La bondad de Gregorio Marañón

El hombre que no duda es un peligro para los demás.” Gregorio Marañón.

El ruido de las cigarras es ensordecedor, una suerte de concierto de sonidos metálicos, estridentes y desagradables. Pero es el sonido que más ansía escuchar el joven Gregorio durante todo el curso escolar, porque significa que el verano ha llegado y al fin está acompañando a su abuelo en “El Cigarral”, que es como conocen en la familia a la finca cercana a Toledo donde cada verano se reúnen con el patriarca, Gregorio Marañón. Su abuelo. La persona a la que más admira el joven Gregorio. Y con él, toda España. Pero a él le ha tocado en suerte pasar horas y horas junto al ilustre médico, literato, filósofo… El último gran humanista que ha dado España al mundo.

Años después, unas cámaras de televisión ruedan en ese mismo cigarral los recuerdos de Gregorio nieto, ya casado y con cierto poso en la vida. Y cuenta, cuenta todas las historias y confidencias que recuerda junto a su abuelo. De algunas sólo ha tenido conocimiento después, a través de otros familiares y amigos.

Porque por esa finca pasaron las figuras más ilustres de la España de la II República, como Manuel Azaña o Niceto Alcalá Zamora; algunos de los más reputados médicos, como Alexander Fleming o Marie Curie; los mejores literatos de la época, como Unamuno o Lorca… Todos ansiaron, en diversos momentos de su vida, someterse al ensordecedor ruido de las cigarras, con tal de estar junto a Gregorio Marañón en uno de tantos encuentros que organizaba.

Es imposible zambullirse en la biografía de Marañón sin que nos asalten los paralelismos con tantos otros genios humanistas, incapaces de contener o encorsetar su afán intelectual en un sólo campo o disciplina. Las disciplinas se fecundan cuando se entrecruzan. 

Gregorio Marañón es conocido internacionalmente por ser uno de los pioneros de la endocrinología, por ser de los primeros en resaltar los efectos físicos de las dolencias del espíritu, lo que hoy conocemos como somatización. Pero también es sobradamente conocida su involucración en política, sus artículos de opinión en prensa, influyentes como pocos en su época; y sus riquísimas biografías de personajes históricos, extrayendo como un cirujano los rasgos más profundos e interesantes, con un enfoque revolucionario que aunaba rigor histórico con sabiduría y conocimiento médicos…

Su nieto recuerda también a su abuela, Dolores Moya, “imposibles de explicar el uno sin el otro”. O las amistades de su bisabuelo, que tanto influyeron en la configuración de su personalidad. Porque nuestro personaje creció “colándose” en los encuentros que su padre organizaba con tres de sus mejores amigos: Galdós, Menéndez Pelayo y Pereda, cada uno exponente de una postura política distinta, pero que afrontaban siempre esos encuentros con el deseo de encontrar un punto de encuentro para la construcción de un bien común.

Quizá por todo lo que absorbió en la infancia, ya adulto no dudó en involucrarse en política para defender de una injusticia flagrante a una de las figuras que más admiraba: Unamuno. La persecución a la que fue sometido durante la dictadura de Primo de Rivera llevó al Dr. Marañón a posicionarse en defensa del profesor vasco, a costa de pasar unas semanas en la cárcel.

Pero Marañón era hombre íntegro y cabal, alejado de cualquier fanatismo excluyente. Liberal convencido, a la par que republicano, siempre sostendría con tristeza que la Revolución Comunista secuestró el ideal democrático que un grupo de republicanos liberales había soñado en 1930… Su casa albergó las negociaciones para la deposición pacífica y el exilio del rey Alfonso XIII, ya que Gregorio era de las pocas figuras públicas con amigos en ambos bandos.

Su nieto recuerda también una anécdota triste y decisiva que oiría de boca de su tía. Una anécdota que desencadenaría el exilio voluntario del ilustre médico durante la Guerra Civil. Marañón era percibido como enemigo por los revolucionarios que controlaban la república, pese a haber sido uno de sus ideólogos y principales propulsores. Y un día le llegó una citación para presentarse en una “checa”: sus servicios como médico eran requeridos. Pidió a su hija que le acompañase, y al volver al coche, pálido como un cadáver, cogió con sus temblorosas manos las de su hija, que aferró en silencio durante todo el viaje de vuelta, “como si fuesen un corazón palpitante”. ¿Qué vería y sentiría en las checas que la Republica importó de la Rusia leninista?

Moriría en su Madrid natal, muchos años y muchos reconocimientos después, habiendo formado a toda una generación de médicos que lo tendrían siempre como maestro. El 28 de marzo de 1960, una multitud abarrotaba las calles de Madrid para despedir su féretro. Muchos lloran, la mayoría gente sencilla del pueblo, que miraban al ilustre doctor con especial cariño… ¡Cuántos habían pasado por su consulta! Muchos también habrían escuchado del propio Marañón que de todos los inventos médicos, el más importante era la silla. Para él, poder sentarse y hablar tranquilamente con el paciente eran el primer y más importante paso para el diagnóstico y la curación…

Su nieto recuerda estas historias y muchas más. Pero para el final del documental se ha guardado la lección más importante que recibió de su abuelo. La que el propio Marañón se encargó de labrar en los corazones de sus hijos y de sus nietos. “La lección fundamental en la vida es la prevalencia de la bondad sobre la inteligencia.” Lo que hace verdaderamente grande a un hombre que ha sido bondadoso e inteligente, es haber comprendido precisamente la importancia de ser lo primero por encima de todo.

Por Luis Huete y Javier García