La prudencia de Rafael del Pino

"Una buena organización es el mejor arma contra el despilfarro, pues no dejará rincones oscuros donde pueda aquel disimularse. Hace casi imposible la existencia de negligencias, ya que éstas son pronto puestas de manifiesto y a la luz del día.” Rafael del Pino, Manual 621 contra el despilfarro (1962).

Vio a lo lejos la iglesia de los Jerónimos, sus escalinatas, tan familiares… Se acordó de los primeros años de Ferrovial, en el ático de la calle Moreto, junto a esa emblemática iglesia de Madrid…

Empezaron a aflorar los recuerdos de los inicios, una corriente demasiado fuerte para resistirse. Su estancia en Alemania, de donde volvería con ideas innovadoras y con una experiencia práctica de la importancia del orden y el rigor en las empresas. La fundación de Ferrovial, gracias a un contrato para cajear traviesas durante 16 años. “Hacer agujeritos en la madera”, le gustaba recordar con una sonrisa.

Era 1952 y España estaba por hacer. Rafael y su equipo no tuvieron miedo de acometer obras complicadas, porque el método, la disciplina y la inteligencia suplían la falta de experiencia. Así pudieron, ya en los 60, hacer proyectos muy distintos a los del inicio: la obra hidráulica de Páramo del Sil, dos tramos del trasvase Tajo-Segura…

Hasta que llegó la obra que les hizo realmente relevantes en España: la autopista Bilbao-Behobia, de las primeras concesiones en España, y además de gran complejidad técnica porque era una autopista de montaña. Volvió a sonreírse al recordar cómo los operarios pasaron a conocerla como la autopista BB… Bilbao-Behobia, pero también Brigitte Bardot…

Una cierta melancolía le asaltó… Siempre echaría de menos las jornadas a pie de obra, con el casco bien ajustado y las botas sucias de polvo. Paseando, saludando, preguntando, abrazando, observado los detalles… Era un oficio bello, y noble. Austero, polvoriento, cansado; pero bello. Había visto plasmarse en el paisaje lo que hasta entonces eran simples garabatos en un trozo de papel. Había contribuido a mejorar las infraestructuras en España como posiblemente nadie había hecho en la historia del país al que tanto amaba.

El día que se firmó el acuerdo de compra de Agromán, lo recordaba bien, estaba ingresado en el hospital. No era cualquier compra: se convertiría en una de las mayores adquisiciones del sector, y nadie en la organización fue ajeno al estado de trepidación de los directivos de la compañía; empezando por su propio presidente, que no quería que la compra de la empresa fundada por un antiguo profesor se convirtiese en la tumba de todos sus esfuerzos. Al día siguiente, a las 8 de la mañana, su hijo Rafael se presentó en la habitación. “Padre, hemos cerrado la venta.” Fue tal su alivio, o coincidencia, que ese mismo día le dieron el alta…

Al recordar el episodio se estremeció, reviviendo la intensidad que supuso. Poco tiempo después Agromán presentaba unos números sólidos y generaba beneficios, ya bien integrada en la organización. Aún se admiraba en el presente…

También se admiraba de otra de las concesiones clave en la historia de la compañía: la autopista 407 de Canadá. Nada auguraba que se la pudiesen adjudicar, enfrentados a tantos contratistas especializados en obras con climatología tan compleja… Y más cuando su socio canadiense se plantó en una financiación insuficiente que obligaba a Ferrovial a endeudarse más de lo que consideraba razonable…

Toda su vida abogando por compañías austeras, con poco nivel de deuda, y en el momento clave tenía que escoger entre mantener ese principio o arriesgar con más deuda. Decidió arriesgarse, y obtuvieron la obra y el prestigio. Desde ese momento se aceleró un proceso de crecimiento internacional con deuda que ni él tenía previsto y que tampoco le hacía sentir indiferente… 

Rafael del Pino Moreno sabía perfectamente que en su caso se habían alineado el trabajo duro y la suerte. Y una organización que desde sus cimientos promovía y aseguraba, en la medida de lo posible, que se aplicasen las mejores herramientas de gestión. Herramientas que, como en el caso del manual contra el despilfarro, se habían adelantado en muchos años a las mejores prácticas del sector. Ahora las escuelas de negocio ofrecían sus cursos de Lean Management, transmitiendo nociones de sentido común que él ya había puesto negro sobre blanco en 1962… Pero con nombres más rimbombantes que despilfarro. Volvió a sonreírse…

Ya había llegado el nuevo milenio. Y sus 80 años.  Al entrar en el salón de actos de Ferrovial, repasó mentalmente lo que iba a decir. “Llevo desde 1952 en esta compañía… Ya es hora de cambiar de oficio, y tengo varias propuestas sobre la mesa que me gustaría aprovechar…” Sí, agradecerían que lo comunicara con ese punto de humor, siendo él mismo hasta el final. “Propondré al Consejo que me sustituya Don Rafael del Pino Calvo-Sotelo.” Mi hijo…

Se preguntó si, pasado el trajín del anuncio y del traspaso de poderes, disfrutaría con su nuevo cometido. El mar era para él un gran imán. Y estaba convencido de que le quedaban años y cosas importantes que hacer. Hablar más con sus hijos. Crear una Fundación que promoviera una sociedad civil cohesionada, colaborativa; unas empresas sanas, que viviesen los principios que había intentado inculcar en Ferrovial, y buenos líderes, tanto en la política como en la empresa.

Soñaba con su nuevo proyecto: una Fundación que extendiese el humanismo, el amor a la libertad y a la iniciativa personal. Y volvió a dar gracias a Dios, por sus casi cincuenta años al frente de Ferrovial y por la oportunidad de dedicar sus últimos años a una labor de servicio a la sociedad que le vio nacer y a la que quería dar sus últimas energías…

Por Luis Huete y Javier García