La odisea de Shackleton (III): El muro de la realidad

En julio de 1914 la Endurance estaba amarrada en el río Támesis, lista para iniciar su viaje al polo sur. Poco antes de partir, una noticia golpeó la conciencia de Shackleton: Inglaterra declaraba la guerra a Alemania. Empezaba la Primera Guerra Mundial, y el explorador no dudó en poner el barco y su tripulación al servicio del Primer Lord del Almirantazgo, a la sazón un tal Winston Churchill. No debió de ser una decisión fácil después de tantos preparativos y de tanta ilusión. Churchill, sin embargo, se limitó a responder con un “Sigan adelante”, lacónico como ya acostumbraba por entonces.

La razón la desarrolló Churchill en una carta posterior: demasiado esfuerzo y demasiada ilusión han sido destinados a esta aventura. Razonamiento que el propio Shackleton completaba: hay muchos marineros y muchos barcos que pueden ir a la guerra; pero sólo uno podía acometer la hazaña que iba a intentar la Endurance. Churchill y Shackleton dieron una buena muestra de generosidad. Quizá cuando una parte es generosa le resulta más fácil a la otra serlo también.

Ninguno de estos argumentos ahorró a Shackleton el mal trago de abandonar su país en una hora tan sombría y decisiva. Pero ahora más que nunca estaba en su mano lograr una hazaña que llenase de ilusión y orgullo a sus compatriotas cuando más lo necesitaban. De nuevo vemos en este gesto, un liderazgo centrado en el bien común.

Tampoco le ahorró tener que afrontar una catarata de problemas desde que puso pie en Argentina, en la penúltima escala antes de iniciar la travesía definitiva. En primer lugar, se encontró con una cuadrilla de 69 perros para los trineos, que por discrepancias en el contrato venían sin instructor. Además, Shackleton tuvo que despedir a tres marineros de la tripulación por borrachos. Y, aún peor, le llegó noticia de que su situación financiera estaba rozando la quiebra.

Ante este panorama, Shackleton decidió partir cuanto antes hacia Georgia del Sur, el puesto ballenero inglés más meridional. Sólo para encontrarse con rumores de que el hielo antártico llegaba más al norte que los últimos veranos. Rumor que le llevó a partir también con premura de allí, e iniciar por fin el trayecto al mar de Weddell.

Durante las primeras semanas a bordo, Shackleton demostró hasta qué punto mejoraba su humor y su amabilidad en alta mar, generando confianza y respeto en todos aquellos marineros, científicos y fotógrafos a su cargo.

En diciembre de 1914 se encontraron con el primer gran bloque de hielo. Efectivamente, mucho más al norte de lo que era habitual. El 10 de enero de 1915 avistaron costa antártica, pero aún a mucha distancia del punto de desembarco en el mar de Weddell.

Comenzaba una lucha sin cuartel por avanzar a través del hielo, que terminó el 27 de enero a 80 millas del destino, que ya estaba a la vista: el hielo había atrapado completamente la Endurance. Shackleton anunció que seguirían allí hasta que el hielo cediera. Cosa que difícilmente sucedería antes de un año; tendrían que esperar al siguiente verano… y padecer un incierto invierno.

La realidad arrojaba a Shackleton a una de sus peores pesadillas: meses de inactividad. Pesadilla para la que venía preparado con un arsenal de tareas que no dejasen que sus hombres cayesen en la apatía de la inactividad: limpieza, carpintería, apoyo a las tareas de investigación científica, etc. Cualquier cosa que permitiese a sus hombres mantener un buen ánimo, actividades que ayudasen a sobrellevar el parón forzoso. Fue una de las genialidades de Shackleton, que venía preparado para que la realidad no se acomodase a sus deseos. Como siguió sucediendo cuando, casi un año después, a las puertas de un nuevo verano, el casco de la Endurance comenzó a ceder.

Por Luis Huete y Javier García