Jobs y Gates, viejos amigos

"You and I have memories longer than the road that stretches out ahead." The Beatles, “Two of us”.

Era ya tarde, la luz se desvanecía tras las ventanas de su despacho. Tecleó rápidamente una búsqueda en su ordenador, y pulsó play. Ahí estaba Steve, en su uniforme de cuello alto y vaqueros, consumido. Tan consumido que seguía estremeciéndose al verle, a pesar de haberle visitado varias veces en sus últimas semanas de vida.

“La última grabación de Steve Jobs”, era el título de su búsqueda aún escrita en la barra superior de la página. Siempre creyó que una de sus presentaciones multitudinarias tendría el honor de ostentar un título tan relevante… En cambio, lo que veía en pantalla era la sesión de evaluación de un proyecto urbanístico en el Ayuntamiento de Cupertino, California.

Obviamente, la presencia de Steve Jobs en la sala era un aliciente importante: no cabía ni un alfiler, por lo que parecía entreverse del público. Y los concejales estaban visiblemente entusiasmados por poder recibir a su más célebre conciudadano. Pero Steve, cómo no, parece inmune a las muestras de admiración. Va a lo suyo, a lo importante, y sólo cede a las muestras de entusiasmo cuando él mismo las experimenta. Por ejemplo, cuando afirma que alumnos de Arquitectura de todo el país vendrán a la nueva sede de Apple, “The Infinite Loop”, para aprender y experimentar lo que será su último legado.

Viendo los planes que Jobs muestra a la Junta de Gobierno, parece claro que el proyecto de nueva sede va a ser espectacular. Una obra que el propio Steve verá aprobada, pero no construida…

Pero no es el proyecto lo que capta su atención, sino el momento en el que su amigo habla de los terrenos que han comprado para edificar. Son las hectáreas que previamente sostenían la sede de HP en Cupertino, sede que Steve visitó muchas veces de adolescente y en las que trabajaba su socio Steve Wozniak.

Fue su primer templo, el primer lugar en el que fue contratado para trabajar en proyectos que le introdujeron en el mundo informático. No le sorprende comprobar que el gran genio de Apple cuenta a los presentes la anécdota, de una forma similar a como se la escuchó tantos años atrás, cuando eran amigos y socios, cuando prometían comerse el mundo. Qué maravillosa coincidencia, recuerdos de infancia que se convierten en últimas declaraciones públicas, prólogo y epílogo…

Bill Gates deja las gafas sobre su mesa, y reposa los ojos. Cuantas memorias. Y vuelve a oír los gritos de Steve a las pocas horas de enterarse del acuerdo Microsoft-IBM para crear el estándar de la nueva era informática, dejando a su antiguo socio y a Apple fuera.

Vuelve a escuchar la llamada, casi 15 años después, en la que Steve le ofreció una tabla de salvación mutua, en 1996, para evitar que Apple cayese en bancarrota… y que Microsoft fuese condenada por monopolio.

Volvía a percibir, nítidamente, esa mezcolanza de aplausos y abucheos cuando entró en directo, vía online, a la convención de Apple en la que se presentó el acuerdo Microsoft-Apple. Y todo lo que siguió: la defensa a ultranza de Jobs al principio, las críticas a la absoluta carencia de gusto de Microsoft, y la pura competencia que coronaría a Apple y dejaría en la lona a su principal competidor y a la vez socio.

¡Cuántas memorias, ciertamente! Pero qué casualidad que la última grabación de Jobs registrada contuviese la más antigua, la menos conocida… Por su parte conservaría siempre las conversaciones junto al lecho de su amigo enfermo. Porque tantos años después no podía considerar a Steve más que como su amigo. Nadie le había insultado tanto, a pocos había decepcionado y traicionado tanto, y sin embargo su amistad se había consolidado, misteriosamente.

Steve, en última instancia, entendía perfectamente lo que había hecho. Eran colonos, pioneros de un nuevo mundo, abriendo su propio camino al andar. Él había apostado todo a la creación del nuevo estándar de la industria, a través del software y las economías de redes consustanciales a los sistemas operativos. Jobs, por su parte, nunca había dejado de creer en la belleza como la herida que mueve al hombre a buscar, a reinventar el futuro. Y muchos años y muchas derrotas después el mundo parecía haberle dado a Steve la razón, al fin.

Desde luego, él se la daba. Lo comprobaba a diario en su trabajo en la Fundación que había levantado con su patrimonio. Lo comprobaba en la belleza de la relación con su mujer, con sus hijos, con el propio Steve en esa durísima recta final. La misma belleza que había despreciado en sus productos al principio; la misma belleza que se había hecho presente en la entrevista conjunta que les hicieron años atrás a Steve y a él; cuando Jobs decidió terminar hablando de su amistad citando los versos de la canción de los Beatles…

"You and I have memories, longer than the road that stretches out ahead."

Por Luis Huete y Javier García