Los juegos de poder en Juego de Tronos (y VI): El poder de los sin poder

“Nosotros somos los muchos. Vosotros los pocos. Y cuando los muchos dejan de temer a los pocos…”

El Gorrión Supremo a Lady Olenna Tyrrell. Diálogo de la 5ª temporada.

George RR Martin es hijo de su tiempo. Hijo orgulloso, de hecho. Gran admirador de Tolkien, se distancia de éste al afirmar que en su propia obra no están tan claros los límites del bien y del mal. Es una obra netamente postmoderna en ese sentido.

Pero hay un punto de indudable valor ético en el que se posiciona claramente: los efectos de la guerra en los más débiles. De joven, el autor vivió las duras consecuencias de la Guerra de Vietnam, que a diferencia de las Guerras Mundiales (la referencia para Tolkien) no tenía buenos y malos claros. Sólo era nítido un aspecto: el destrozo en la población local y en los propios combatientes, que no sabían ni por qué luchaban. Situación que recuerda demasiado a la que Jesús de Nazaret describía de su época: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder.

La guerra en el mundo de Juego de Tronos recuerda por tanto a los conflictos en Indochina: grandes jugadores con sus intereses que sacrifican peones sin que su causa parezca ir más allá de la ambición o la venganza. Y quienes más sufren son los más débiles… Que se convierten así en pasto de intereses inconfesables y de buenas dosis de fanatismo y dogmatismo ideológico.

No es de extrañar que Juegos de Tronos sea la serie favorita de los líderes de “fuera del sistema” como Pablo Iglesias, que identifica las grandes casas de Poniente con los corruptos partidos, empresas e instituciones que detentan el poder en Occidente.

George RR Martin parece posicionarse a favor de los débiles, pero a través de un movimiento fanático: la “Fe Militante” liderada por el Gorrión Supremo, religioso que recuerda mucho a Savonarola, el predicador dominico azote de los lujos, confesor de la casa Médici, y organizador de las célebres hogueras de la vanidad. Este movimiento muestra cómo un descontento e indignación plenamente justificados pueden ser pasto de manipulaciones y violencias que, lejos de frenar la espiral, la agudizan y degradan a las personas que en ellas participan.

No sabemos cómo terminará su historia. Lo que sí está claro (tanto en su mundo como en el nuestro) es que las respuestas excluyentes y basadas en la confrontación, en el maniqueísmo miope de buenos y malos, no bastan para superar los retos y conflictos de ninguna sociedad; y que en el mejor de los casos suponen una descomunal pérdida de tiempo y de energías.   

Hace falta un marco y un proceso que permita integrar aparentes contrarios dentro de un proyecto de construcción común, junto al otro y no en su contra. Lo peor que les puede pasar a los “débiles” es que sus injusticias sean utilizadas por personas cuya ideología ciegue la visión de un bien común integrador y cuya dinámica personal diste mucho de su mejor versión.

La Guerra de la Rosa, inspiración de George RR Martin para el enfrentamiento entre las casas Stark y Lannister, finalizó con la unión de ambos contendientes en un matrimonio que generaría una nueva dinastía: la Orange. Y seguramente muchos problemas actuales (en la política, en la familia, en la empresa) tendrían mucho mejor solución si se buscara ante todo un marco y un proceso integrador, con un deseo común de construir. 

Sólo así se pueden superar las injusticias cometidas, para remediarlas antes que vengarlas. El futuro, si se aprende del pasado, puede ser más justo y progresista para todos. Para que la dinámica de integración funcione hace falta una importante dosis de magnanimidad que solo las personas en su mejor versión son capaces de dar. Y este es el problema: el poder tiende a atraer a personas que no se mueven en su mejor versión e incluso en el uso del poder fomenta en muchos los peores instintos y los intereses más excluyentes. 

Quizá por eso siempre nos ha inspirado esta solución que apuntó Jesús de Nazaret: “Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos».

La gran lección que nos gustaría extraer de Juego de Tronos es precisamente que la inteligencia, cuando se transforma en generosidad, construye más de lo que los instintos primarios y los intereses bastardos son capaces de destruir. 

Por Luis Huete y Javier García