La voz de Helen Keller

“No son mi ceguera o mi sordera la causa de mis horas más oscuras. Es la profunda frustración por no poder hablar de forma normal. Pienso en todo el bien que podría haber hecho si tan sólo hubiese adquirido la capacidad del habla. Pero gracias a esta dolorosa experiencia puedo entender mejor todos los esfuerzos humanos, todas las ambiciones del hombre, y su inagotable esperanza. Helen Keller, entrevistada en sus últimos años de vida.

Anne Sullivan. Su enfermera desde los seis años. Ningún monumento público la recordaría. Tampoco se instauraría un día para conmemorar su contribución al mundo. Es más, algunos seguirían recordándola con un punto de sospecha, de juicio, de condescendencia. “Anne, sí, una gran mujer. Cuánto ayudó al campo de la educación especial… Lástima de sus inclinaciones políticas

Helen se retorcía al pensar que esas palabras podían estar formándose en ese mismo instante, ante su modesto ataúd, en las mentes de algunos de los presentes… Palabras que ella nunca habría aprendido sin esa mujer. Su amiga, Anne Sullivan. 

Recordaba perfectamente cómo la recibió en casa, hace tantos años, cuando Anne era una jovencísima enfermera y Helen una niña de 6 años sin ningún tipo de control sobre sus actos. En la primera comida, Anne intentó que comiera con cubiertos… Helen reaccionó dándole un codazo.

Mucho tiempo después Anne le contaría las discusiones con su padre, el capitán, quien ya había tirado la toalla con Helen. Para él, su hija podía equipararse a un perrito, a quien se debe domesticar, pero sin esperanzas de establecer una comunicación “humana”, un diálogo. Un perrito a quien había que enseñar modales e intentar que no destrozase el rico mobiliario de la casa. Cómo fue cambiando según avanzaba Anne en su terapia con Helen… 

Una lección que nunca olvidaría de aquellos años fue la fortísima conexión entre hábito y recompensa. Fue lo primero que chocó a Anne al llegar: cuando Helen entraba en cólera y comenzaba a destrozar lo que tuviese a su alcance, sus padres le daban un caramelo para calmarla… Reacción comprensible, pero que sin pretenderlo ellos había establecido una conexión sencilla en la memoria de Helen: si quiero un caramelo, basta con que desate un vendaval de golpes a mi alrededor…Sin lugar a dudas esos aprendizajes negativos eran una fuente de disfuncionalidad en la conducta. 

Se sonreía al imaginar a la pobre Anne, recién salida del Instituto Perkins, con su proceso avanzado de ceguera y sus inexistentes credenciales, intentando hacer entender a sus padres que estaban educando mal a su hija… Pero la desesperación es una fuerte aliada de la determinación para cambiar, y al final se amoldarían a las peticiones de su tutora, la señorita Sullivan. 

Pasaron meses de aridez, de duro trabajo de Anne, que con una paciencia infinita deletreaba a Helen cada palabra de la realidad que tocaba a Helen, para intentar establecer una conexión… El cerebro de Helen, bien desarrollado, sólo necesitaba un momento “¡eureka!”, una luz que le hiciese comprender que todas las realidades que tocaba, olía; todas las ideas que afloraban en su mente pero que no sabía expresar de ninguna forma… todo eso tenía un nombre, existía una palabra para designarlo.

Anne necesitaba que esa niña de 6 años entendiese que lo que deletreaba en su mano eran palabras que designaban realidades, y que conociendo esas palabras una niña ciega y sorda podía ver y podía escuchar… y podría entonces hablar. 

Ya era casi un hito histórico cómo se produjo ese momento. El instante en que se hizo la luz en su cabeza, en que comprendió que las cosas tenían nombre, y que ese nombre se podía expresar… La fría corriente de agua que Anne bombeaba y que recorría sus manos… Sólo en ese instante recordó cómo siempre que bebía, o que se mojaba en algún lago, o que tiraba al suelo la jarra de agua, Anne marcaba en sus manos esos símbolos extraños formados con sus dedos: W-A-T-E-R. Y de repente lo relacionó todo. Ese líquido frío y que saciaba su sed, que humedecía sus manos en ese mismo instante, tenía un nombre. Un nombre que se expresaba con una palabra. Una palabra formada por letras… 

Desde aquel instante nunca se separaría de Anne, la mujer que la rescató de la oscuridad de la incomunicación. Muchos años después del momento que cambió su vida, gracias a la relación con su amiga, a la constatación de todo el bien que su historia había generado en tantas personas incapacitadas, Helen había podido pronunciar la frase que ahora venía a su memoria:

«En estos oscuros y silenciosos años, Dios ha estado utilizando mi vida para un propósito que no conozco, pero un día lo entenderé y entonces estaré satisfecha.»

Ante el féretro de su amiga, se repetía esas sencillas y esperanzadas palabras. La vida de Anne había sido el mayor regalo imaginable para su vida; y ahora sólo deseaba poder contar mejor su historia. Poder proclamar a los cuatro vientos la inmensa diferencia que puede introducir en el mundo una persona que sabe para qué ha nacido y que pone todo su empeño en que su presencia haga mejor a los demás.