La encrucijada de Vaclav Havel

La esperanza desde luego no es la misma cosa que el optimismo. No es la convicción de que algo va a salir bien, sino la seguridad de que algo tiene sentido con independencia de cómo salga.” Vaclav Havel.

La pregunta es sencilla, y la entrevistadora Hana Gartner la ha formulado amistosamente. Pero la tensión puede cortarse en el despacho del Presidente Havel, en el Palacio que muy pocos años atrás ocupaban los comunistas.

Estamos en el año 1992, y se acaba de declarar la independencia de Eslovaquia, dejando a Vaclav Havel sin país que presidir… Se puede mascar la tristeza en las respuestas del Presidente sobre el proceso. “Aún se podría dar un acuerdo de última hora… Pero no puedo hacer más para alcanzarlo.”

La entrevistadora, decíamos, ha formulado una pregunta sencilla, pero que eleva la tensión en la sala: “Habiendo luchado usted toda su vida contra el totalitarismo, ¿no resulta un poco irónico que dos personas decidan unilateralmente dividir al país, sin escuchar la voz del pueblo mediante un referéndum?”.

Havel ha intentado, desde su condición de Presidente de la República, lograr la convocatoria de un referéndum: muchas encuestas indican que ganaría la opción de mantener el país unido. El Parlamento, copado por partidarios de la escisión (tanto checos como eslovacos), veta sus intentos.

El líder del partido mayoritario checo no quiere a los eslovacos por verles como una rémora económica; y el líder eslovaco, antiguo comunista, quiere independizarse para formar un país socialista o para cualquier otra agenda de tipo personal. Ambos prefieren pactar la escisión que someterla a un referéndum propuesto por el Presidente y del que no pueden asegurar el resultado…

Havel, visiblemente afectado y elevando cada vez más el tono de voz, responde tajante: “No diría que han sido dos hombres los que han dividido al país. (…) Ellos querían dividir al país, sí. (…). Pero soy demócrata, y si el pueblo no quería la independencia tenían a su disposición las herramientas para evitarla. Votaron a dos partidos con la escisión en su programa…

Vaclav Havel siempre fue un “outsider” de la política. Nunca llegó a involucrarse en los distintos juegos de poder, y quizá por eso no alcanzó su aspiración de sostener la unión del país… Pero también por eso se ganó desde el principio el prestigio social de quien sostiene la causa más justa.

Así sucedió en la Revolución de Terciopelo, que lideró de forma pacífica contra el régimen comunista. Era un escritor de teatro, un filósofo, con una idea firme y clara de qué era lo justo; de qué era la verdad por la que estaría dispuesto a dar la vida. Encarcelado varias veces en los años 70, su resistencia le ganó el respeto de todo un país. Desde entonces sería la autoridad moral de Checoslovaquia. También sería su último presidente…

Acostumbrado a un juego de buenos y malos, cuando aceptó convertirse en presidente por aclamación pasó a jugar en un terreno mucho más ambiguo, donde lo correcto y lo incorrecto, la verdad y la mentira, eran más difíciles de detectar. Un terreno que no refuerza la mejor versión de las personas y en el que los oportunismos egoístas desplazan a los valores y a la rectitud.

Tal vez sea la razón por la que tan pocos filósofos idealistas pueblan las listas electorales, donde más bien campan a sus anchas perfiles ideológicos y burócratas. Y era contra los primeros contra los que Havel estaba más acostumbrado a enfrentarse: hombres y mujeres aferrados a una convicción que pretende explicar todo mecanismo social y personal, inamovible, conformadora de la sociedad, de su forma de pensar, generadora de discordia contra los que se oponen, manipuladora de la realidad…

Contra la ideología, en cualquiera de sus formas, escribiría su obra más reconocida: “El poder de los sin poder”. Leyendo sus páginas se puede vislumbrar al filósofo honrado, firme en su lucha contra la mentira, contra la pretensión de los ideólogos de ordenar la realidad.

Pero sería el segundo perfil, el burócrata, quien acabaría venciéndole en la batalla más dolorosa: la unión de su país. Aquél a quien el pueblo adoraba fue rechazado por los funcionarios de la política, que veían sus trabajos y privilegios peligrar…

Superado el momento de tensión, la entrevistadora decide apostarlo todo y preguntar lo que todo el mundo ansiaba saber en 1992: “Habiendo fracasado, ¿por qué no se retira? ¿Por qué no vuelve al campo, a sus obras, a sus lecturas?” Es una pregunta natural. El propio Havel había manifestado más de una vez su cansancio con algunos aspectos de la política; especialmente la sensación continua de no avanzar, de no conseguir terminar nada de lo que se empieza a construir. 

Pero Havel responde con aplomo, el gesto tranquilo ya recuperado devuelve a la cámara una mirada afable, sosegada. “Mi trabajo no ha terminado. Irme ahora sería rendirme. Nadie me obliga, como tampoco nadie me obligó a escribir las páginas que me llevaron a la cárcel 4 años. Lo hice por responsabilidad hacia mi país; y por esa misma responsabilidad volveré a presentarme, mientras vea que puedo aportar a mi país.”

Y así lo hizo. En 1992 Vaclav Havel pasaría a la Historia por ser el último presidente de Checoslovaquia… y el primero de la República Checa. Seguiría sirviendo a su país, de la mejor forma que supo ver en cada momento, hasta su muerte en 2011. Un héroe para algunos, ciertamente. Para todos, un hombre que vio en la política, en el servicio a todo un país, el terreno idóneo para desarrollar sus ideas, para defender la verdad contra la mentira; para combatir la ideología excluyente… y para respetar, siempre, la voluntad del país expresada en las urnas. Aunque no fuese la suya; especialmente cuando no era la suya.

Así, podemos afirmar que su autoridad moral, gigante, se forjó tanto en la lucha contra el comunismo como en su respeto a la democracia cuando alcanzó el poder. 

Por Luis Huete y Javier García