otra historia…

Por Luis Huete y Javier García