La venganza de Fidel

La tiranía ha sido derrocada. La alegría es inmensa. Y sin embargo, queda mucho por hacer todavía. No nos engañamos creyendo que en lo adelante todo será fácil; quizás en lo adelante todo sea más difícil. Decir la verdad es el primer deber de todo revolucionario. Engañar al pueblo, despertarle engañosas ilusiones, siempre traería las peores consecuencias, y estimo que al pueblo hay que alertarlo contra el exceso de optimismo.” Discurso de Fidel Castro en su llegada a La Habana tras el éxito de la Revolución, el 8 de enero de 1959.

La revolución de Castro, fábrica de iconos como ha habido pocas: el Che Guevara, el propio Castro, el asalto al cuartel Moncada… Una revolución que perpetuó a los hermanos Castro en el poder y de la cual aún no hemos visto el final. Por tanto, muchos datos aún están por revelarse sobre lo que ha sucedido en Cuba en estos más de 50 años de régimen castrista; aunque las imágenes cotidianas que nos llegan hablan por sí solas.

Desde luego, medio siglo de Historia cubana nos proporciona algunos puntos interesantes para reflexionar. No sólo sobre el papel de la ideología en la configuración de una visión de la realidad, tema que hemos tocado mucho en los últimos artículos; sino más bien del papel del contexto en el devenir de la Historia. Nos gusta afirmar que más que cambiar a las personas lo que resulta más eficaz es cambiar el contexto en el que se desenvuelven las personas. En el caso de la Cuba de Fidel nos parece que muchas de sus realidades se han conformado más por la torpeza de algunos que por la brillantez de los planes de otros.

Porque la revolución castrista tenía todas las de perder. Una firme candidata a nacer muerta. Un puñado de guerrilleros jóvenes, en medio de la jungla de Sierra Madre en Cuba, escapando como podían al cerco del Ejército. Corría el año 1956, y los Castro y el Che, recién salidos de la universidad, representaban el último vestigio de resistencia contra el régimen del general Batista. Dos años después, sin embargo, en la mañana de Año Nuevo de 1959, Batista abandonaba Cuba y Fidel Castro se convertía en Primer Ministro. En buena medida porque muchos militares, hartos del régimen corrupto, pensaron que quizá estos jóvenes idealistas aportarían algo distinto al gobierno del país.

En aquel momento EEUU y el resto de la comunidad internacional no veían del todo mal el cambio de régimen. Hasta tal punto que la primera gira internacional de Castro fue por Estados Unidos: las universidades de Harvard y Princeton, Nueva York, algunas figuras relevantes de la sociedad americana… Pero no el presidente Eisenhower, que envió al vicepresidente Richard Nixon al tiempo que excusaba su ausencia: tenía una partida de golf.

Castro, tras sus apariencias guerrilleras, distaba mucho de ser un cualquiera: premio extraordinario de acceso a la universidad, familia acomodada hecha a sí misma, representante estudiantil… y luego revolucionario, cuando se convenció de que nadie haría nada por destronar a Batista.

Tampoco era un hipócrita como Stalin: la primera propiedad que expropió para el Estado cuando promulgó la primera ley agraria fue la explotación de sus padres. El esfuerzo de toda una vida, la herencia que iban a dejar a su familia. Los Castro habían estado dispuestos a morir pocos años antes, al inicio de la revuelta, y estos sacrificios eran consecuentes con su entrega al ideal revolucionario.

Pero también desde el principio encontramos indicios de contradicción: uno de los puntos que prometían en sus soflamas desde la jungla era la apertura a procesos democráticos para todos los cargos de gobierno. Esta fue una de las primeras promesas que incumplieron. ¿Preveía ya este tipo de contradicciones Castro al pronunciar el discurso que encabeza estas líneas?

La respuesta seguramente será ambigua: en su triunfo vemos una mezcla de planificación detallada (el asalto al cuartel Moncada estaba meticulosamente preparado) y suerte (no siempre buena: el asalto fracasó porque era noche de Carnaval y en el cuartel pusieron una guardia más de las habituales). Y sucesos inesperados, fruto de la torpeza de algunos o de la conjunción de intereses de muchos.

El ejemplo más claro es el de su definición ideológica. Castro buscó al principio la complicidad de Estados Unidos, dispuesto a pactar con la primera potencia (y vecino) antes que con la URSS. Pero los americanos desconfiaban de su indefinición al hablar de la ideología que le movía; así que comenzaron a enviar panfletos propagandísticos en contra de Castro para espolear la oposición interna. Confiaban estas misiones a cubanos exiliados, muchos adeptos al régimen de Batista, para evitar que se les acusase de intervenir en Cuba. Una de estas misiones, que se realizaban con aviones cargados de octavillas que dejaban caer en las ciudades, tuvo un desafortunado desenlace: dos personas muertas por impacto de las cajas. El discurso de Castro al día siguiente, con un folleto en la mano que le acusaba de comunista, es muy revelador:

“Siempre lo mismo, siempre lo mismo. Siempre lo mismo de Díaz-Lanz y de Urrutia. ¿Acusarnos de comunistas para qué? Acusarnos de comunistas para ganarse el halago y para ganarse el apoyo de la reacción, para ganarse el apoyo de cancillerías extranjeras; presentarse acusando a los compañeros más valiosos de esta Revolución de comunistas. Es decir, acusar a la Revolución de lo mismo que la acusan los latifundistas, de lo mismo que la acusan los criminales de guerra, de lo mismo que la acusan los garroteros, de lo mismo que la acusan los especuladores, de lo mismo que la acusan Trujillo y su emisora desde Santo Domingo, de lo mismo que la acusan los grandes monopolios internacionales.” (Discurso tras la operación del general Díaz-Lanz de arrojar octavillas propagandísticas desde un avión, causando accidentalmente la muerte a dos personas.)

En su siguiente visita a Nueva York, para la cumbre de las Naciones Unidas, la delegación cubana siguió sufriendo el recelo estadounidense: el hotel asignado les desalojó, y tuvieron que encontrar otro lugar de reposo. Lo hallaron en el barrio del Bronx, en un hotel más bien sobrio. Pero lo interesante vino después: el centro neurálgico de algunas de las principales conversaciones se desplazó al hotel de la delegación cubana. Mandatarios como Jrushev, de la URSS, y Nehru de la India, o grandes figuras sociales como Malcom X o el mismo Secretario General de la ONU. Todos fueron visitando a Castro en su humilde hotel del Bronx, permitiéndole ganar una importantísima batalla: la mediática. Son famosas las palabras de Nikita Jrushev tras visitarle: “No sé si Castro es comunista, pero desde luego yo me declaro fidelista.”

¿Era Castro realmente comunista, y estas palabras eran estudiadamente falsas? Tal vez nunca lo sepamos. Aunque sí conocemos la reacción de EEUU: en vísperas de ceder el sillón presidencial a John Fitzgerald Kennedy, el Presidente Eisenhower dejó diseñado un plan de desembarco de tropas opositoras en la Bahía de Cochinos, con el objetivo de desbancar a Castro. Plan que fracasó estrepitosamente, fortaleciendo a Castro como nunca habría imaginado.

Bahía de Cochinos no sólo significó una humillación para EEUU: pareció el empujón definitivo para Castro en su proceso de asunción del comunismo como ideología política. Al día siguiente a la invasión fallida proclamaría:

“Eso es lo que no pueden perdonarnos, que estemos ahí en sus narices ¡y que hayamos hecho una Revolución socialista en las propias narices de Estados Unidos!” (Discurso pronunciado en las exequias de los fallecidos por el bombardeo de Bahía de Cochinos, 16 de abril de 1961.) 

¿Se habría arrojado Castro a los brazos de la URSS si las acciones americanas hubiesen sido otras? ¿O estamos ante los signos evidentes de apego al poder a cualquier precio, justificando el engaño más descarado a sus conciudadanos? Porque en el primer caso, estaríamos ante una chapuza histórica que pudo conducir a la Guerra Nuclear por la famosa crisis de los misiles; y en el segundo caso la figura de Castro sería la de otra víctima de la patología del poder, uno de cuyos rasgos fundamentales es la tendencia a amoldar la realidad a conveniencia, y a recurrir al engaño más descarado para perpetuarse.

O tal vez es una combinación de los dos escenarios, y en el caso de Cuba se juntaron el hambre y las ganas de comer. EEUU ya nos tiene acostumbrados a sus enormes desaciertos en política exterior que en el caso de Cuba es muy probable que acabaran ayudando a Fidel a perpetuarse en el poder.

El caso es que pocos meses después de ver levantarse el embargo sobre productos cubanos con el que EEUU quiso ahogar al régimen castrista, no deja de sorprender la habilidad de un hombre de sobrevivir a su propio icono; de seguir mostrándose como revolucionario tras más de cincuenta años de ejercicio del poder, y con un rédito muy doloroso: la libertad amputada al pueblo cubano, que en cantidades hirientes, casi un 30% de la población de la isla, acabó optando por el exilio del paraíso prometido por Fidel.  Y quedan varias preguntas en el aire: ¿Ha sido Fidel leal con el bien común de su pueblo? ¿Ha cumplido las promesas que hizo nada más alcanzar el poder? ¿Estamos ante otra revolución en la que la habilidad para derrocar lo antiguo ha superado con creces la habilidad para construir algo mejor de los escombros? 

Por Luis Huete y Javier García