Los juegos de poder en Juego de Tronos (IV): "For the Watch"

(Contiene "spoilers" de la quinta temporada)

Si a los que seguimos la serie nos preguntan por un momento chocante de la última temporada, seguramente pensemos en la última escena: la de quien parecía el protagonista oficial de la saga tendido en el suelo, la mirada perdida y un reguero de sangre tiñendo la nieve que le rodea.

Después de recuperarnos del shock, empezamos a preguntarnos qué ha pasado. ¿Cómo es posible que el único personaje bueno de toda la serie, que parece preocuparse por el verdadero problema que amenaza a la Humanidad (los Caminantes Blancos) acabe asesinado por sus propios hermanos juramentados? ¿Qué nos hemos perdido?

Lo mismo que se perdió Julio César antes de llegar a los Idus de marzo. Porque la escena final de la quinta temporada no se parece tanto a la muerte del dictador romano por casualidad. Julio César había unificado y expandido Roma como nadie antes había podido soñar, y acababa sus días traicionado por sus senadores y por su hijo adoptivo, Bruto. De igual forma, Jon Snow muere apuñalado por la mayor parte de la Guardia Noche que lidera, y la puñalada de gracia se la da el chaval al que había adoptado como asistente y a quien había tratado como a un hijo.

Es un final desgarrador, que genera impotencia: todo lo que ha hecho Jon ha sido para salvaguardar la Guardia, y por ende todo el reino, de los peligros que acechan más allá del Muro. Igual que Julio César creyó firmemente en que todo lo que hacía era para la gloria de Roma.

Pero descuidaron a aquellos que les eran más cercanos, dando por supuesta su lealtad. Era consciente de que les pedía mucho, pero al poner foco en su “gran visión” no se detuvo a tejer una mejor relación con sus hombres ni a entender qué les movía.

Porque lo que había que hacer estaba claro: permitir que todo un ejército de hombres salvajes, que hasta unos días antes habían luchado contra la Guardia de la Noche (los hombres de Jon que custodian el Norte), traspasen el Muro para evitar que se conviertan en miembros del ejército de Caminantes Blancos (zombies) que amenazan a todos los vivos.

Los salvajes llevan siglos luchando contra la Guardia, intentando atravesar el Muro, y los compañeros de Jon han olvidado ya su verdadero cometido. Piensan que los enemigos son los hombres salvajes. Y ahora no comprenden por qué su Comandante va a dejar pasar a todo un ejército de enemigos. Solo unos pocos han visto a los Caminantes Blancos, así que la inmensa mayoría piensan que Jon tiene otras ambiciones, que les está traicionando.

 En el momento de su muerte, nuestro protagonista comprende tarde que no ha hecho lo posible por explicar sus motivaciones ni sus decisiones tácticas. Que probablemente ha faltado cercanía con los suyos, obsesionado como estaba por hacer lo correcto y ejecutar su visión centrada en el bien común. Un líder no puede dejar de trabajar en hacer de su grupo un equipo de creyentes con sentido de pertenencia al grupo y a la causa común. Y ha de estar atento a los signos que indican cuándo una decisión está debilitando la certeza o el sentido de pertenencia de los miembros de sus equipos.

Pero un buen líder también debe estar dispuesto a arriesgarlo todo si, pese a sus esfuerzos, la decisión que en un juicio ponderado considera justa no la comparten algunas personas claves de su equipo. En ese caso, debe tomar otras medidas, como debilitar la oposición que pueda poner en peligro su proyecto.

En el caso de Jon, quizá habría bastado con haberse llevado a su segundo (y principal opositor) al otro lado del Muro, a la expedición en la que se enfrentaron a los Caminantes Blancos. O rodearse de aquellos que le eran completamente leales. Pero nunca suponer que por tener la razón y los motivos más honestos, estaba a salvo de las deslealtades y el juego sucio de sus hombres más cercanos. También en esas ocasiones hay que saber jugar el juego del poder.

Por Luis Huete y Javier García