J.P. Morgan, la primera Reserva Federal

“Un hombre siempre tiene dos razones para hacer lo que hace: la buena,  y la verdadera”. J. Pierpont Morgan.

Cerró a sus huéspedes con llave, y se dirigió a su despacho. Ya había escuchado suficiente. El Presidente de los EEUU y los principales banqueros del país tenían ahora dos opciones: llegar a un acuerdo o morir de inanición en el salón de la casa de J. Pierpont Morgan.

Se sentó pesadamente en su sillón, y comenzó a jugar a su juego favorito: el solitario. Quizá fuese el mejor jugador del país, tras tantos años practicando… Desde que tenía 12 años, a raíz de la enfermedad que le postró en cama tantos meses. En esa enfermedad se habían forjado tres de sus aficiones: el solitario, las galerías de arte, y su pasión por la figura de Napoleón. Lo que el pequeño Emperador francés había alcanzado a través de la estrategia militar, él lo conseguiría a través de su influencia decisiva en la economía del país que más rápido crecía en el mundo.

Carraspeó, notando su garganta un poco irritada. Se acercó a la lámpara y encendió las luces de su despacho. Con un atisbo de sonrisa, realizó el mismo gesto teatral con el que Edison encendió años atrás, en ese mismo salón, las bombillas de la primera casa con suministro eléctrico… La suya, por supuesto, su inversor.

No se le había olvidado el comentario desdeñoso de su padre. “Has sido engañado por un charlatán.” Él soñaba con construir una industria, con poner la primera piedra de una fuente de energía que compitiese con el petróleo de Rockefeller, o con el acero de Carnegie… Soñaba en esos días con emular a su padre, que tanta fortuna había amasado en Europa gracias a su habilidad con las finanzas. Nunca llegó a ganarse su respeto… Una losa en su corazón que sin embargo le espoleaba aún para alcanzar más y más poder. ¿Qué diría su padre ahora, al verle encerrar al mismísimo presidente en su salón, obligándole a alcanzar un acuerdo con los banqueros para la financiación del Estado?

Por supuesto, eso había sucedido muchos años atrás, cuando era el principal inversor de Edison General Electric. Tras la muerte de su padre, se había jugado el todo por el todo con el brillante inventor, y éste le había decepcionado. Sólo su habilidad negociadora (y su poder económico) habían podido contrarrestar  la victoria de Tesla y Westinghouse en la batalla de las Corrientes. Había echado a Edison, cambiando el nombre de la compañía. Hoy General Electric iluminaba las casas del país más avanzado del mundo…

Señor, la deliberación ha terminado. Parece que no han llegado a acuerdo.”

Agradeció con un gesto la información de su asistente, preguntándose cuantas horas habían pasado, y decidió saborear brevemente el momento. Theodore Roosevelt había sido el azote de los grandes monopolios que habían hecho crecer el país a un ritmo inédito en la Historia. Hoy, uno de los monopolistas más influyentes iba a salvar al gobierno de una bancarrota. Otra vez. Se preguntaba, orgulloso, quién haría su papel cuando ya no estuviera. Quién actuaría de mediador entre los bancos y el Estado. Quién… o qué institución se crearía para suplirle. Pierpont Morgan no podía saberlo, pero él era el embrión de la Reserva Federal.

Miró alrededor, disfrutando de su colección de arte privada. Otra fijación que había despertado el desprecio de su padre. Otro aspecto por el que sería recordado, su pasaporte a la inmortalidad como gran mecenas.

Y finalmente posó su mirada sobre el retrato de su escritorio. Mimi, su primera mujer. No siempre lo ponía en la mesa, sólo cuando le asaltaba la melancolía. Fanny había consolado su viudez, le había dado a sus hijos, le había hecho feliz. Pero cada vez que escrutaba el rostro de Mimi su coraza se resquebrajaba. Necesitaba saborear esa vulnerabilidad, cada vez más, conforme se iba haciendo mayor… ¿Signo de debilidad? Tal vez… O quizá signo de una humanidad que pocos conocían. El primer amor siempre despierta algo especial…

Mimi enfermó de tuberculosis cuando su relación ya estaba consolidada, y Pierpont no dudó en casarse con ella a los pocos días. Gastó una fortuna en médicos y especialistas, tratando de buscar una cura. Ni siquiera hoy, siendo uno de los hombres más poderosos del planeta, habría conseguido salvarla… Cuando Mimi murió, a los cuatro meses del enlace, su mundo se vino abajo. La muerte es el último enemigo, y todo su poder era nada ante la desnudez del instante último. Ante la impotencia del último aliento. Verla morir en sus brazos, notar su aliento desvanecerse, sus músculos volverse rígidos…

Algunos afirmaban que mirar a los ojos a J. Pierpont Morgan era como plantarse ante un tren avanzando a toda máquina. No comprendían de dónde nacía esa fuerza, esa rabia interior que quería llenar el vacío de dolor que ella le había dejado. Y el mundo no había sido suficiente…

Se levantó pesadamente, sacudiéndose sus sombríos pensamientos como ya se había acostumbrado a hacer durante tantos años. Se dirigió a la sala donde sus huéspedes aún discutían, aunque ya visiblemente agotados. Sacó un manuscrito de su bolsillo y se dirigió a la mesa.

Esto es lo que vamos a hacer. Van a firmar todos en la parte inferior del documento, vamos a darnos la mano, y después cada uno regresará a su casa satisfecho por el acuerdo.”

Por supuesto, todos firmaron. Nadie había resistido a J.P. Morgan tanto tiempo. Todos, absolutamente todos, se apartan cuando un tren a toda marcha amenaza con arrollarlo todo. 

Por Luis Huete y Javier García