La paz de Edith Stein

Yo me sé sostenida, y este sostén me da calma y seguridad. Ciertamente no es la confianza segura de sí misma del hombre que, con su propia fuerza, se mantiene de pie sobre un suelo firme, sino la seguridad suave y alegre del niño que reposa sobre un brazo fuerte; es decir, una seguridad que, vista objetivamente, no es menos razonable. En efecto, el niño que viviera constantemente en la angustia de que su madre le dejara caer, ¿sería razonable?” Edith Stein, “Ser infinito y ser eterno”.

En la remota estación de Schifferstadt el sol de agosto se avergüenza de iluminar los cuerpos hacinados de los judíos que esperan su traslado definitivo a Auschwitz. 1942, el último año de preponderancia nazi en Europa, las batallas de Stalingrado y El Alamein aún perfilándose en los mapas de guerra y en las mentes de los generales de ambos bandos.

Es también el año en el que Alemania ocupa definitivamente Holanda, hasta entonces refugio para muchos judíos. Entre otros, para una singular filósofa, ahora carmelita: Edith Stein.

En el andén de la estación de Schifferstadt, una chica joven ve pasar entre la multitud una mujer envuelta en un hábito. Le llama poderosamente la atención, por el calor que debe estar sufriendo. Pero se queda muda cuando reconoce a su antigua profesora de filosofía. Edith también reconoce a su alumna, y le entrega un mensaje: “Saluda en mi nombre a las hermanas de Speyer y diles que me llevan hacia el Este…”

Son las últimas palabras de Edith de las que tenemos constancia. Y son un tierno ejemplo de la sencillez de la filósofa, que por encima de todo se acuerda de sus hermanas carmelitas en Holanda, donde fue acogida tras el recrudecimiento de la persecución judía en su Alemania natal.

Edith Stein, nacida en el seno de una familia judía alemana, abrazó el ateísmo en la adolescencia al considerar que Dios no era respuesta al sufrimiento humano. Como tantos ateos coherentes, buscó en las principales corrientes filosóficas de su tiempo una respuesta que la religión no parecía darle.

Adelantándose a su tiempo, Edith se graduó en la Universidad y muy pronto se unió a la corriente de la fenomenología, liderada por Husserl. El mismo Husserl la tomaría como asistente y discípula aventajada, dando una oportunidad a Stein para desarrollar a fondo su carrera.

Pero la joven filósofa tenía el corazón inquieto de fábrica, y ante los horrores de la Primera Guerra Mundial decidió involucrarse en la atención de los heridos y de las viudas. Esto supondría para ella entrar en contacto con la incidencia concreta y real de la fe en la vida de muchos. Especialmente impactante para ella resultaría el encuentro con una viuda que, para su incomprensión, vivía en una paz que Edith no disfrutaba a pesar de no haber perdido a nadie.

Quizá sea éste el rasgo más importante a destacar de su genialidad como filósofa: no dejar nada, absolutamente nada, fuera de su análisis. Toda la realidad le hablaba, y no quería pasar por alto ningún factor. En el caso de la viuda, Edith era incapaz de explicar cómo algo que había descartado como fuente de verdadero consuelo, la fe, podía ser el elemento decisivo para que esa mujer la mirase con paz en los ojos.

El proceso de conversión de Edith Stein manifiesta un factor complementario y muy relacionado: no cae en la vanidad del fanático que, tras convertirse, mira con desprecio todo lo que antes gustaba o defendía. Para Edith, la fenomenología era un esfuerzo noble y recto de entender mejor la realidad, de alcanzar la verdad, y no iba a renunciar a su desarrollo por haber encontrado a Dios: precisamente porque había encontrado algo que explicaba su vida, el interés por todo lo humano se ensanchó y potenció en su corazón.

Así, en su obra se nos regala una de las mejores síntesis entre el saber desarrollado en la filosofía clásica y la novedad y profundidad de la filosofía contemporánea. Sorprende saber que serían sus propias superioras en el Carmelo quienes animarían a Edith Stein, ya monja, a seguir desarrollando su obra.

Quizá también por eso las tendría en su corazón y en su memoria en esa estación desangelada, una tarde de agosto del año de su muerte. Quizá por eso mostraría a su alumna una réplica de la mirada que tanto le impactó años atrás en los ojos de una viuda. Una mirada de paz que se apoyaba no en el desconocimiento de los horrores que la aguardaban, sino en la seguridad de haber encontrado una respuesta al dolor humano. Una respuesta que no nacía de sesudos análisis, pero que los estimulaba.

Ya no podría seguir desarrollando su obra filosófica. Ya no podría seguir luchando por los derechos de las mujeres como llevaba haciéndolo más de 20 años. Todo su potencial se truncaría a los 51 años de vida, en parte debido a la heroicidad de los obispos holandeses, que habían decidido denunciar la persecución nazi a los judíos: como represalia a esta medida muchos religiosos (no sólo de raza judía) serían encarcelados y ejecutados.

Mientras se desvanecía su tren en el horizonte, camino de Auschwitz, una certeza grande llenaría el corazón de Edith Stein: había vivido una vida grande, apasionante, para la que la muerte en manos de unos fanáticos no era un trágico final, sino una luminosa culminación.

Por Luis Huete y Javier García