Molotov, el burócrata a la sombra de Stalin

Es muy triste que haya habido tantas víctimas inocentes, pero yo duermo tranquilo”. Vyacheslav Molotov, 1986.

En 1940, mientras Europa sucumbía a la Blitzkrieg de Hitler, los aviones rusos aprovechaban la alianza Molotov-Ribbentrop para bombardear Finlandia impunemente. El pacifismo bolchevique, que había retirado a Rusia de la Primera Guerra Mundial, había dado paso al expansionismo militar. Hasta tal punto el fin justificaba los medios, que el 31 de agosto de 1939 el ministro de Asuntos Exteriores de la URSS, Vyacheslav Molotov, retransmitía a todo el país uno de los mensajes más sorprendentes de la Historia: los bolcheviques habían firmado un pacto de no agresión con los nazis…

Ese pacto, llamado Molotov-Ribbentrop por sus ministros firmantes, no sólo implicó la repartición de Polonia y los países bálticos entre Rusia y Alemania: también dio vía libre al régimen comunista para invadir Finlandia. Y es precisamente ahí donde se inmortalizaría el apodo del más fiel de los colaboradores de Stalin.

En un alarde de cinismo, Molotov afirmaría ante el mundo que los aviones soviéticos no lanzaban bombas, sino alimentos, a la población hambrienta. Los finlandeses, irónicamente, llamaban a esas bombas “las cestas de pan de Molotov”. Y pasaron a acompañarlas con su propia “bebida”, que lanzaban en agradecimiento a los tanques rusos: los cócteles Molotov.

El nombre del ministro de Exteriores más conocido del período soviético también tiene su historia: significa “Martillo”, o “Hecho de acero”. Y se lo impusieron Lenin y Stalin cuando juntos preparaban la Revolución, años después de que comenzase su relación en el diario Pravda, principal medio de comunicación bolchevique fundado por el propio Molotov.

Cuando su fundador falleció a los 96 años, en el no tan lejano 1986, ninguna noticia fue publicada en sus páginas. El otrora todopoderoso oligarca había caído en desgracia años atrás, aunque al contrario que sucedió con otros, eso no desembocó en su ejecución. Vivió sus últimas décadas en un retiro dorado.

¿La razón de su caída? Su fidelidad a Stalin. La defensa a ultranza del genocida europeo que desangró Rusia hasta 1953. Y aquí llegamos a un punto esencial en la psicología de nuestro personaje: poco antes de morir, en una entrevista, Molotov alzaba su copa de vino para dedicar un brindis a Stalin, el hombre más importante de su vida, al cual adoraba aún décadas después de su muerte y condena póstuma del partido que había dirigido. Volvía a alzar la mano por Lenin, quien después de ascenderle hasta los puestos más elevados del partido lo acabaría criticando duramente por su excesivo burocratismo. Y, finalmente, un tercer brindis: por el amor de su vida, Polina.

Ese fue el orden. El orden de importancia de un hombre enamorado, pero también profundamente ideologizado. Porque es mucha la violencia que hay que ejercer sobre uno mismo para obedecer antes a la organización que a lo que más se ama. Las ideologías, como el dinero, siempre han sido un buen narcótico de la conciencia. Y eso, acallar la conciencia, es exactamente lo que tuvo que hacer Molotov pocos años después de terminar la Guerra Mundial, cuando Stalin acusó a su mujer Polina de ser una agente sionista al servicio de Israel.

Al parecer, en la primera visita de Estado que realizó Golda Meier a la URSS, tras su nombramiento como Primera Ministra de Israel, solicitó una audiencia privada con la mujer de Molotov. Stalin se enteró y lanzó la acusación en el Consejo de Ministros. Molotov palideció, pero no alzó la voz en contra: se abstuvo en la votación. Polina, tras pasar un año en la cárcel de Lubyanka, sufrió un cautiverio de tres años en Siberia, hasta que la muerte de Stalin conllevó su liberación.

El sufrimiento de Molotov fue muy grande, culpándose de no haber podido evitarle ese trago a su mujer. Él, que había sido tantos años el número dos de Stalin. Él, que había estado a su lado en la celebración del Día de la Victoria, en la tribuna de la Plaza Roja. Él, que había firmado más órdenes de ejecución que el propio Stalin durante la Gran Purga del Partido. Él, con quien Stalin se abría completamente y gozaba de plena autonomía en las negociaciones con potencias extranjeras… ¿Dónde estaba su poder ahora, que no era capaz ni de proteger a su mujer?

Molotov estaba siendo víctima de lo que tantos otros habían sufrido antes: la pérdida del favor de Stalin sin motivo aparente. La consecuencia de una incapacidad patológica de confiar en nadie y de confundir la realidad con una imaginación enferma. Algo que los dos oligarcas tenían en común, y que les resultó terriblemente útil en los juegos de poder que protagonizaron durante años.

El último juego de poder, sin embargo, no salió tan bien para Molotov. La muerte de Stalin, providencial para su supervivencia, le devolvió la cartera de Exteriores que tantos años había ejercido, así como un lugar preminente en el círculo de poder del nuevo Presidente, Malenkov. Este decidió formar un triunvirato con Beria (el Himmler de Stalin, fundador de lo que más adelante se convertiría en el KGB) y el propio Molotov; hasta que las corrientes de influencia fueron abriendo camino para Nikita Khrushchev, enemigo acérrimo de Beria. En un alarde más de cinismo, Malenkov y Molotov entregaron a su amigo para que Khrushchev lo sentenciara a muerte, y le dieron a éste el poder. Molotov había aprendido bien de Stalin. Pero no estaba preparado para lo que vino después. 

Khrushchev, ante la sorpresa de propios y extraños, inició un proceso de desestalinización, denunciando a su antiguo mentor como culpable de la Gran Purga y de los primeros años de derrotas en la Segunda Guerra Mundial. Molotov, a pesar de que había dejado que su mujer fuese condenada injustamente, no tragó con la demonización de Stalin. Llamativa reacción de fidelidad a un muerto en alguien que había condenado a amigos suyos al pelotón de fusilamiento.

Quizá se veía frente a frente con sus crímenes. Con sus víctimas. Y la defenestración de su mentor la veía también como un juicio a su propia vida, al sentido que había decidido darle a toda su existencia. Stalin encarnaba para él la Revolución, y todo debía subordinarse a él. Incluso el amor. Si ahora el Partido juzgaba a Stalin como enemigo de la Revolución, el sentido de todas sus acciones se tambaleaba. Así que defenderle no era solo cuestión de lealtad: era una necesidad de defenderse de sus fantasmas, de sus miedos, de su propia conciencia que, aletargada por tanta deshumanización, tal vez ahora despertaba, al fin, para mostrarle el horror de sus acciones.

Nunca pidió perdón. Nunca cedió en su defensa de Stalin. Y, misteriosamente, se libraría del destino de tantos otros que se habían opuesto al poder del Partido: sobreviviría a todos, irredento y profundamente decepcionado por la lenta pero inexorable apertura que culminaría en Gorbachov.

Por Luis Huete y Javier García