La odisea de Shackleton (y V): El carácter de un líder y lo que podemos aprender de su comportamiento

A la decisión de embarcar rumbo a la isla Deception siguieron los días más peligrosos y dolorosos en lo que llevaban de expedición (ya más de 15 meses). Las temperaturas nocturnas alcanzaban los -22ºC, y los vientos cambiaban dramáticamente de la noche a la mañana. Cuando ya llevaban varios días de travesía, Shackleton comprobó que en lugar de ir hacia el oeste, los vientos les arrastraban en la dirección opuesta. En sucesivos cambios de rumbo cambiaron el objetivo de la isla Deception a la isla Elephant, después decidieron apuntar al continente antártico y, finalmente, gracias a un nuevo cambio en el viento, consiguieron llegar a la isla Elephant. Se cumplían 16 meses de expedición, y se encontraban a 800 millas del lugar habitado más cercano: Georgia del Sur. 

Shackleton se enfrentó entonces a una de las decisiones en las que mostró más inteligencia. Percibió claramente en qué estado de ánimo se encontraban sus hombres, y el tiempo que podrían aguantar con los víveres que traían en esa isla. Pero sobre todo se fijó en quién debía acompañarle en la expedición a Georgia del Sur. Escogió a sus cinco tripulantes por sus cualidades (fortaleza, experiencia navegando, etc.) y por su grado de “conflictividad”: dos de los seis que le acompañaron eran los que tenían una mayor ascendiente sobre el resto de la tripulación, y que si se venían abajo peor influencia podían ejercer sobre todos. Así que se los llevó, y dejó al frente del campamento de isla Elephant a Wild, que era de quien más se fiaba después de su segundo, Worsley, que le acompañaría en el viaje porque era el mejor marinero. 

Tras dejar instrucciones sobre qué hacer en caso de que pereciera en travesía, los seis escogidos partieron el 24 de abril de isla Elephant rumbo al puesto ballenero de Georgia del Sur. Quizá uno de los viajes más increíbles de toda la historia de la exploración. En el transcurso de dos semanas se enfrentaron a bloques de hielo que amenazaban con hundir el diminuto bote; vientos cambiantes que si les desviaban suficiente del rumbo podían arrastrarles al pasaje de Drake (entre la Antártida y Sudamérica, uno de los pasos más peligrosos del océano); a olas como ninguno de ellos había visto jamás, y que a punto estuvieron de volcar el barco varias veces; y a la contaminación del agua que traían a bordo cuando aún estaban a 80 millas de la isla.

En ninguno de esos momentos dejó Shackleton de estar cerca de sus hombres, comprobando y monitorizando prácticamente su estado de salud y su estado anímico. Eso le permitió saber que la única decisión viable cuando desembarcaron en el extremo opuesto de la isla de Georgia del Sur era dejar a los tres en peor estado refugiados y emprender ruta a pie por el interior, inexplorado, de la isla. 

Unas 30 millas en el plano, pero muchas más a pie y, sobre todo, escalando. Hasta en cuatro ocasiones tuvieron que volver sobre sus pasos tras escalar un macizo al no haber forma de bajar por el otro lado. Y en una ocasión bajaron toda una ladera deslizándose, al no encontrar otro camino. En una ocasión, cuando llevaban 24 horas de marcha ininterrumpida, Worsley y Crean, los acompañantes de Shackleton, cayeron dormidos al llegar a la cima de una loma. Shackleton resistió la tentación de tumbarse, consciente de que si lo hacía los tres morirían de frío, y no habría esperanza para los otros 25. Despertó a los otros dos diciéndoles que habían dormido media hora y prosiguieron.

Finalmente, tras 36 horas de marcha ininterrumpida, hicieron su aparición en el campamento ballenero tres hombres andrajosos y malolientes, dejando asombrados a los balleneros, que tras dos años sin noticias ya daban por muertos a todos los tripulantes de la Endurance. El retorno de Shackleton corrió como un reguero de pólvora hasta una Inglaterra aún inmersa en la Guerra Mundial, que acogió con asombro la noticia, pero por poco tiempo. La muerte de millones de personas en los campos de batalla europeos era mucho más acuciante que la suerte de los 28 tripulantes de la Endurance, obviamente. 

Así que cuando Shackleton pidió ayuda para rescatar a los hombres que estaban en la isla Elephant, no contó con la colaboración del Almirantazgo inglés, que afirmó no poder entregarle ningún barco hasta que el Discovery, el navío que usó Scott en su travesía de 1901, pudiese viajar a la Antártida unos meses más tarde, en septiembre.

Era demasiado para Shackleton, que sufría cada minuto que no podía acudir a rescatar a sus hombres. Lo probó con dos barcos prestados, que se tuvieron que dar la vuelta a 60 millas de la isla por culpa del hielo. Shackleton lo intentó una tercera vez, tras recaudar el equivalente a 110.000 dólares actuales en un club inglés de renombre en Chile, tras explicar su historia y la suerte de sus hombres. Pero el barco que consiguió tampoco pudo derrotar el hielo que rodeaba isla Elephant. 

El pelo de Shackleton, que nunca había tenido canas, se volvió blanco durante esas semanas. Hasta que el 30 de agosto, 4 meses después de abandonar a sus 22 compañeros y más de 2 años después de partir hacia el Polo, el barco Yelcho, prestado por las autoridades chilenas, alcanzó la isla Elephant. Desde el momento en que se pudo ver en el horizonte, Shackleton estuvo observando y contando el número de figuras que saludaban al barco conforme se acercaban. Tras minutos de verdadera angustia, contó 22. Se había consumado el milagro: ningún hombre de la tripulación había muerto, sanos y salvos devolvería Shackleton a sus hombres. 

Pero no le esperaría mucha gloria por ello al volver al hogar. Solo el respeto de sus hombres, su admiración, y las deudas adquiridas, que le lastrarían hasta su muerte. Tras pasar por el servicio militar, a Shackleton le faltaba algo. Había capeado las deudas impartiendo conferencias sobre su odisea, pero él no estaba hecho para esa vida. Así que decidió embarcarse en otra aventura antártica, a la que se sumaron muchos de sus antiguos tripulantes. En los inicios de esta aventura le sorprendió la muerte, en su camarote, a los 47 años, en la ya familiar isla de Georgia del Sur, donde fue enterrado. 

Como epitafio sentenciaba su segundo, Worsley: “¿Qué podemos decir de Shackleton como hombre? Podemos rememorar cómo lideró la marcha a través del hielo después de perder la Endurance; cómo, gracias a su liderazgo, nos mantuvo con vida, y cómo con su espíritu inquebrantable sostuvo nuestro espíritu; y cómo, gracias a su ejemplo, nos guió hacia la victoria en aquel combate contra los elementos…”. 

Y nosotros, a modo de conclusión, queremos resaltar los trazos del liderazgo de Shackleton que más admiración nos despiertan y que pensamos podrían ser de más interés a los directivos de nuestra época:

-       La fuerza y energía que proporciona tener unas convicciones firmes sobre lo que uno es capaz de hacer y sobre lo que uno ha de hacer. Estas convicciones impulsaron a Shackleton a planear aventuras hasta el último día de su vida y a tener una firmeza interior que le ayudaría a sostenerse, a él y a su tripulación, en los momentos de mayor dificultad.

-       Junto a esa convicción, una preparación minuciosa y atenta al más mínimo detalle, en cualquiera de los aspectos de la expedición: financiación, tripulación, navío, alimentación, logística,… Sin la cabeza fría que mostró Shackleton en los meses de preparación, nunca podrían haber sobrevivido a las dificultades que se les presentaron.

-       Una gran empatía en el trato con su gente, atento a cada uno de ellos, a su estado anímico, hasta a sus aficiones, que hacía de él alguien cercano y querido además de admirable.

-       Combinado con esa empatía se daba en él una determinación serena pero firme a la hora de decidir, ganándose el respeto de su gente y su confianza. Nunca eludió una discusión, ni un enfrentamiento, y supo tomar decisiones duras en el plano personal. Siempre, eso sí, con el bien común de toda su tripulación en mente.

-       Durante los momentos de tensión y dificultad, buen conocedor de la psicología humana, supo estar atento al plano emocional tanto como al “estratégico”. No valía con tener un plan de contingencias: éste debía tener en cuenta la necesidad de actividad y rutina que ayudase a sus hombres a afrontar la dura realidad sin bloquearse.

-       Una flexibilidad extraordinaria para adaptarse a la realidad, a lo que sucedía en todo momento, con la humildad de quien sabe que ésta nunca se amoldará a sus planes por muy bien preparados que estuvieran.

-       Finalmente, y quizá de forma más destacada, un cariño y preocupación real hacia sus hombres, que iba mucho más allá del contrato que les unía. Cariño surgido de la cercanía con ellos, de estar totalmente presente cuando hablaba con cada uno, aunque fuese solo unos instantes.

Sólo ante un líder con un carácter así puede afirmar un marinero que lo conoció en la Endurance que “bajo sus órdenes habríamos ido hasta el fin del mundo si nos lo hubiese pedido”. Si liderar es conseguir que la presencia de uno haga mejor a las personas cercanas, sin duda la talla de líder de Shackleton fue extraordinaria. 

Por Luis Huete y Javier García