La odisea de Shackleton (I): La forja de una leyenda

Para descubrimientos científicos, Scott; para una expedición rápida y eficiente, Amundsen; pero cuando el desastre golpea y se pierde toda esperanza, cae de rodillas y reza por un Shackleton”.

Sir Raymond Priestley, explorador de la Antártida y geólogo

Se han cumplido algo más de 100 años de la famosa expedición de Ernerst Shackleton a la Antártida, y de la misma forma que la semana pasada extraíamos ideas de otra efeméride, la batalla de Waterloo, pienso que puede resultar útil hacer lo mismo con la odisea de este explorador y su buque Endurance. Durante las próximas semanas iremos completando la historia y extrayendo lecciones de gestión de las mismas.

Antes de hablar de la leyenda necesitamos conocer a la persona y su forma de pensar. ¿Cuantos hombres no han soñado de niños con grandes gestas? Fue el caso de Shackleton, quien desde pequeño sintió fascinación por el mar y la navegación, impulsada en la adolescencia por la obra del poeta romántico Robert Browning, de quien hablaría después en sus viajes a cada miembro de la tripulación con quien tuviese la ocasión de hablar, aunque fuese brevemente. 

Se entiende que con semejante ilusión a flor de piel, sus padres pensasen en estrategias para que sus pies volviesen a tocar el suelo. Y más cuando empezó a no rendir en el colegio. Sus padres, probablemente, no eran conscientes de que las personas con mentalidad de “artistas” son así: híper enfocados en lo que les apasiona y con un estilo explicativo que hace que las circunstancias “conspiren” a su favor. 

Así que tomaron una decisión sorprendente: enrolar a su hijo en un barco de la marina como mozo, con una paga de un chelín al mes (actualmente unos 6 dólares). Pese a la dureza de la navegación, del ambiente rudo, casi salvaje, de un barco, Shackleton volvió aún más convencido que nunca de qué quería ser de mayor. Siendo una de las razones más importantes el percibir que ése podía ser su sitio, que encajaba, que correspondía a sus intereses y pasiones. 

Siguieron unos años de ascenso meteórico en la carrera naval. Ascenso que no implicó un incremento en la arrogancia de Shackleton. Ya sabemos que la arrogancia, unida a la ignorancia, suele producir estragos. Cuentan quienes sirvieron a sus órdenes que nunca dejó de ser cercano y humilde en el trato con su tripulación. Probablemente porque lo que buscaba no era estatus, sino un impulso mucho más noble y enriquecedor: dedicarse a algo que amaba y que le suponía un desafío de superación diario. 

Shackleton alcanzó reconocimiento en su país, Inglaterra, tras su primera expedición a la Antártida. Su objetivo era ser el primero en alcanzar el Polo Sur, y colmar las ilusiones de toda una nación, volcada en la conquista de los polos. Algo parecido a lo que sucedió entre EEUU y la URSS con la carrera espacial acontecía entonces entre muchos países, cuyo orgullo nacional estaba en manos de las hazañas de sus exploradores. Tras un intento infructuoso en 1901, que enemistó a Scott con Shackleton, este último consiguió financiación para un segundo intento, en 1907. Aunque tampoco alcanzó la meta, se quedó a tan solo 100 millas, batiendo el récord anterior y convirtiéndolo en una figura de talla mundial. 

Poco duró la gloria del momento: en diciembre de 1911 Roald Amundsen, explorador noruego, se convirtió en el primer hombre que pisaba el Polo Sur. Solo dos meses después Robert Scott también alcanzaba la meta para encontrarse con la decepción de no ser el primero. Lamentablemente moriría en su triste y difícil regreso, víctima de las condiciones extremas. Duras noticias para Shackleton y para toda Inglaterra, pero que no consiguieron apagar el fuego que ardía en el corazón del explorador. Aún quedaba una gran hazaña que lograr en el Polo Sur: atravesar el continente de la Antártida, en un viaje de océano a océano a través del hielo. 

En diciembre de 1913, tras dos años de intensa preparación y búsqueda de fondos contra viento y marea, cuando el interés por las hazañas de la exploración habían perdido casi todo su fuelle, un curioso anuncio fue publicado en Inglaterra para reclutar voluntarios: 

“Se buscan hombres para viaje peligroso. Salario bajo, frío extremo, muchos meses en la más completa oscuridad, peligro constante y escasas posibilidades de regresar con vida. Honores y reconocimiento en caso de éxito.”

Respondieron más de 5.000 voluntarios. Comenzaba la preparación para la expedición más famosa de Sir Ernest Shackleton.

Por Luis Huete y Javier García