La Semana Trágica de Francisco Ferrer Guardia

Su crimen es el de ser republicano, socialista, librepensador; su crimen es haber creado la enseñanza laica en Barcelona, instruido a millares de niños en la moral independiente, su crimen es haber fundado escuelas.” Anatole France, defendiendo en prensa a su amigo y colaborador Ferrer Guardia.

En el salón reina un silencio ensordecedor. Los latidos resuenan, su eco retumbando en las paredes. Vicente Ferrer Guardia sabe que van a ir a por él. Que van a lincharle públicamente, en la calle, durante el juicio, sea cual sea el veredicto.

Deja el periódico sobre la mesa, con la fotografía tomada por el estudiante Eugenio Mesonero Romanos, nieto del escritor Ramón de Mesonero Romanos (¡qué pequeño es el mundo!). Junto a la fotografía se resalta el nombre del principal sospechoso del mayor atentado de la Historia de Madrid. Un nombre demasiado familiar…

España entera estaba conmocionada. Nadie había imaginado que pudiese perpetrarse una barbarie así. Veinticinco muertos, más de cien heridos… Los dos objetivos, el Rey Alfonso XIII y su flamante esposa, salieron milagrosamente ilesos. Los periódicos relataron en los días posteriores a ese fatídico 31 de mayo de 1906 que Mateo Morral, anarquista y bibliotecario de la Escuela Moderna fundada por Ferrer Guardia, había arrojado una bomba de fabricación casera desde el tercer piso de la Casa Ciriaco, en el número 88 de la Calle Mayor, al paso de la comitiva nupcial.

Los mismos periódicos fueron añadiendo detalles conforme avanzaba la investigación. Al parecer, la bomba se ocultaba en un ramo de flores, y que debido a esa circunstancia se habría desviado su trayectoria al enredarse con el cableado del tranvía. Eso salvó a los reyes, pero condenó a muchas de las víctimas civiles…

Cada detalle que iba averiguando Ferrer Guardia le estremecía más. Comulgaba en buena medida con el credo anarquista de su empleado, pero… ¿asesinar a sangre fría? ¿Con tantas víctimas colaterales? Víctimas del pueblo, a quienes Ferrer Guardia tanto deseaba enseñar, educar, para que floreciesen a través del conocimiento…

Por eso había fundado la Escuela Moderna. Como masón convencido que era, creía firmemente en la salvación terrenal a través del conocimiento; en que una vida sin educación era una vida fracasada. En estos principios se basó, desafiando el modelo educativo tradicionalista imperante entonces en España. Introdujo la educación mixta, laica, basada en el desarrollo de la persona. Un esfuerzo titánico por adaptar lo que fue aprendiendo en sus viajes por Europa, para hacer avanzar a su país con la que consideraba la mejor arma posible.

Pero nadie desafía un paradigma incumbente sin granjearse la enemistad de quienes lo encarnan. En España la educación estaba monopolizada por instituciones religiosas, muchas de ellas apoyadas en una firme convicción: el futuro de la sociedad pasaba por formar en la religión católica desde niños al mayor número de ciudadanos. ¿Qué posibilidades podía tener una persona de ser un buen ciudadano y de ganarse el cielo si no era formada en la fe católica desde el principio?

Hemos exagerado la postura, pero no andamos lejos de la mentalidad de entonces, aún presente en muchos… Y no precisamente católicos. Vemos esta postura en todos los planteamientos ideológicos, cuando son llevados al extremo. Todos buscan controlar la educación desde el principio, como principal instrumento para conformar la sociedad a imagen de su visión o de sus intereses.

Ferrer Guardia quiso combatir lo que él entendía  como una educación pobre dominada por una visión ideológica, en este caso la educación católica. Un siglo después, sus principios son esgrimidos por ideologías opuestas a las que combatieron al pedagogo, pero ideologías al fin y al cabo. Por eso merece la pena apartarse un poco, tomar perspectiva, y aprender a distinguir entre una propuesta que engrandece al hombre, que lo enriquece, y una que busca acotarlo, controlarlo; aunque nazca de un deseo genuino de servir, de mejorar la sociedad.

Quienes acusaron 3 años después a Ferrer Guardia de instigar y capitanear la quema de iglesias durante la Semana Trágica en Barcelona no tuvieron reparos en usar falsos testimonios, en manipular los procedimientos, con tal de ver muerto a quien consideraban un enemigo de su ideología.

Al analizar el grado de ideologización de una causa, existe una pregunta primordial, previa a cualquier otra: ¿se ama verdaderamente la libertad, se valora la diversidad? No sólo de palabra (cuánta soflama libertaria inundaba los discursos de Hitler y Stalin y sus muchos acólitos…), sino con las conductas que fomenta en los seguidores de la causa.

Porque, como decíamos, 100 años después vemos a talibanes defendiendo posturas muy parecidas a las que propugnaban los acusadores de Ferrer Guardia; y también vemos a cristianos firmes en su fe pese a crecer en un ambiente completamente hostil; como también vemos a populistas defendiendo la libertad… de pensar como piensan ellos; y escuelas cristianas que no temen afrontar cara a cara con sus alumnos los desafíos que estos plantean en el día a día.

Quizá Ferrer Guardia rumiase estas ideas cuando supo de la actividad terrorista de su exempleado. Quizá entendiese mejor hasta qué punto la batalla decisiva, al final, no está en la pureza de las ideas que se defienden, sino en la apertura de la propia mente a la realidad que es estructuralmente plural, en la honestidad con que se examina el propio corazón, y en el amor con el que se mira incluso a aquellos que por ser distintos nos juzgan y condenan.

Por Luis Huete y Javier García