Los juegos de poder en Juego de Tronos (V): ¿El fin justifica los medios?

Daenerys Targaryen es la aspirante al trono de la familia que gobernó Occidente los últimos siglos, antes de la rebelión de Robert Baratheon. Recuerda mucho a la figura de Anastasia Romanov, la princesa “perdida” de la familia real rusa.

Exiliada en el Este, Daenerys y su hermano van peregrinando de una ciudad a otra hasta que un mercader poderoso, gran amigo de Varys, les acoge en su casa y ofrece a la pequeña Targaryen en matrimonio al cacique de la horda Dothraki, pueblo muy semejante a los hunos de Mongolia.

A partir de ese punto la vida de Daenerys vira radicalmente. La otrora débil niña se convierte en una orgullosa líder Dothraki, respetada y amada por su nuevo pueblo, hasta que todo se tuerce y tienen que comenzar una nueva peregrinación. Pero esta vez con tres crías de dragón recién nacidas, que se convertirán pronto en objeto de deseo de todo agente de poder que se cruza Daenerys en su camino.

La historia de cómo esta niña va afrontando todas las dificultades que salen a su encuentro, manteniendo esa humanidad que la caracteriza, es fascinante. Porque en sus manos tiene el arma más poderosa de todo Occidente, que puede otorgarle un poder supremo, y la ansiada venganza contra los enemigos de su familia. Sin embargo, suceden dos cosas importantísimas: se fía de las personas que mejor juicio tienen y encuentra un ideal por el que merece la pena luchar, mucho más noble y bello que el de la venganza. Tras conseguir un ejército, Daenerys se convierte en la liberadora de los esclavos de la conocida como Bahía de los Esclavos. Las ciudades de la zona, que viven de ese comercio, la odian pero no pueden detener su avance.

En un momento clave, Daenerys toma la decisión de quedarse en una ciudad, Meereen, para “aprender a reinar”. Labor complicadísima desde el principio, que se agrava por el auge de un movimiento revolucionario que quiere devolver a la ciudad a su estado anterior. En los momentos de mayor dificultad siente la tentación de abandonar la ciudad o de quemarla hasta los cimientos con sus dragones; pero no quiere abandonar a aquellos que ha liberado y que si abandona serían devueltos a su condición servil; y escucha a sus consejeros, que le hablan de cómo hasta el más justificado acto de crueldad o de venganza, deja una influencia nociva en el corazón de quien lo comete. Lo que separó a su padre, el rey Loco, de ser un gran rey, fue dejarse llevar por una decisión fácil tras otra, pensando que el fin (el sostenimiento de su reinado y de la paz) justificaba cualquier medio (asesinatos, traiciones, excesos y crueldad).

Es una lección que va aprendiendo Daenerys, aunque siempre está a un paso del precipicio: gobernar con poder tan absoluto no permite ningún tipo de relajación en la forma de ejercerlo. Siempre está a una decisión de justificar el auge de la violencia por un bien mayor. Hay líneas que todo gobernante debería respetar. No sólo porque sea lo correcto; sino sobre todo por la huella que pueden dejar en el corazón, huella que puede tardar poco o mucho en mostrarse, pero que siempre influirá en qué tipo de persona llega a ser quien ejerce el poder.

La huella de las decisiones genera hábitos, los hábitos conforman el carácter y éste el destino de las personas. Quien juegue al “fin justifica los medios” no le debería extrañar el ver cómo su carácter se desliza hacia una forma leve de psicopatía que no le traerá nada necesariamente bueno. El poder enferma cuando se ejerce de esa manera.  

Por Luis Huete y Javier García