La odisea de Shackleton (IV): La vida en el hielo

Tras varios días de lucha contra el hielo, empleando a toda la tripulación para cerrar las fisuras en el casco y bombear el agua entrante, Shackleton dio la orden de abandonar el barco. Era el 27 de octubre de 1915, y los 28 miembros de la expedición se encontraban en medio de una extensión interminable de hielo entre el continente antártico al sur y la isla de Georgia del Sur, lugar habitado más cercano. La primera alternativa que baraja Shackleton es recorrer las 350 millas que separan su posición de la isla Paulet, al noroeste, donde se decía que una expedición anterior había dejado gran cantidad de víveres.

Dos veces intentó Shackleton la marcha, pero las condiciones del hielo y la poca preparación de sus hombres (sólo seis iban a hacer la ruta a pie en el plan original) hizo fracasar ambos intentos, dejando a la expedición a sólo 4 millas de distancia de la Endurance. Shackleton insistía en la marcha porque la alternativa no le gustaba nada: esperar a que la placa de hielo en que se encontraban se desplazase por las corrientes y les llevase cerca de la isla, en un lugar en el que pudiesen embarcar en los tres botes que habían salvado de la Endurance. Una vez más, Shackleton temía la inactividad, de ahí su insistencia en acometer una marcha que les acercase a su objetivo, dando algo que hacer a sus hombres y facilitando una sensación de progreso.

Pero la marcha a través del hielo fue imposible, y tuvieron que acampar. Shackleton tomó una decisión sorprendente, pero muy hábil: escogió para compartir su tienda a los dos miembros de la tripulación con mayor potencial para causar problemas, James el físico y Hurley el fotógrafo; el primero, por su carácter arrogante y altanero, había causado más de un roce entre la tripulación, mientras que el segundo se erigía como uno de los más carismáticos por su gran energía e ingenuidad. De hecho, Shackleton decidió incluir a este último en su círculo más cercano de colaboradores, en parte por la ayuda que podía prestar a todos y en parte para mantenerle cerca, más controlado que al resto.

Shackleton se desvivió desde la primera noche en el hielo por todos y cada uno de sus compañeros, pareciendo a veces omnipresente entre sus hombres. Estableció rutinas, horarios y turnos de vigilancia, además de acometer varias expediciones para recuperar más víveres de la Endurance, incluyendo las famosas fotografías de Hurley.

Esta actividad y la entereza de su líder hizo que la tripulación no se viniese abajo cuando el 21 de noviembre, finalmente, la Endurance se hundió, desapareciendo entre el hielo. Shackleton era el más afectado, seguramente, pero sostuvo la moral de su gente en ese momento que, pese a ser previsible, venía a confirmar lo irremisible de su situación.

En las semanas que siguieron, los expedicionarios monitorizaron los movimientos del bloque de hielo que los sostenía, comprobando que por desgracia se alejaban de la isla de Paulet por el este. Shackleton consultó con sus mandos sobre el siguiente paso, al ver la moral de la tripulación caer aún más. Sus oficiales creían que el límite más cercano del hielo se encontraba a 150 millas al oeste, y a partir de allí podrían navegar en los botes hasta una de las islas cercanas como Elephant Island. El 23 de diciembre iniciaron la marcha, avanzando solo de noche, cuando el hielo era más consistente. Pero tras una semana progresando solamente una milla y media al día, el carpintero de la expedición inició un conato de motín negándose a avanzar: a ese ritmo tardarían 300 días en alcanzar un punto en el que pudiesen navegar, y tenían provisiones para 42 días. Además, daba su contrato por extinguido en el momento en el que la Endurance se hundió.

Ante este nuevo desafío, Shackleton no se amedrentó. Y tomó una decisión: convocó a la tripulación y acordó que su contrato se ampliase todos los días que pasasen hasta ser rescatados. Además, solicitó un recuento de los utensilios y víveres de los que disponían. Ambas acciones parecieron tranquilizar a su gente, y aunque la situación había sido muy tensa, sirvió a Shackleton para comprender que no podían seguir avanzando: deberían esperar, una vez más a que la placa de hielo les acercase a las islas donde esperaba encontrar refugio y a lo mejor víveres dejados por los balleneros que faenaban por esas aguas. Llamó a ese nuevo puesto provisional sobre el hielo el “Campamento de la Paciencia”. Y en él estuvieron más de 3 meses, hasta que el 7 de abril de 1916 avistaron, por fin, la isla de Clarence, vecina de la isla Elephant, y comprobaron que el hielo podría ceder ante los botes si embarcaba toda la tripulación. Dos días después, los 28 expedicionarios subieron a bordo de los tres botes, comenzando una nueva odisea en las frías e impredecibles aguas del Antártico.

Por Luis Huete y Javier García