Qué queremos decir cuando hablamos de talento

Luis Huete y Javier Gª Arevalillo

En su Technology Report de 2013, McKinsey Quarterly publicaba un extenso informe con una conclusión más bien obvia: la naturaleza del trabajo está cambiando. Alguno de los datos más interesantes en los que apoyaba la tesis eran:

-        En 2012 había más de 230 millones de trabajadores en tareas de corte intelectual.

-        En los años venideros, se prevé una progresiva automatización de estas tareas, en proceso análogo al vivido con trabajos más mecánicos, gracias a la irrupción de tecnologías como Siri en la gestión de incidencias con clientes o búsqueda de información, por ejemplo.

-        El informe acaba con una estimación de probabilidades, para diversas profesiones, de que la automatización conlleve pérdidas de puestos de trabajo:

Gráfica 1: Probabilidad de reducción de empleos por automatización

para los próximos años:

 

Estos datos se pueden sumar a los que nos gusta utilizar en nuestras sesiones para mostrar la paradoja de la gran elasticidad en la productividad de personas con similares salarios y contenidos de trabajo. La productividad del 1% mejor contra la productividad media se muestra en la gráfica 2. La productividad del 1% mejor contra el 1% peor se muestra en la gráfica 3. Las diferencias van del 50% al infinito…

Gráfica 2: Productividades del 1% superior frente a la media

 

Gráfica 3: Productividades del 1% superior vs el 1% inferior

 

La conclusión de McKinsey no tiene vuelta de hoja: la naturaleza del trabajo va a cambiar…  y a gran velocidad. Para que el cambio permita a los individuos volar alto en este mundo cambiante del trabajo se precisa conocer las raíces de las que venimos. Hablar de raíces en este contexto es tornar la mirada a lo esencial, a aquello que tiene un carácter cuasi-inmutable.

Lo esencial en el mundo cambiante del trabajo es el talento. Nos gusta definir el talento como la capacidad de la que dispone alguien para el ejercicio brillante de algo. Capacidad que requiere ponerse en valor…

Así pues, ¿cuáles son los elementos que integran el talento? Hemos visto que es una realidad dual, fruto de condiciones previas (heredadas) y de aquello que hemos construido “encima”. Trasladado al trabajo, podríamos decir que es una combinación de dos variables: fruto de nuestro trabajo y nuestra educación, habremos adquirido una serie de conocimientos y habilidades, a sumar a nuestras condiciones naturales o más claramente heredadas. A esa variable (conocimientos/habilidades) se le une una segunda: la actitud, la disposición con la que afrontamos nuestro trabajo, las relaciones, los retos, el aprendizaje, etc.

Arquímedes afirmaba convencido: “Dadme un punto de apoyo sólido y moveré el mundo”. Usando su metáfora, podemos ver que la fuerza que aplicamos para “levantar” nuestro trabajo, nuestro desarrollo profesional, es equivalente a las habilidades y los conocimientos que tengamos… Pero poco vamos a poder levantar, no importa la fuerza que apliquemos, si no contamos con el apoyo sólido de una actitud, de una disposición que active la magia de lo humano. Las actitudes son el fermento de la masa que son los conocimientos y las competencias. El conocimiento no es poder, es potencial poder. La ejecución, a través de las actitudes, siempre le acaba ganando la partida a los conocimientos.

Desgranaremos estos elementos en los siguientes artículos.

Gráfica 4: La “Palanca” del Talento

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