Los valores humanos en la tarea directiva

Los directivos son personas, trabajan con personas y sirven a un mercado que son personas. Los valores permiten trascender el corto plazo  y el egocentrismo al que la naturaleza humana muchas veces nos predispone. Por ello, y es la tesis de este artículo, los valores son una pieza esencial en el mantenimiento y la mejora del ecosistema humano. Cuando los valores van a más en la sociedad, la convivencia se mejora y la civilización progresa.

Como es obvio, la gestión empresarial no puede dejar de ser sensible y de entender la forma en la que funcionamos las personas; el ecosistema social en el que se mueve. Si lo humano se integrase mejor en lo empresarial haríamos que simultáneamente mejorasen los negocios y las personas. Por eso es tan importante que quien tenga poder tenga también valores.

Las personas vivimos en una realidad que es la que es, pero que a la vez es interpretada por cada uno de nosotros de acuerdo con nuestras categorías mentales. Todos tenemos una parte del cerebro que hace de intérprete del mundo que nos rodea. El intérprete que llevamos encima básicamente se encarga de proporcionarnos cómos, por qués y para qués.

La mayor parte de las veces las interpretaciones están mucho más basadas en ilusiones y conjeturas que en la realidad en sí. Es decir, tendemos a ver y a interpretar las cosas de acuerdo con las creencias que ya teníamos con anterioridad, muchas de las cuales son parcial o totalmente falsas.

El problema, o la gran esperanza dependiendo de cómo se use, es que la interpretación, no tanto la realidad, es la que dispara las emociones en las que vivimos las personas y la calidad de las decisiones que tomamos.

Las emociones influyen en la calidad de las decisiones. La razón está en que el corazón y la cabeza se influyen íntimamente. Emociones intensas, incluso las positivas, aunque en mucha menor medida que las negativas, suelen ser las culpables de las decisiones más disfuncionales.

Las emociones negativas nos suelen predisponer a decisiones muy pobres. Sobre todo las que son muy intensas. Por ejemplo, la ira predispone al ataque indiscriminado a los demás. La tristeza, a encerrarse en uno mismo. La inseguridad y su pariente, el miedo, nos predisponen a no enfrentarnos a las dificultades y a adoptar una actitud pasiva.

Por el contrario, las emociones positivas favorecen que se tomen decisiones más funcionales, más inteligentes. Así, por ejemplo, la curiosidad fomenta la experimentación; la emoción de la alegría favorece el disfrute de las cosas ordinarias y por tanto la motivación para hacerlas mejor; el sentimiento del amor, por último, predispone a la generosidad y al servicio.

El intérprete, por tanto, traduce la realidad enriqueciéndola o empobreciéndola y disparando emociones que a su vez influyen en la calidad de las decisiones que se toman. El intérprete, si hubiera una total ausencia de valores, vería la realidad sólo en clave del interés personal de corto plazo con ausencia de consideraciones que permitan integrar los intereses de los demás, y los propios de largo plazo, en la toma de decisiones.

El intérprete no es imparcial. La labor que hace, empobrecer o enriquecer, depende de la calidad de las creencias que se atesoran. Las creencias son verdades subjetivas; por así decirlo son el diccionario con el que el intérprete traduce la realidad. Un diccionario sin valores sólo tendría palabras relativas al interés personal de corto plazo. Un diccionario con valores es mucho más completo y permite interpretar la realidad mucho mejor.

Por tanto, los valores son un aseguramiento de que las creencias con las que se interpreta la realidad son acertadas desde el punto de vista de la convivencia y el progreso. Por todo ello, además, los valores fomentan los estados emocionales buenos y la toma de decisiones inteligentes.

A los directivos no les basta la competencia profesional para hacer bien su trabajo. A ésta han de sumar un buen expediente de valores humanos. Los dos términos, competencia y valores, se complementan y se refuerzan. Cuando coexisten el resultado es espléndido: un directivo resolutivo, con temple, visión, carisma y vocación de servicio. 

Los valores, cuando se expresan en decisiones, se convierten en virtudes a través de la repetición. Las virtudes hacen que el bien de uno y el bien de los demás sean más visibles en la sociedad.