María Moliner y el diccionario jovial

Las horas pasaban demasiado lentas en la biblioteca municipal, su aburrido destierro en Madrid. El precio de estar un poco más cerca de su marido Fernando, que no ha dejado de dar tumbos por España desde el final de la Guerra Civil.

Sabe que ese destino es en buena medida consecuencia de llevar una etiqueta de “roja” para el Ministerio. ¿La razón? Su involucración, en tiempos de la República, en el proyecto de bibliotecas rurales de Valencia y en la Escuela Cosío, que abrazaba los principios educativos de Ferrer Guardia.

Era un coste que había asumido hacía tiempo. Como asumiría más adelante el sacrificio (a ojos del resto) de acompañar a su marido en los penosos años de ceguera que precedieron a su muerte. Cuesta entender el sacrificio cuando no se entienden o se sienten las razones profundas para afrontarlo…

Amaba tiernamente a su marido, y desde niña se había acostumbrado, ¡bendito hábito!, a mirar las cosas en toda su positividad. Herencia, seguramente, del abandono temprano de su padre y de la necesidad de asumir el rol de cuidadora de su madre. Su mayor e injusta responsabilidad, paradójicamente, se convirtió en su mayor descanso; cada sonrisa que provocase en su rostro, cada risa que se le escapase, era un nuevo motivo de peso para reconocer la positividad de la existencia.

Su marido se había enamorado de esa jovialidad, de ese punto aparentemente ingenuo que le llevaba a mirar todo en positivo. Ese hábito, una vez más, saldría a su rescate de una forma genial e inesperada, haciendo florecer toda su creatividad en el entorno más aburrido que se pudiese imaginar: los altos y vacíos pasillos de esa biblioteca.

Fue en esas estancias donde brotó en ella el proyecto de su vida: un diccionario para la Lengua Española. Pero no uno cualquiera: el que desde entonces se fue adoptando en todas las escuelas del país. El Diccionario de María Moliner.

Amante de la lengua, durante toda su vida se había visto parcialmente decepcionada por los diccionarios de consulta habituales. Ninguno tenía aquello que realmente necesitaba un usuario común como podía ser ella…

Así, la aparente maldición de un lugar de trabajo que para nada apelaba a sus mejores dones, fue el contexto perfecto para iniciar la obra maestra de su vida. En ese diccionario, comentarían muchos filólogos después, se redefinían las palabras. Eran definiciones de nueva planta, que partían de cero basadas en una estructura ideada por la propia autora, de una creatividad increíble. Amenas y hasta divertidas definiciones que nos hablan de María Moliner como si en lugar de un diccionario hubiese escrito una novela autobiográfica.

En lo que parecía el ocaso de su vida académica, desterrada en Madrid, pequeños milagros y un duro y apasionante trabajo permiten en 1966 la publicación oficial del gran diccionario de las últimas décadas. La mujer que tanto prometía en la Universidad (primer Premio Extraordinario femenino, 6ª mujer en la historia en entrar en el cuerpo de archiveros y bibliotecarios del Ejército), tras el ostracismo forzado de la Postguerra, resurgía inesperadamente en la edad adulta con una obra magnánima, preciosa, testigo de una autora amante de la vida y de las letras; de una mujer sabia y buena que nunca dejó de abrazar la realidad, por dolorosa que fuese, y extraer un punto de belleza y de positividad inesperado.